Claves de un álbum familiar
En su film Fotografías, el director Andrés Di Tella indaga en la historia de los parientes hindúes de Kamala, su madre, que puso un acento exótico en la sociedad argentina. Además, rescata la figura de Ramachandra, supuesta reencarnación de Ricardo Güiraldes
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De pronto, un día, el sociólogo y ex secretario de Cultura de la Nación, Torcuato Di Tella, le entregó a su hijo Andrés (48) una caja repleta de fotografías tomadas cincuenta años antes. Son instantáneas que registran el encuentro del joven universitario argentino, miembro de una familia estrechamente vinculada a la industria y la cultura del país, con una estudiante hindú de sociología, Kamala Apparao, descendiente de una noble familia de Madrás, en el sur de la India. Ambos se habían conocido en California, haciendo trabajo social con obreros mexicanos. Se enamoraron, convivieron y al anunciarse la llegada del primer hijo, Víctor, se casaron. Poco después se trasladaron a Inglaterra y por fin vinieron a la Argentina, donde la pareja llamó, por supuesto, la atención: aunque una parte considerable de nuestra población, sobre todo en los grandes centros urbanos, sea el resultado de mezclas étnicas propias de un país de inmigración, la presencia de la morena Kamala puso una infrecuente nota exótica. Andando el tiempo, Kamala y Torcuato se separaron: "Nunca fue fácil", informa Di Tella (padre) al comienzo del film.
"Fue como si mi padre hubiera querido, con esas fotos, contarme algo", reflexiona Andrés, reconocido hombre de cine, que acaba de estrenar, el jueves de la semana última, el film documental Fotografías , donde narra, precisamente, la historia que acaso Torcuato no pudo expresar con palabras. Una historia que no se limita a consignar el encuentro del argentino y la hindú, y los primeros años de matrimonio, la infancia de Víctor y Andrés, y la ubicación de Kamala en el contexto de la sociedad argentina, sino que se prolonga en la actualidad, en el hijo de Andrés y su mujer, Cecilia Szperling, el pequeño Rocco, de cinco años de edad. Hasta avizorar -así lo da a entender el film- una continuidad en el porvenir de este chiquito encantador, cuya herencia étnica y cultural es fascinante y constituye, en realidad, la médula de Fotografías .
Críticos de arte, filósofos, ensayistas, científicos, escritores famosos han escrito miles de páginas de reflexiones sobre la fotografía. Hija de la luz, nacida de una búsqueda testimonial en un laboratorio, ha terminado por ser un auxiliar imprescindible en casi todas las actividades humanas y es hoy en día la estrella en los museos y las galerías de arte, donde se aprecian sus valores estéticos y la misteriosa, ambigua sugestión de sus imágenes. Pero fue en el ámbito familiar donde se originó el vertiginoso ascenso de la fotografía hacia la cumbre del prestigio artístico y documental de que goza en nuestro tiempo. La posibilidad de preservar, con una cámara manual y un sencillísimo procedimiento técnico, instantáneo -que se reducía a cargar un carrete y accionar una palanca-, los rostros, las actitudes, las ceremonias familiares (bautizos, cumpleaños, casamientos, vacaciones, velorios), las andanzas cotidianas de parientes y amigos se convirtió en un ritual difundido a escala mundial, con un entusiasmo y una continuidad sin precedentes. Desde ese punto de vista, la fotografía casera (por así llamarla) opera en dos planos, aparentemente opuestos: aspira a garantizar la inmortalidad de los seres y los hechos retratados y es, al mismo tiempo, el melancólico registro de nuestra condición mortal. ¿Quién no se ha reído al contemplar, en el álbum familiar, las ropas, los peinados, las actitudes de sus antepasados? Ternura y nostalgia también, sin duda; a la vez que se siente la punzada del tiempo implacable y la sospecha de que en el futuro alguien se reirá de nuestra apariencia actual. "Algún día se pondrá el tiempo amarillo, sobre mi fotografía", escribió Miguel Hernández.
De eso trata, en resumen, el film de Andrés Di Tella, quien, tras revisar una y otra vez las fotografías que su padre le confió, entendió varias cosas. Primero, que Kamala les había negado a sus hijos, empeñosamente, toda referencia a la cultura hindú de la que ella provenía. Quizás, cavila Andrés, porque ella no había sido feliz en la casa ancestral -un verdadero palacio, dado que era una familia de abolengo-, estaba en desacuerdo con la situación de la mujer en la sociedad hindú, era una rebelde y luchadora nata, y quería poner una distancia casi infranqueable entre esa sociedad y su destino. Kamala, comenta Marta Minujín, que fue muy amiga de la socióloga, "siempre se sintió ajena, tanto en su país como en Europa y en América". Luego, que la inevitable marca genética de origen, el color de la piel, podía, en ciertos lugares y ciertas circunstancias, significar una desventaja y hasta un peligro para el joven Di Tella. "Yo no me daba cuenta -dice- de lo que me diferenciaba de mis compañeros de colegio, en Inglaterra, hasta que uno de ellos me llamó despectivamente fucking wog ,algo que no entendí hasta que supe que el wog es un muñequito negro, de mota."
Diarios de viaje
Decidió Andrés entonces viajar a Madrás -hoy llamada Chennai-, donde había nacido su madre, con Cecilia y Rocco, un cameraman y un sonidista. "Ya había estado allí, con Kamala y Víctor, a los once años de edad, pero no recordaba casi nada. Está en el sur de la India, por suerte mucho menos turístico y cosmopolita que el norte. La familia nos recibió con mucho cariño, entre ellos mi primo, Gautama, todo un personaje."
