
Con la voz y el pudor de los orígenes
En su última novela, El mar que nos trajo (Norma), la autora de El campo cuenta la historia de una familia de inmigrantes, la suya. Los conmovedores personajes de esa narración le permiten reconstruir la intimidad dura y silenciosa de una aventura que vivieron millones de familias en la Argentina
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A Griselda Gambaro le gusta pensar que el oficio de escritor se funda en una mirada caníbal: el escritor devora el mundo porque el mundo entero es la materia prima de su obra. Aunque no sea consciente o aunque intente disimularlo bajo las máscaras del juego literario. Pero en El mar que nos trajo (Norma) , su última novela, el canibalismo es flagrante, declarado. "Todos los libros son de una u otra manera autobiográficos, uno solamente disfraza más en unos que en otros. Y en éste también disfracé bastante aunque, sin duda, es el más personal. Quería contar lo que le había tocado vivir a mi familia, darles forma literaria a esos relatos que escuché desde chica en la mesa familiar, repetir la fascinación que me provocaba la historia de esos seres que habían cruzado el mar, dejando atrás todo lo que hasta ese momento había sido su vida, para afincarse en esta punta del mundo, donde vivieron acorralados por la pobreza extrema y también por la soledad ", explica Gambaro, sentada en el living de su casa de Don Bosco, a metros de la habitación donde escribe y del jardín al que le ha dedicado no pocas horas y reflexiones.
El mar que nos trajo tiene como escenario las dos costas sobre las que se estructura el relato: la isla de Elba, en Italia, y la entonces pujante aldea rioplatense. La novela se inicia con el personaje de Agostino, un pescador italiano que, hacia 1889, decide probar suerte del otro lado del mundo. Casado con Adele poco antes de partir, Agostino conocerá en Buenos Aires a Luisa y tendrá con ella una hija, Natalia. Pero cuando su vida en América parece ordenarse, olvidada de los compromisos al otro lado del mar, los dos hermanos de Adele aparecen en Buenos Aires y lo obligan a embarcarse de regreso al paese para frenar las murmuraciones del pueblo. Forzado a abandonar, sin tiempo para una explicación, a la hija que adoraba, vivirá un segundo exilio en su tierra natal apegado a la única foto que tuvo de la pequeña. Alternativamente, la mirada de Gambaro se detendrá en una costa y en otra: en Italia, junto a Agostino y su familia; en Buenos Aires, cerca de Natalia y de sus dificultades para escaparle a la miseria.
Aunque el relato está construido en clave personal, por aquello de "pinta tu aldea y pintarás el mundo", El mar que nos trajo bien podría considerarse la novela de la inmigración en la Argentina, tanto la historia pequeña es la verdadera hacedora de la Historia. Album personal, memoria de los seres queridos, el relato de Gambaro no olvida, sin embargo, ninguna de las fotos típicas de la inmigración: la vida difícil en la Europa de fin de siglo, los avatares del viaje en barcos desvencijados, la pobreza y el conventillo en Buenos Aires, la nostalgia por la tierra perdida, las luchas sociales y la represión.
"Quise contar algo personal, pero es imposible, en una novela sobre inmigrantes italianos, dejar afuera marcas históricas como el anarquismo, la ley de Residencia, la Semana Trágica, las huelgas. Sobre esos temas tuve que documentarme, porque con el relato de mi madre sólo me llegaban datos aislados, por ejemplo, que durante la Semana Trágica no se podía salir a la calle. De todos modos, para hacer referencia a esos episodios tenía una anécdota real sobre la que trabajé ese personaje de la novela que se vio envuelto por casualidad en los acontecimientos de la Semana Trágica y lo pagó con su vida. Es el tipo de trabajo que quería hacer, dar cuenta de los hechos históricos cuando era necesario, pero siempre de una manera lateral, no poniéndome a hablar de historia, si no siguiendo la acción del personaje."
