
Cómo ser mediterráneos
La flamante obra de Pamuk, rica en reflexiones y datos autobiográficos, muestra cómo el escritor construyó su identidad y renovó la tradición para convertirse en la actualidad en una voz privilegiada y un puente entre civilizaciones
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Famoso escritor en el futuro y puente privilegiado y no siempre apreciado o comprendido entre un Oriente muchas veces preso de "una abrumadora sensación de humillación" y un Occidente frívolamente ignorante, también no pocas veces, del tremendo esfuerzo de algunos "tratando de superar esa humillación sin perder la razón o sus formas de vida y sin sucumbir al terrorismo, al ultranacionalismo o al integrismo religioso", el Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk (Estambul, 1952), un día, cuando era pequeño, fue llevado por su familia, en un viejo Opel conducido por su padre, "a conocer el Mediterráneo". Como dirá en ese maravilloso receptáculo de historias, textos autobiográficos o "fragmentos de vida" a lo Benjamin, inicios de novelas nunca escritas, anécdotas humorísticas, confesiones íntimas, entrevistas concedidas con motivo de la aparición de sus libros, rememoración del período y circunstancias en que se forjaron algunos de esos libros y rememoración también de los momentos más felices de su vida, compartidos junto a páginas muy queridas de Dostoievski, Nabokov, Vargas Llosa, Bernhard, Rushdie o Camus -un gran cajón de sastre que lleva el título de Otros colores -, años más tarde comprobaría que siempre había estado viviendo en él, en el Mediterráneo, sin saberlo.
Llevaba toda su vida en Estambul y de pronto tomó conciencia de que era mediterráneo, sin haber tenido nunca "la menor noticia de serlo". Comenzará entonces a debatir consigo mismo uno de sus temas preferidos: la deconstrucción de la identidad, el olvido de la obsesión de sí mismo. Ese proceso liberador que emprenden algunos para soltar peso y amarras con un aberrante tema sin fin que es la identidad, percibida -dirá- de forma distinta por cada uno. Algo que, como recuerda en los capítulos de su libro más serios y dolorosos ("Mi proceso"), le daría no pocos quebraderos de cabeza. Un tema para el que, añadirá con ironía, el mejor método de acercamiento es el desconocimiento o aun la inconsciencia más absolutos:
Puede que la mejor manera de pertenecer a un país, a una ciudad o a un mar sea ignorar por completo los límites, la imagen, hasta la existencia de dicho país, de dicha ciudad, de dicho mar. El mejor estambulí es el que hace mucho que ha olvidado serlo. El musulmán más auténtico es el que no se obsesiona con lo que corresponde al islam y lo que no. ¡Los turcos han sido verdaderamente turcos cuando no sabían que lo eran!
A fin de cuentas, como en muchas otras cuestiones vitales de la existencia, son los demás, viene a decir Pamuk, los que nos impulsan a ser lo que somos o a reconocernos con una imagen determinada. La idea de "ser mediterráneos" sería algo artificial, nos recordará; algo creado a posteriori , gracias, sobre todo, "a los escritores del norte de Europa".
Conocedor, palmo a palmo, de la historia íntima, privada, de cada mínima huella grabada en la piel de su querido Estambul natal, Pamuk, según nos cuenta, empezó a finales de los años setenta a tener en mente "la primera idea" de la que sería una de sus más famosas obras, El libro negro , que abarcaría "la anarquía de la ciudad y la poesía de las calles de mi infancia". Sin bajarse nunca de ese relajante sentido del humor, de esa distancia antisolemne que lo caracteriza, Pamuk confiesa haberse sentido superado en ocasiones por algún personaje muy popular puesto en marcha en alguna de sus novelas. ...se sería el caso del columnista de diarios Çetin Altan. Sus columnas se iban alargando dentro de la trama, tomando un valor y una preponderancia casi autónoma.
Pamuk rendirá un emocionante homenaje ("Crímenes de autor desconocido y novelas policíacas") a "esos escritores y esa actitud hacia la escritura en peligro de extinción" que eran, y siguen siendo aún en muchos sitios, no sólo en Turquía, esos columnistas de gran popularidad e influencia:
Los lectores los respetan y confían en ellos más por su valor, su atrevimiento y su temeridad que por su capacidad informativa o analítica. En las épocas en que el país se polariza políticamente, ellos son los únicos representantes del pueblo que pueden introducirse en los grupos, en las cocinas de la fuerzas políticas, en los cafés, en los despachos de la administración y en la vida cotidiana.
Una polarización, la de la política, que este gran descreído y militante a la fuerza de causas ineludibles siempre rehuyó, de forma paradójica: "La política no es algo que escogemos por capricho, sino más bien un desafortunado accidente que nos ocurre y que nos vemos obligados a aceptar".
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