
Con el grabado como aliado
Los aguafuertes de Alda Armagni tienen estirpe barroca y americana. El paisaje urbano y rural, según la visión del arquitecto y pintor Félix Eleazar Rodríguez.
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La retrospectiva de Alda María Armagni (empezó a exponer individualmente en 1962) confirma sus características excepcionales de grabadora y el carácter americano de su obra. Entre las particularidades más destacadas de su trayectoria se cuenta la decisión de mantener la esencia de su especialidad. Aunque practicó los procedimientos más diversos, en general se mantuvo atenta a las técnicas habituales del grabado en madera o en chapa. En todo caso, prefirió la gubia o la acción de los ácidos a otros medios, lo que no le impidió probar el collage, las tintas metálicas, los gofrados, las transferencias... Cultivó y cultiva la estampa en un sentido tradicional, aunque combine la línea recta con el arabesco y use a menudo una imagen textual en la que la palabra pierde su función denominadora para acompañar gráficamente los dictados de su espiritualidad. Su concepción poética revela, más allá de la lógica, los sueños del continente, como una larga metáfora.
Tuvo fases figurativas, abstractas y combinatorias, pero su labor dependió invariablemente de la imaginación más que de la realidad iconográfica o del significado de los símbolos. Trabajó con escrituras primitivas cuyo interés reside, más que en la intención de apuntar tal o cual cosa, en la expresión de un material idiomático que sólo se consuma con posterioridad a la acción visual del lector, que lo interpreta a su modo. Técnicamente, también usó purpurinas, como se vio, por ejemplo, en la muestra donde representó a los dioses abrillantados para diferenciarlos de las otras imágenes antropomorfas. En suma, creó un mundo imaginario que revaloriza nuestras raíces. Sin embargo, mucho de la memoria conforma ese barroquismo americano que se manifiesta a veces improvisadamente, sin esquicios previos, amparado por la fortaleza de un oficio capaz de resolver cualquier situación con maestría.
Conforman la muestra veintisiete aguafuertes realizados entre 1960 y 2000, aunque hay más de una quincena integrada por varios que se consideran como una unidad, en ciertos casos, porque están impresos sobre una misma plancha. De los años sesenta, son cuatro piezas confeccionadas con chapas recortadas que impresionan como texturas sobre fondos de letras en aguafuerte; los setenta continúan con grabados de propiedades semejantes.
Amerindia se llama la obra de 1988 que exhibe la tarjeta de presentación de la muestra pero, en realidad, ese título es común a toda la serie vinculada con las culturas prehispánicas. Se evoca allí gráficamente, con una libertad de interpretación muy subjetiva, la tierra que Ricardo Rojas llamó con la voz usada para designar a los indios del continente. De su Silabario de la decoración americana proviene la denominación. Guardas, plumas y tejidos se combinan fragmentariamente para configurar una unidad plástica de tenor continental; son vestigios de animales y de dioses que se cruzan enigmáticamente con una apariencia abstracta.
Los aguafuertes de Amerindia son de fines de los años ochenta y están, como todos los de los noventa (de la misma serie), inspirados en reiterados viajes por el continente. Por lo demás, no figuran las series Bíblica , y De las puertas , que estarán en una muestra posterior, realizadas por un procedimiento propio (Armagni lo denomina "xilometal"), que consiste en mezclar la xilografía y el aguafuerte en la misma copia.
Complementan la exposición dos libros de la artista con las planchas originales, uno con poemas manuscritos de Romualdo Brughetti y el otro, de características análogas, con poemas de Rafael Squirru.
Armagni (que nació en Lanús, en 1927, y estudió en la Prilidiano Pueyrredón, de la que egresó en 1948) pertenece a la Academia Nacional de Bellas Artes desde 1991. Mereció, entre otros, los primeros premios de los salones de Santa Fe, de 1955; Manuel Belgrano, de 1958; los grandes premios Consagración Provincia de Buenos Aires, de 1977; el premio de honor del Salón Nacional de 1978 y el Facio Hebequer, de 1985.
En esos días está exponiendo también en la Bienal de grabado de Francavilla al Mare, en Italia.
( Hasta el 27 de agosto, en el Museo Nacional del Grabado, Defensa 372. )
En blanco y negro
Grandes paisajes rurales y urbanos integran la exposición de Félix Eleazar Rodríguez, arquitecto y pintor que, sin apartarse del tema, se niega a dar una visión detallista del mismo. Suele trabajar en contraluz, como si desease representar sólo las grandes masas; así sucede en Tanque de Estación Obligado , que ilustra la tapa del catálogo, en Paisaje de Brandsen y en otras piezas.
El modo de emplear la carbonilla, aplicándola sobre tela y alternándola con fijadores y otros elementos que les dan una textura mate, lo aparta de los artistas que hacen representaciones obedientes y personalizan los temas. Sin desvirtuarlos, éstos valen como interpretaciones en las que puede haber un enigma, como el que insinúan las aguas del Paisaje con río .
Aunque Rodríguez trabajó mucho el color en otras oportunidades, ahora lo usa muy tenuemente y en contados casos; le bastan los contrastes entre blanco y negro y sus valores intermedios para confeccionar dibujos que tienen mucho de pinturas, sólo que con una fortísima tendencia a la monocromía.
( Hasta el 27 de agosto, en la galería Cecilia Caballero, Suipacha 1151. )
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