“Para ampliar los discursos”: exhiben obras clave para abordar un episodio traumático de la historia argentina
Piezas de cuarenta artistas que pertenecen al museo Moderno integran una exposición en el Parque de la Memoria; junto con otra exhibida en Venecia, conmemora el 50° aniversario del golpe de Estado
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En una mañana gris de invierno, a orillas del Río de la Plata, decenas de adolescentes observan la figura humana que flota sobre el agua parada, mirando al horizonte. Es la Reconstrucción del retrato de Pablo Míguez, escultura realizada a comienzos de este milenio por Claudia Fontes para recordar a ese chico que desapareció cuando tenía catorce años. A unos metros de allí, entre las varias que se exhiben de forma permanente en el Parque de la Memoria, se alza otra pieza de acero de seis metros de alto. Marie Orensanz caló en ella la siguiente frase: “Pensar es un hecho revolucionario”.
A medio siglo del golpe de Estado que marcó el inicio de la última dictadura militar en la Argentina, una muestra que se inaugurará mañana al mediodía en ese predio concebido como monumento a los desaparecidos se sumará a la que se exhibe hasta fines de noviembre en el Spazio Punch de Venecia, en el contexto de la bienal. Las decenas de obras de otros tantos artistas que integran ambas pertenecen a la colección del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, que acaba de cumplir siete décadas.
“Son dos exposiciones que conforman en el programa aniversario un eje llamado ‘Memoria y futuro’ –explicó Victoria Noorthoorn, directora del museo-. Porque sólo podemos pensar en un futuro mejor y más saludable para la humanidad y para el planeta si entendemos de dónde venimos y asumimos la responsabilidad por lo que ha sucedido. Es muy importante, en este momento del país, tomar mayor conciencia y acercarles a las jóvenes generaciones tantos artistas históricos que muchos desconocen, para ampliar los discursos”.

No fallará en llamar la atención de los visitantes la escultura de Norberto Gómez que recibe en la entrada de la sala Sala PAyS (Presentes, Ahora y Siempre). Crucifixión (1983) recrea con resina el esqueleto de un cuerpo humano atado de pies y manos a una cruz de asador, donde parece haber muerto entre las llamas. Es la más cruda de La memoria de la colección: el Moderno en el Parque, exposición curada por Nicolás Cuello y Cecilia Nisembaum que busca “visibilizar cómo respondió la comunidad artística a uno de los episodios más traumáticos de nuestra historia nacional”.
“Por medio de la representación fragmentada de la figura humana, la codificación del lenguaje, la capacidad evocativa de la abstracción y las prácticas conceptuales de vanguardia –señalan sus organizadores-, los artistas buscaron elaborar los efectos sociales de la violencia política y, al mismo tiempo, promovieron lenguajes innovadores desde los cuales sostener espacios de libertad, imaginación y resistencia en contextos de creciente autoritarismo”.
Hay por ejemplo varios trabajos de la serie Brailles de León Ferrari, en la cual aplica el sistema de escritura para ciegos para superponer fragmentos de textos religiosos sobre noticias que relatan episodios de violencia política y actos de discriminación, entre otras formas de vejaciones a los derechos humanos.
Una sutileza similar demuestra Ricky y el pájaro (1976), otra serie de obras sobre papel realizadas con témpera y acuarela por Alberto Heredia meses después de exiliarse en Uruguay tras recibir amenazas parte de las fuerzas paramilitares de la Triple A. “Inspirados en un libro sobre el arte de la cetrería medieval –explican los curadores-, estos dibujos presentan figuras de cuerpos híbridos, vendados o fragmentados, que oscilan entre lo humano y lo animal, e interactúan de manera agresiva con pájaros tenebrosos que sobrevuelan a su alrededor. Heredia usa estas representaciones históricas del adiestramiento de las aves rapaces para brindar una alegoría de la cacería humana, de la persecución política e ideológica acontecida durante la época”.
Otra aproximación original al clima de violencia de esos años es el proyecto que Marta Minujín desarrolló en 1982 para abordar el tema de la guerra de Malvinas. Su plan era construir una Margaret Thatcher de Corned Beef, una estructura de hierro rellena de algodón quemaría después de repartir al público los tarros de carne en conserva con los que pensaba recubrirla. “No llegó a hacerla… todavía”, advierte Noorthoorn al destacar la energía de una artista que a los 83 años sigue haciendo obras monumentales.

En relación al tamaño, es importante destacar la oportunidad que ofrece esta muestra de ver obras que no suelen exhibirse debido a la superficie que demandan. Entre ellas Instauración institucional (1994), instalación de Luis Felipe Noé que se vio por última vez en el museo Mar de Mar del Plata en 2023. “Más que ofrecer una visión armónica del orden democrático –apuntan los curadores-, la obra propone una imagen compleja y ambivalente de sus fragilidades y contradicciones, que reafirma a la pintura como un territorio de pensamiento crítico sobre la historia argentina reciente”.
También ocupa casi una sala entera la reconstrucción de Algunos oficios (1976), de Víctor Grippo que reivindica el trabajo manual a través de los materiales y las herramientas que usaban los herreros, albañiles, carpinteros, picapedreros y agricultores. En su primera presentación, la obra estuvo acompañada de un texto escrito por el artista: “Cuando el hombre construyó su primera herramienta, creó simultáneamente el primer objeto útil y la primera obra de arte. De ahí en adelante la herramienta estuvo presente en el accionar humano sobre el planeta, planteando nuevos interrogantes, nuevas alternativas”.
Otra que permaneció durante mucho tiempo en las reservas del museo es Mónika Ertl (1995), instalación de Leandro Katz inspirada en la vida de una de las hijas de Hans Ertl, el “fotógrafo de Hitler” que participó en la filmación del famoso documental Olympia sobre los Juegos Olímpicos de 1936 en el Estadio de Berlín, dirigido y producido por Leni Riefenstahl. Según relatan los textos de sala, tras la derrota del régimen alemán en la Segunda Guerra Mundial y mientras se iniciaban los juicios de Núremberg en 1945, la familia emigró a Bolivia.
Hans se hizo amigo allí de otro exiliado, Klaus Barbie, más conocido como “el carnicero de Lyon” porque torturó a prisioneros franceses capturados por la Gestapo. Mónika, por su parte, entabló una relación con un líder del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y se disfrazó de turista para vengar su muerte. Luego, decidida a colaborar con la captura de Barbie, murió en una emboscada organizada por este último con ayuda de su propio padre.

Para agendar:
- La memoria de la colección: el Moderno en el Parque desde mañana a las 12 hasta octubre en en la Sala PAyS del Parque de la Memoria (Av. Costanera Rafael Obligado 6745), con entrada gratis.
- Darkness Visible: The Long Shadow of Dictatorship en Spazio Punch en Venecia, hasta el 22 de noviembre
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