Vaya si es un personaje, Gautama. Salvo el hecho de que está siempre de buen humor (al menos en la película), podría muy bien ser un porteño típico, de los que apodamos "Morocho". Simpático, campechano, evidentemente muy afectuoso con su primo argentino y los suyos, ejerce una profesión infrecuente, casi insólita en la India, país donde la vida animal es tanto o más respetada que la humana: es carnicero. A los inconvenientes del subdesarrollo y al formalismo de algunos miembros de la familia, opone ironías y carcajadas frecuentes. Andrés, su mujer y su hijo son invitados al casamiento de un pariente, para cuya celebración se visten con las ropas tradicionales: el encantador, pequeño Rocco - admirable de inteligencia y sensibilidad- se conduce con la mayor soltura y asume su herencia con gran curiosidad (como corresponde a su edad y al medio en que es criado) y muy buena educación.
Otro de los personajes curiosos del film, en el segmento argentino, es Ramachandra, el hijo adoptivo de Adelina del Carril de Güiraldes, la viuda de Ricardo, autor de Don Segundo Sombra . Andrés lo visita en su modesto rancho de la Patagonia, en medio de un paisaje maravilloso, para preguntarle acerca de su madre y de su propia experiencia en un país tan lejano del de su infancia. "En algún momento creí que tu madre y yo éramos los únicos hindúes en la Argentina", comenta Ramachandra con una sonrisa. Y no debe de estar muy desacertado, ya que (salvo Tagore en la década del 20, invitado por Victoria Ocampo, y el marajá de Kapurtala en 1925) pocos originarios de ese país anduvieron por aquí hasta que al independizarse la India de Gran Bretaña, en 1947, instaló en Buenos Aires su embajada propia.
Ramachandra fue adoptado por Adelina durante un viaje a la India, después de la muerte de Ricardo, en 1927. Acaso porque imaginó (da a entender este hindú totalmente acriollado, idéntico a cualquier paisano viejo de provincia: moriría poco después de filmada esa secuencia) que el niñito era una reencarnación de su marido. "Los dos eran teósofos, Ricardo y Adelina", cuenta. Y muestra una curiosa colección de fotografías, tomadas por Güiraldes durante las sesiones de espiritismo que frecuentaba. También aparece en el film, vestido de gaucho, el famoso Comodoro Güiraldes, que como toda su familia detestaba a Ramachandra, acusándolo de haberse quedado con inéditos del escritor e ir vendiéndolos de a poco y por nada.
El beso del elefante
La narración oscila entre tiempos y lugares diversos, con un ritmo sabiamente modulado y destacando con sutileza las claves del relato, entre ellas, el problema de la pertenencia, o no. "Fui invitado por mi primo Gautama a una ceremonia ancestral de esa zona de la India, la inmersión en el mar de Ganesha, el alegre dios que otorga la felicidad, con cabeza de elefante y panza prominente -cuenta Andrés-, y me sentí por completo ajeno. ¿Qué tenía yo que ver con eso?" Tampoco dejaba de desconcertarlo el incesante oleaje de gente que trajina por toda la India, uno de los países más poblados del mundo. "Al principio me sentía incómodo, pero terminé por compartir esa sensación única, de sumergirse en la humanidad. Aunque es uno de los lugares más ruidosos del mundo, entre otras razones porque en las grandes ciudades, colmadas de gente, el tránsito es caótico y el único antídoto contra accidentes graves es tocar la bocina a todo trapo."
El contraste son los ashrams , los monasterios, donde por muy poco dinero dan alojamiento y comida. Vegetariana, claro. Andrés estuvo en dos de ellos, en los que admiró el silencio y colaboró, como los demás huéspedes, en las tareas de limpieza.
Poco a poco, su inicial resistencia fue cediendo y, sin llegar nunca a compenetrarse del todo (algo muy comprensible, por la abismal diferencia de culturas y la actitud misma de Kamala), empezó a aceptar su parte hindú. Y aquí viene lo más importante del film, a mi entender, y lo que debe de haber sido el verdadero agente provocador del viaje: la herencia de Rocco. En todo momento, el muchachito demuestra una curiosidad y una comprensión notables: sus ojos, sobre todo, son inocultablemente indios. Ojos espléndidos; pero, a diferencia de los de sus parientes, sin rastros de melancolía. La secuencia más bella y misteriosa de Fotografías es, sin duda, la última, cuando Rocco es llevado al templo de Shiva, en una localidad distante 300 kilómetros de la antigua Madrás. Allí hay elefantes sagrados y es costumbre que éstos besen con la trompa a algunos fieles que los paquidermos parecerían elegir entre los muchos que acuden. El pequeño argentino se ve más pequeño aún, junto a las patas monumentales del elefante. Este anda por ahí, ocupándose de sus cosas. Luego, con solemnidad, se acerca a Rocco y lo acaricia con la trompa. Es un momento muy emotivo, sobre todo porque Andrés ha evitado cuidadosamente incurrir en los clisés habituales con que se muestra a la India: el pintoresquismo turístico o el miserabilismo falsamente compasivo. Entre Rocco Di Tella y el elefante se ha transmitido una corriente que no puede definirse sino como espiritual: la intangible herencia de valores que las generaciones se transmiten -por lo menos hasta ahora, cuando parece que esos valores declinarían- a través del tiempo y el espacio, y a la cual sirven de soporte, muy a menudo, las frágiles, a veces borrosas, imágenes fotográficas.




