Conjeturas sobre una sombra maldita
Jorge Castelli ha ganado el Premio LA NACION 2000 de novela con El delicado umbral de la tempestad. El protagonista es John Whitelocke, el enigmático comandante británico que estuvo al frente de la Segunda Invasión Inglesa. La narración trata de descubrir por qué ese militar brillante y valiente entregó su flota a la humillación
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Como tantas novelas, El delicado umbral de la tempestad , ganadora del Premio La Nación 2000, surgió de una suma de interrogantes y curiosidades.
Jorge Castelli (Buenos Aires, 1956) se dedicaba a escribir un cuento breve en que se planteaba un paralelismo entre las invasiones inglesas y la guerra de Malvinas. Fue necesaria una dosis de investigación histórica mínima, pero al ahondar en el tema se topó con un agujero negro que suele ocupar un sitio destacado en el imaginario histórico argentino. ¿Por qué se rindieron las tropas británicas en 1807, durante la segunda invasión, cuando tenían todo para ganar y casi nada para perder?
"Con mucha menos gente los ingleses habían capturado Montevideo, una ciudad fortificada. Los que arriban a Buenos Aires para hacerse de la ciudad son casi diez mil hombres, tropas de elite muy avezadas que habían peleado en la India. Es cierto que la ciudad se defiende, en lo que probablemente sea una de las epopeyas más grandes de la Argentina. Tuvieron grandes bajas, encontraron una resistencia más fuerte de la que esperaban, pero me resulta inconcebible que después de un día de batalla los ingleses se rindan y que después abandonen la ahora capital uruguaya, que estaba perfectamente sometida. En el juicio, de hecho, Whitelocke recalca que la resistencia había sido muy superior a la que le habían comunicado los espías norteamericanos y los negreros, sus tradicionales informantes. Pero Buenos Aires era una ciudad abierta, en plena llanura, fácilmente bombardeable desde el río que no era de aguas profundas, como el de Montevideo, pero al que igual podían llegar las cañoneras. Era una flota de más de cien barcos. Esto merece ser contado, me dije. Sin embargo, después de escribir la novela tampoco tengo respuesta para todos estas preguntas."
La única posibilidad de llegar a penetrar el enigma era un nombre que repiquetea solamente en nuestros manuales de historia y que parece haberse evaporado de los anales británicos: John Whitelocke, que fue comandante de aquella expedición y que sigue siendo hoy, casi doscientos años después de su fracaso, un mito en negativo.
"Cuando me puse a rastrear datos sobre el personaje descubrí que son escasísimos: el hombre fue literalmente borrado de la historia militar inglesa. En Internet, los únicos detalles que se encuentran son los entregados por los historiadores argentinos. Y este silencio sobre él es más extraño si se tiene en cuenta la importancia de su misión. Llegaba con el título de gobernador de Sudamérica firmado por el mismo Jorge III, el rey de Inglaterra. No puede decirse que haya sido un cobarde. Eso queda demostrado en el juicio que le hacen en Inglaterra tras la derrota, sobre todo por su actuación militar en las Antillas. ¿Un inepto? No creo. La historia de Whitelocke es la de un hombre que estaba frente a una encrucijada muy grande, frente a una toma de decisión crucial y por alguna extraña razón decide entregarse".
Esa extraña razón que la razón no puede entender es el núcleo de la novela, al que se suma la fascinación por ese comandante británico que "es un fracasado, pero no se sabe bien por qué".
En la novela, Whitelocke es una suerte de fantasma condenado al ostracismo en su residencia londinense. Estamos en enero de 1809 y el ex comandante mantiene un largo monólogo, regado de puros y brandy, frente al almirante Ashley, "uno de los pocos amigos que me han quedado en este mundo. Después de las acciones del Río de la Plata, después de la pérdida de Buenos Aires y de Montevideo y, por sobre todo, después del proceso librado en mi contra y de la posterior e inevitable condena, casi nadie se atreve a escribirme, casi nadie se atreve a visitar esta casa".
