Crónica de una pasión argentina
Acaba de editarse en Francia la correspondencia entre Victoria Ocampo y Roger Caillois, compilada por Odile Felgine. La primera carta es de 1939 y la última, de 1978. Se trata de un documento conmovedor que registra la metamorfosis de una relación que comenzó como un amor apasionado y que se convirtió en una de las amistades más fructíferas para las letras francesas y argentinas. Impulsada por la inteligencia del corazón, V. O. rescató a la mujer de su amante de la Europa hitlerista, protegió a la joven pareja y se valió de sus influencias como fundadora de Sur para construir un puente espiritual destinado a salvar los valores en los que siempre había creyó.
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Las correspondencias halagan una curiosidad del lector que las biografías o la historia no saben satisfacer. Al permitir observar el curso de dos vidas, o de esa parte de cada una de ellas que se relaciona con la otra, antes que la mirada retrospectiva trace el diseño final, nos invitan a asistir en cada momento a esa decisión, ese encuentro, esa duda que han de tener una larga proyección, todavía ignorada. Al conocimiento global de una vida conclusa, a la intuición ilusoria de un destino, anteponen, y permiten recuperar, la espontaneidad, la ignorancia o el presagio: en una palabra, el frágil presente.
La correspondencia de Victoria Ocampo y Roger Caillois, recientemente publicada en Francia (París, Stock, 1997), ha sido reunida por Odile Felgine, autora de una biografía de Caillois (1994) y de otra de Victoria Ocampo (1990), ésta en colaboración con Laura Ayerza de Castilho, que también participó en la compilación de este volumen. El interés de la publicación supera ampliamente los defectos de la edición.
Entre 1939 y 1978, estas cartas van trazando la evolución de dos personajes inmediatamente atraídos por sus diferencias. Muy pronto, V. O. y R. C. se reconocen como pertenecientes a una especie que tiene "no tentáculos sino garras" (R. C., carta sin fecha, 1939). La violencia de los primeros encontronazos, la pasión y el despecho, se transforman con los años, con el desgaste del deseo y los embates de la vida práctica, en una amistad en la que subsisten, domados, no del todo sublimados, la combatividad y los ecos de la pasión extinta. Ante la fuerza visceral de la argentina, que se siente más planta y animal que intelecto, el francés sufre de mutismo, de parálisis afectiva ante todo desborde, de una incapacidad profunda para sentir en el mismo nivel de intensidad.
En los años 30, R. C. había sido fascinado por la violencia, como tantos intelectuales hartos de la mediocridad de la democracia. Sin animarse al fascismo, como Drieu la Rochelle, ni al nihilismo, como Georges Bataille, había frecuentado cierto marxismo de buen tono, más parisiense que soviético. V. O. (que no por azar había titulado una conferencia de 1934 "Supremacía del alma y de la sangre"), había comulgado con D. H. Lawrence en esa reivindicación de la tierra y la sangre (Blut und Boden) que en aquellos años se teñía de un matiz ideológico nefasto. Un respingo, de liberalismo, a partir de la Guerra Civil Española, la hizo embanderarse claramente contra el fascismo.
En el Buenos Aires conservador, aún cosmopolita, de la época, la Segunda Guerra Mundial se vivía por procuración pero apasionadamente. Allí iban a reunirse estos independientes a los que la política preocupaba sin seducir, tal vez por saberse fundamentalmente ajenos a su tablero. Llevado por V. O. a la Argentina, R. C. muy pronto la hace intervenir para rescatar de la Francia ocupada a la mujer que espera un hijo de él y con la que se casará en la Argentina. También la convence de editar Lettres Françaises, revista literaria que publica a escritores franceses no colaboracionistas, vástago temporario de Sur, cuya flecha reproduce en la tapa. V. O. financió esa quijotada, convencida de su necesidad.
