
Crónica de viaje por un país perdido
Entrevista. Rodolfo Rabanal recupera en La vida escrita (Seix Barral) parte de sus diarios, en los que registró sus reflexiones desde 1972 hasta fines de la década de 1980. Centrado principalmente en los años más difíciles de la historia argentina, el libro describe, en tiempo presente, el clima intelectual de una época
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No obstante su forma de diario, las páginas de La vida escrita parecen la crónica de un viaje por un país perdido. Rodolfo Rabanal publica sus anotaciones en libretas de bolsillo de tapas de hule negro desde 1972 hasta fines de los años ochenta. Centrado sobre todo en el período que va de 1975 a 1980, el libro sigue paso a paso la escritura y la edición de sus dos primeras novelas, El apartado (1975) y Un día perfecto (1978), mientras la Argentina se hundía en la más cruenta dictadura de su historia. Tensionadas por ese momento crítico, las anotaciones de Rabanal traen a la vida reflexiones estéticas exhaustivas, lecturas, los problemas estilísticos y las dificultades económicas de un escritor; también su recorrido por la Buenos Aires de los años setenta, salpicado de conversaciones con Héctor Libertella, Enrique Pezzoni, Jorge Barón Biza, Germán García o Alberto Girri, entre otros personajes de una bohemia que perdería definitivamente su forma tras los duros años que vendrían. En el barrio el Tesoro de Punta del Este, donde vive actualmente con "tres mujeres: la perra Clea, la gata Misha y mi mujer Cristina", Rabanal reflexiona sobre esa escritura cotidiana que ahora publica, como un modo de revivir aquel tiempo perdido.
–¿Qué lo llevó a editar el diario?
–Lo curioso es que jamás consideré estas anotaciones como si se trataran de un diario, sino más bien como un hábito inevitable de la escritura, donde hago pruebas, experimento y registro mis percepciones. Son fragmentos que llamo "intergenéricos" y que no remiten al pasado sino a un presente continuo que sigue vivo en alguna parte, no en términos de nostalgia o memoria a la manera clásica sino como marca propia o señal de identidad. Por otro lado, siempre escribo a mano en cuadernos o libretas y después, si hay un proyecto que toma forma definitiva, lo paso en el ordenador. Decidí publicar estas notas cuando pude leerlas como si leyera una novela con un personaje central que era yo y al mismo tiempo otro. Además, cuando se ponen las cosas por escrito la propia vida se parece a una realidad novelada, mitologizada, y de ella se esperan, aunque sea de forma ilusoria, revelaciones.
–El centro del texto es la escritura y publicación de El apartado , en medio de la crisis política de 1975. ¿Cómo recuerda el intento de publicar su obra en ese contexto social?
–Me parece que importa menos cómo lo recuerdo ahora que cómo lo viví en ese momento. Ahora el recuerdo es lejano, pero en La vida escrita es actualidad pura, incertidumbre, dudas, acción permanente y una especie de éxito o logro en medio del desmoronamiento social. Fue, qué curioso... excitante ese momento, lleno de estímulos y desafíos y, claro, dificultades. Sí, podría decirse que esa tensión entre mi vida personal y el contexto me permitió sentir que estaba construyendo algo, que estaba haciendo un descubrimiento y ese descubrimiento consistía en que el libro, entre otras cosas, era una forma de construir la soledad.
–Aunque se mantuvo ajeno a la política activa, el diario refleja con mucha intensidad la oscuridad de esos años: la complacencia de muchos con el golpe de Estado, y luego de 19 76, la negación de una violencia evidente para seguir con la vida cotidiana. ¿Cómo analiza esas percepciones hoy, luego de tantas revisiones y polémicas?
–Sigo sintiendo lo mismo que entonces, el golpe del 76 más que otros anteriores fue un tajo que cortó la sociedad violentamente. Es cierto, muchísimas personas desearon que eso ocurriera y sospecho que todavía hoy lo convalidan. En un trabajo sobre mi libro, Mauro Libertella, hablando de esos años dice –con total acierto– que la literatura argentina perdió algo vital en 1976; menciona "las tiradas masivas de buena literatura, el diálogo de la juventud en los cafés, las editoriales argentinas que todavía no se habían vendido a grupos trasnacionales, la tensión entre escritura y política..." Desde ya, se perdieron vidas, que es más importante, pero se perdió lo que Mauro dice: una especie de bohemia, una especie de fuerte imaginario, vigoroso, inteligente, incorrecto...
? La vida escrita es también un libro sobre las amistades. Conversaciones literarias con Héctor Libertella o Germán García, o el grupo un poco salvaje de Miguel Briante, Osvaldo Lamborghini y Jorge Di Paola, una suerte de defensores de la intransigencia literaria. ¿Cómo recuerda esas relaciones?
–Bueno, ellos eran la errancia, el vagabundear por los cafés hablando de libros y personas vinculadas a ellos, también compartíamos trabajos en redacciones periodísticas. Si bien todos éramos muy distintos y yo buscaba mi propio camino, cultivábamos la intransigencia literaria como si se tratara de una ética.
?¿Cómo ve la imagen de "escritor maldito" que tiene Lamborghini en el presente?
–Lamborghini habitaba los extremos, tejía en su red un humor asesino, un sarcasmo viral que todo lo envolvía. Me parece que no tuvo tiempo para desarrollar la totalidad de su obra, se quemó mucho antes de eso. En el trato era difícil, muy divertido a veces, muy irregular siempre y, desde ya, era un gran lector. Todo ese grupo practicaba exigencias feroces.
–En una conversación entre usted, Germán García y Luis Gusmán de 1979, dicen que no hay una verdadera tradición literaria argentina, más allá de un conjunto de "escrituras". Los autores que usted lee y discute en el diario son Beckett, Lowry, Stendhal, Joyce o Lawrence. ¿Todavía es más intenso el diálogo con literaturas de otras lenguas?
–Bueno, exagerábamos un poco para fundar estrategias exclusivas y quedarnos con el campo de batalla. Pero lo cierto es que en doscientos años de historia nacional no puede haber una tradición muy extensa. Claro, tenemos "El matadero" de Echeverría, tenemos a Sarmiento (pero Facundo es lo grande), tenemos a Mansilla, las memorias de Paz y la gauchesca, pero la gauchesca no nos constituye como escritores, no a mí, al menos. Después, ya en el siglo XX están Lugones, Arlt, Horacio Quiroga y, desde luego, Borges, que es un eje, un centro y una fuerza donde convergen todas las tradiciones posibles. Personalmente, es cierto, fundé buena parte de mi gusto literario en poetas como Eliot, Pound y autores como Beckett y Joyce.
–Uno de los temas más interesantes de los diarios de los años 80 es la filmación de la película Gombrowicz, o la seducción , que dirigió Alberto Fischerman. ¿Cómo recuerda ese proyecto?
–Como una pesadilla bastante llevadera, una lucha de egos herederos del mago que fue Gombrowicz durante horas de filmación en pleno verano. Ahora recuerdo algo que nunca dije: Pasolini pensaba que Gombrowicz era un farsante.




