Costumbres, manías, rituales y plagios
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HACE unos tres meses llegó a Buenos Aires una escritora panameña que tenía dos aspiraciones: visitar la Feria del Libro y conocer a Marco Denevi, cuya obra admira profundamente. La primera se vio coronada por el éxito; la segunda quedó entre los sueños irrealizables; al autor de Rosaura a las diez no se lo puede visitar por propia decisión. Cuando Denevi dio su discurso de recepción como académico en la Academia Argentina de Letras, no quiso que la ceremonia se realizara en el gran salón Renacimiento del Palacio Errázuriz, donde es habitual, sino en el más pequeño y con la presencia de un estricto grupo de elegidos. Aquel discurso memorable comenzó con un verso de Enrique Larreta: "Unicornios de las tapicerías, / Adiós..." Después he pensado que Denevi se estaba despidiendo de todo y que el verso podía modificarse de diferentes maneras: "Amigos que he querido y han pasado, / Adiós" o si no " Aciago mundo que he vivido tanto, / Adiós" y así infinitamente. Y luego se retiró a su casa, cerró la puerta y perdió la llave. Como compañía eligió los libros, la creación, la música y la soledad.
Cada escritor tiene su modo particular de vivir y de trabajar; entre los que pasaron, recuerdo que Silvina Bullrich y Osvaldo Soriano escribían sólo de noche y en la alta madrugada y luego dormían y desconectaban el teléfono hasta después del mediodía; Beatriz Guido trabajaba en el café de la esquina de su casa, rodeada de ruido, de humo de cigarrillos, de gente que charlaba; necesitaba ese bochinche como fondo favorable a la creación. Hay muchos que escriben a mano en cuadernos aunque pocos, a veces solo una secretaria abnegada, puedan descifrar su letra en el momento de llevar la página a la computadora, como es el caso de Adolfo Bioy Casares; Borges, cuando veía, usaba hojas cuadriculadas que llenaba con letritas dibujadas hasta que no cabía en ellas ni una coma; hay quienes lo hacen en papelitos sueltos que les desbordan los bolsillos -Gudiño Kieffer- y que, es raro, nunca pierden. Mujica Lainez llenaba con gruesos caracteres libros de contabilidad, desaparecidos de las librerías por los años sesenta.
Algunos escritores viven inspirándose en el trabajo ajeno; Borges confesó tardíamente que Papini -predilecto de los copiones- guió su mano cuando se internó en los caminos del doble, el doppelgänger y así, desdobló su imagen en los cuentos "El otro" y "Veinticinco agosto. 1983".
Hay quienes van más allá y no se inspiran sino se adueñan de la labor de los que lo precedieron; esto hasta hace unos años se llamaba plagio, pero hoy se define como "manejo selectivo del discurso intertextual", frase que de por sí parece consagratoria e irrebatible.
Existen algunos casos muy curiosos, que se podrían definir como homenajes encubiertos y qué halagarían la vanidad del sujeto distinguido sino se lo condenara con cierto desdén al anonimato. Por ejemplo, me ha sucedido encontrar en la última biografía que se ha escrito sobre Cortázar, citado y encomillado, un pasaje íntegro de la descripción del legendario personaje de la Maga, que tuve oportunidad de publicar, en el número de homenaje que le dedicó en 1994 la revista del mismo nombre, como primicia absoluta, luego de entrevistar en Londres a la dama inspiradora de la mítica creación cortazariana. Más allá del hecho de que no fueron citados ni el nombre de la publicación de donde se tomó el texto, ni el mío propio, que lo escribí, se debe pensar piadosamente en este tipo de cosas como una de las formas de divulgación de la literatura ajena, indicado por el simple encomillado, y repetir la muletilla del "discurso intertextual", mejor que hablar de robo literario, expresión anacrónica, hasta de mal gusto y, aparentemente, fuera de moda.