Ante la lectura de estas cartas, se borra muy pronto cierta imagen de estos contrincantes que había difundido la imaginación vulgar. ¿Qué queda de la señora rica, ansiosa por hacerse un lugar en el mundo de las letras internacionales, por coleccionar celebridades, por imponerse? ¿Y del pequeño viveur, que seducía con su número de intelectual agresivo, y se hacía mantener con mujer e hijo por la amante madura? Esas sombras deformes, grotescas, proyectadas sobre la pantalla del chisme, son desplazadas por la palabra de dos seres cuya agitación tiene la dignidad de los sentimientos que duelen. "Sólo acepto regalos, porque yo misma sólo hago regalos. No sé comprar ni pagar. Por eso no pueden comprarme ni pagarme. Por lo tanto no te rompas la cabeza para encontrar algo que decirme. No busques un dinero de palabras" (V. O a R. C., 30 de marzo de 1941).
Para V. O., como para otros caracteres fuertes de la época, cuyo temperamento religioso ninguna religión recibida, institucional, podía satisfacer, la literatura es un ámbito de valores espirituales y estéticos confundidos, que se enriquecen y refuerzan mutuamente. La distancia que percibía casi instintivamente ante Borges, ante su hermana Silvina, aún más ante Bioy Casares, proviene de que toda noción de juego, toda gratuidad gozosa, todo escepticismo la irritan. Para R. C., insensible a la ficción, interesado por una literatura fantástica que, como buena alumna, definiera a priori su territorio y sus instrumentos, la seminal Antología de la literatura fantástica que en 1940 publicaron esos tres escritores no podía sino aparecer como una aberración, que ignoraba deliberadamente la distancia entre sus textos: obra y fragmento, invención y reflexión. V. O. y R. C. , partiendo ella de lo espiritual y él de lo intelectual, tal vez estaban más próximos de lo que creían, tal vez por ello se reconocían como interlocutores.
"¡Qué naufragio la vejez!", exclamó una vez el general De Gaulle y se repite, inevitablemente, el lector al llegar al final de este epistolario, entre otras cosas tardía floración, en la era del teléfono, de un género casi extinguido y que sólo hoy parece revivir, con otro signo, gracias a la inmediatez del fax. En los márgenes de la pasión y la inteligencia hay lugar, como en la vida de todo mortal, para la pequeñez (la satisfacción de R. C. por su propia perfidia en el discurso de recepción en la Académie Française, su vanidad por la espada de académico; los celos de V. O. cuando Susana Soca anuncia que publicará una revista, La Licorne, que podía competir con Sur) y para la inevitable trivialidad de la vida cotidiana. Como en un film épico, aportan una nota de color o permiten un atisbo insospechado de los bastidores de la vida literaria.
Con los años, ese joven cuya capacidad de edificar un discurso a la vez paradójico y lógico a partir de cualquier segmento de realidad verbal (Sociologie du bourreau es el título de la conferencia de R. C. que provoca la primera misiva de V. O. ) había cautivado a la argentina ávida de alimento intelectual para su pasión literaria, iba a transformarse en funcionario de la Unesco. Su anfitriona de una guerra pasada iba a continuar, cada vez más insatisfecha a pesar de cierto reconocimiento oficial, cada vez más consciente de que los jóvenes estaban "en otra cosa", una obra tenazmente, obcecadamente, confiada en la verdad de valores culturales que todo parecía devaluar en los años 70. R. C. no iba a renunciar a la inteligencia (sus observaciones sobre la pobreza literaria de los autores reunidos alrededor de Sartre en Les Temps Modernes son lapidarias), pero en su vida práctica iba a sufrir bajo la presión de la langue de bois, esa "lengua de madera" que en francés designa la jerga ultraprudente, diplomática, castrada, propia de los regímenes totalitarios y de las organizaciones internacionales. V. O. iba a legar su casa de San Isidro a la Unesco para crear una fundación que prolongara su labor cultural. Al final de su vida, ese proyecto testamentario iba a unirla, con nuevos conflictos y malentendidos, con su interlocutor. Recuerdo que en su última estada en París, en 1975, V. O. me confió su aprensión tras una entrevista con M`Botu, entonces director general de la Unesco, en el que encontró respuestas prefabricadas, menos un hombre que un funcionario. "No vaya a ser que también en esto me haya equivocado, che", murmuró. Tras años después moría, tal vez confiando en que su legado no fuera traicionado.