Citas editoriales de The Times se entrelazan con algunos fragmentos de cartas reales del personaje, las escenas del ataque sobre Buenos Aires parecen abrevar en un realismo estratégico y contraépico, pero la historia con mayúsculas no es tanto el centro de la escena como una coartada. "No soy historiador ni pretendo serlo", asegura Castelli, ganador también del primer premio de narrativa Ciudad de Alcalá de Henares, que consistirá en la publicación, el año próximo, de un libro de cuentos ( Aquella flor en el centro del caos ), relatos donde pueden encontrarse cuentos fantásticos y de otra índole, pero que no tienen ninguna relación con tiempos pretéritos.
"Yo quisiera que la novela se leyera como una unidad de ficción. Saber qué es verdad y qué mentira le quita un poco de magia a un texto. Muchos huecos debían ser rellenados con ficción. No sé a qué se dedicó Whitelocke después de su caída, por ejemplo, pero tiendo a pensar que la novela no está del todo desacertada. Debe de haber sido muy duro. Una persona está preparada para la victoria militar, y de repente es declarada inepta para servir al rey de Inglaterra en todos los campos; su nombre es escarnecido públicamente en todos los regimientos de Su Majestad y convertido en metáfora de mal ejemplo. Pero la historia de su fracaso es más interesante todavía porque al rendirse sabe que eso es lo menos que le va a ocurrir. Se supone que se salvó de ser fusilado seguramente por sus contactos con la familia real."
El Whitelocke novelesco participa, como el real, de las actividades del ejército británico en las Antillas. Y allí tendrá lugar un hecho central que marcará probablemente su posterior desempeño en el Río de la Plata.
"Tal vez -reconoce Castelli- el personaje, el narrador, se parezca más a mí que al Whitelocke real, pero eso es más material para un psicólogo. Lo más interesante de la novela, me parece, es que esa circunstancia crucial afectaría no sólo su carrera, sino también y sobre todo su pasado. Y en el plano personal, una de las mayores intrigas es el tema de la obediencia militar, que para un escritor es algo tan incomprensible".
La novela histórica, en tanto género, ha sido un boom sostenido durante los últimos años en la Argentina. Una colección de páginas donde podían encontrarse trabajos de divulgación solapada, secretos de alcoba develados como en una revista de generalidades o el retrato de un personaje nacional como héroe o antihéroe, según el caso. Castelli prefiere definir El delicado umbral de la tempestad como una novela histórica por accidente, "una simple historia que transcurre hace doscientos años".
Intensidad cuentística
"Los grandes escritores -dice- han abordado siempre la novela histórica. Dos novelistas actuales como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa lo hicieron con El general en su laberinto y La fiesta del chivo . Y no hay que olvidarse que Shakespeare mismo escribía obras que transcurrían en tiempos para él pasados, muchas que se desarrollan incluso fuera de su Inglaterra natal. A mí me parece que no es el género lo que importa sino la manera de abordarlo. Simplemente hay cosas que están bien hechas y otras que no tanto. Yo en ningún momento me plantée si estaba escribiendo una novela de esas características o no. Me bastó tener entre manos un personaje interesante. Si un autor va a analizar, desde su humilde lugar, la condición humana, me parece que lo que importa es el material y no tanto la época en que ocurrió".
Entre los autores que le interesan a Castelli -"La lista sería interminable", admite- están Borges, Vargas Llosa, Faulkner, Hemingway, Cortázar, los clásicos ("que si no inventaron la pólvora estuvieron cerca") y el contemporáneo Andrés Rivera, autor de El farmer y El amigo de Baudelaire , obras que en buena medida transcurren en tiempos pasados pero tienen una profunda resonancia en la actualidad.
"¿Por qué me gusta tanto Rivera? Sobre todo por su estilo seco para decir las cosas y la manera en que cuenta. Por ejemplo, en La revolución es un sueño eterno , la narración parece dar todo el tiempo un paso atrás para dar dos hacia adelante. Es una manera muy extraña y original. Además de lo que dice, lo que más me asombra de su literatura es que se parece a un tren en marcha. Tiene una intensidad casi cuentística. Tal vez sea eso lo que me asombre, porque soy en el fondo un cuentista. Uno se lanza a la novela sólo cuando el cuento queda chico."