Sin más héroes o heroínas que los que sortean a diario las humillaciones del mundo, los personajes de esta novela no luchan, no se rebelan, y si algo cuestionan, lo hacen en la intimidad, con esa forma perversa del silencio que es el hombre rumiando a solas su impotencia. Los hombres se someten al rigor del trabajo y de la paga que les toca; las mujeres, a los hombres. Todos sin chistar. Cuando Isabella (en la vida real, la madre de Griselda Gambaro) se queja ante su hermana Natalia de los malos modos del marido, de su violencia verbal, de su trato despótico, Natalia le recuerda las bondades de la sumisión, le dice que, en el fondo, él es una buena persona, que trabaja y mantiene a la familia, aunque tenga mal humor. Y sin embargo, no hay en el libro ni un asomo de indignación, no hay manifiesto feminista, no hay denuncia contra el poder autoritario. Hay, eso sí, una revelación: el libro pareciera desnudar sin querer los orígenes de esa preocupación por el autoritarismo que recorre como una espina dorsal toda la obra de Gambaro. "Y sí, no fue sólo una inquietud teórica lo que me movió a ocuparme tan persistentemente de esos temas. El autoritarismo fue el clima de mi infancia y de mi adolescencia. Odié a mi padre en esa época, aunque conmigo, que era la menor, no fue tan feroz. De todos modos, los dos llegaron a viejos. La vida me dio tiempo, por suerte, para perdonarlos. Si pude escribir este libro fue porque ya los había comprendido."
No juzgar. Dejar en suspenso enfrentamientos y acusaciones y trocar la ira en una "mirada bondadosa". Ese fue el intento de Gambaro en El mar que nos trajo . "Yo me preguntaba qué era lo que les había pasado a esos seres que fueron mi familia, qué habían sentido, por qué habían reaccionado de la manera en que lo hicieron o por qué no habían reaccionado en absoluto. No quise juzgarlos, traté de conectarme con su impotencia. De pronto empecé a pensar que mi abuelo tal vez no fue tan malo o tan descuidado como lo presentaban. Algo debió de haberle pasado. Había nacido en un medio sin posibilidades, no tenía ni siquiera la fuerza interior que se necesita para abrirse camino. Y estaba a miles de kilómetros de su hogar. Ignoramos cómo sintieron esos seres del pasado que son parte de nosotros. Lo que yo escuchaba en la mesa familiar era una completa simplificación. Se decía que fulano tenía mal carácter o que el tío tal abandonó a su hija. Había una especie de pudor que no nos permitía meternos en la privacidad de esas personas, en lo que habían sentido. Creo que, en parte, también por ese pudor rechacé la primera persona para contar la historia, porque uno no puede decir:"Tuve una abuela lavandera que, encima, era tuberculosa y un abuelo que amaba poco el trabajo y al que le gustaba beber"".
Tal vez ese deseo de hacer las paces con el pasado explique la suavidad de esta novela. Gambaro exhibe un estilo sosegado, más cercano a sus últimos dos libros, Lo mejor que se tiene y Escritos inocentes , que a los grandes golpes de su literatura tanto dramática como narrativa - El campo , Morgan, Los siameses, La malasangre-, en los que sorprendió por su crudeza y por su provocativo intento de desnudar los mecanismos de la crueldad, la relación entre víctimas y victimarios, la violencia del poder.
En este libro, Gambaro decidió contar la historia de su familia y lo hizo a través de un relato ordenado y lineal, sin ambiciones de estilo, sin lujos. Como si hubiera decidido ponerse a un costado, hacer silencio y no robarles protagonismo a esos personajes que, a fin de cuentas, fueron sus padres, sus tíos, sus abuelos, sus hermanos. Y también ella. Porque al cerrar el libro, el lector reordena las piezas y descubre, entonces, que esa nenita de piel oscura y cabello ensortijado, a la que su propia hermana no quería llevar a la plaza porque le daba vergüenza mostrarla, tan oscurita, tan distinta de toda la familia, era la misma Griselda Gambaro. Griselda Gambaro convertida en personaje literario. Griselda Gambaro autora que, en un esfuerzo por liberarse del cerrado pudor familiar, tomó la decisión de abrir el baúl de los recuerdos. "Para mí era muy importante contar esta historia, pero siempre es difícil no perder el rumbo cuando la emoción domina; es difícil saber, por ejemplo, si el relato logrará emocionar también a los demás. Cuando uno se va poniendo viejo, siente la necesidad de volver la mirada hacia atrás, de tender puentes, de impedir que todo quede en la nada."
El mar que nos trajo desnuda sin disimulo esa intención de conjurar el olvido, de atrapar con la escritura el vuelo siempre fugitivo de la memoria.
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