La lectura de esta correspondencia es particularmente interesante para un argentino, pero el reconocimiento de la tarea cumplida por Odile Felgine es, desdichadamente, inseparable de la consternación que suscitan muchas de las notas que acompañan la edición. El lector ya está habituado, aunque no resignado, a que los libros franceses padezcan de una incapacidad única para reproducir correctamente la ortografía de los nombres no franceses. (Basta abrir un libro italiano, no necesariamente publicado por una editorial universitaria, para comprobar el cuidado con que se respetan grafías eslavas, húngaras, aun las más lejanas de los hábitos del italiano.) En este caso los acentos de nombres y palabras en castellano aparecen y desaparecen volublemente entre distintas menciones; un título en castellano de pronto incluye una palabra con ortografía francesa (El tunnel[sic], de Sábato, por ejemplo), y toda una multitud de incomodidades ataca al lector que habla y escribe ambos idiomas.
En su introducción, Odile Felgine menciona la dificultad de leer los manuscritos de estas cartas, pero cuando, en carta del 6 de junio de 1948, se lee que R. C. recomienda a V. O. publicar en Sur al chileno "Francisco Gleane" (sic) y al venezolano "Ottod`Sola" (sic), basta una mínima frecuentación de las letras hispanoamericanas para reconocer a Coloane y a Otero Silvia. Las casi cincuenta páginas de notas en tipografía minúscula lucen perlas muy variadas. De José Bianco se dice que era secretario de redacción de Sur y no se menciona su obra de escritor, aunque Las ratas y Sombras suele vestir están editados en francés. De Luis Saslavsky, director de películas argentinas y francesas (que aparece como "Saslawski") se dice que la familia comerciaba en cereales y se agrega un "tal vez cineasta", como si no existiera un Dictionnaire Larousse du Cinéma en el que informarse. (¿Qué hace, además, un "tal vez" en una anotación erudita?)
De "la Nena" Gándara no se menciona, en nota explicativa, que se llamaba Carmen; se sugiere que no pertenecía al grupo de Sur, pero parece ignorarse que sin embargo publicó en la revista y que fue, además, la autora del primer libro sobre Kafka publicado en castellano. Varios miembros de la familia Bemberg aparecen confundidos en el índice de nombres bajo una sola pareja. A "Carlucho", administrador de Sur, se lo confunde con "Carloncho", Carlos Sánchez Viamonte, aunque bastaba revisar la séptima serie de los Testimonios de V. O. para enterarse de que era Carlos Reyles hijo.
En ese mismo tomo se recogía un artículo vehemente en el que V. O. se defiende de la versión apócrifa de una entrevista que habría tenido con C. Virgil Gheorghiu, hoy olvidado best seller de la guerra fría; en la nota sobre el episodio, vaguísima, no se identifica al poeta rumano admirado por V. O. como Benjamin Fondane, judío y gaseado en Auschwitz, que el tácito antisemitismo de Gheorghiu le impedía admitir como rumano y le inspiraba reconocer como... banquero. Una cima de comicidad involuntaria es alcanzada cuando, en carta de 1974, R. C. relata que la representación soviética protestó porque la librería Brentano, en el hall de la Unesco, exhibía L`Archipel, obra de un premio Nobel...¿Qué duda cabe de que ese título abrevia El archipiélago del Gulag de Soljenitsin? Nada tan evidente impide que una nota identifique el libro como El archipiélago, primer tomo de la autobiografía de V. O., que sólo aparecería póstumamente, y mal habría podido suscitar las iras de la URSS...
Éstas son sólo unas pocas muestras de la avalancha de desinformación que las notas proponen, y que no dejará de estorbar el trabajo de universitarios franceses en los años por venir. (¡A qué distancia de las notas sucintas y exactas de Eduardo Paz Leston para las Cartas a Angélica y otros, Sudamericana, 1997!).
"Así se escribe la historia" era el título que V. O. dio a su réplica al libro de Gheorghiu. Podría ser, también, la melancólica reflexión del lector de las notas que acompañan esta correspondencia. Por su parte, V. O. y R. C., all passion spent, podrán sonreír ante el nuevo avatar, póstumo, que sus relaciones conocen.
Por Edgardo Cozarinsky
Para
La Nacion
- París, 1997


