
Crónicas de placer y de muerte
Aquí se publican tres de las cartas que Byron envió a su hermana, Augusta Leigh, al poeta Thomas Moore, y a su editor y confidente, John Murray.
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Venecia, 19 de diciembre de 1816
Mi queridísima Augusta:
[...] Tienes toda la razón al decir que me gusta Venecia. Es tal y como te la imaginas, pero ahora no tengo tiempo para descripciones. Esta semana empieza el Carnaval, y con el Carnaval, las mascaradas. No he salido mucho, pero he salido tanto como he querido -esta noche salgo, con mi capa y mi góndola (aquí tienes dos bonitas palabras de Mrs. Radcliffe)- y luego está la plaza de San Marcos, las conversaciones, y otras bobadas por el estilo -aparte de muchas picardías . A decir verdad, todo el mundo es pícaro , hasta el punto de que nadie considera que una dama ha trasgredido la modestia del matrimonio si sólo tiene un amante , ya que esto es lo habitual -algunas tienen dos, tres y así sucesivamente, hasta veinte, y luego dejan de contar, pero por lo general empiezan con uno. Los maridos naturalmente pertenecen a todas las mujeres -menos a la propia. Mi amor actual tiene veintidós años, ojos increíblemente hermosos y negros, facciones muy regulares y bellas, la figura ligera y graciosa, el pelo oscuro, excelente cantante, como aquí son todos, casada (por supuesto) y con una hija. Tiene muy buen carácter (como sabes, así había de ser) y es muy alegre -veneciana de nacimiento, nunca ha ido más lejos de Milán. Su marido tiene unos cinco años más que yo -una bellísima persona. El apéndice amoroso que nosotros llamamos amante aquí recibe varias denominaciones -a veces "Amoroso" y a veces "Cavaliero servente", que, no hace falta que te diga, es un "caballero al servicio de". Le dije a mi amada, de buen principio, que en lo del amor y la caballerosidad estaba muy de acuerdo, pero que lo de la servidumbre a mí no me iba y le rogaba que no lo volviera a mencionar. Como puedes suponer, en eso de las ceremonias yo no haría muy buen papel. Tan mal lo hago que en lugar de ayudar a la Dama, como era mi obligación, a entrar en la góndola, estuve a un tris de echarla al canal -y encima a medianoche. Realmente estaba más negro que la pez, pero deberías haber visto con qué seriedad la estaba arrojando al agua mientras pensaba en otras cosas que no tenían nada que ver. Siempre me olvido de que las calles son canales y pretendía ayudarla a cruzar andando por el agua, hasta que los criados y los gondoleros me despertaron. Pero no hablemos más de amores.
Esta ciudad es famosa por la música y durante el Carnaval vendrá una caterva de cantantes y bailarines, además de los que ya hay habitualmente en los teatros. Las reuniones sociales se parecen mucho a las nuestras, excepto que aquí las mujeres se sientan en un extremo de la sala y los hombres están de pie en el otro. Paso las mañanas en el convento armenio estudiando armenio, y las noches, aquí y allá. Esta noche voy a casa de la condesa Albrizzi -una dama de la noblesse. También he ido a casa del Gobernador, que es un austríaco; su esposa, la condesa Goetz, me pareció, por lo poco que la he visto, una mujer muy cordial y agradable, con una educación exquisita, como tienen muchas alemanas. Por aquí no hay ingleses, salvo aves de paso que se quedan un día y siguen camino a Florencia o a Roma. Tengo pensado quedarme hasta la primavera. Cuando me escribas hazlo aquí directamente , como has hecho con esta carta.
Te quiere siempre,
[A Thomas Moore]
Venecia, 28 de enero de 1817
Tengo ante mí tu carta del 8. El remedio para la hipertensión es simple: abstinencia. Hace unos años me vi obligado a recurrir a lo mismo, es decir a la dieta , y, con la excepción de algunas semanas o días festivos (que pueden ser meses de cuando en cuando), me he mantenido fiel a Pitágoras desde entonces. Hazme saber que estás mejor. [...]
Venecia está en el estro del carnaval, y he pasado las dos últimas noches en blanco, en el ridotto y la ópera y en todo tipo de cosas. Ahora te voy a contar una aventura. Hace unos días un gondolero me trajo un billete sin firma, que me transmitía el deseo de su autora de reunirse conmigo en una góndola o en la isla de San Lázaro, o en un tercer lugar de cita que indicaba la nota. "Conozco bien el carácter de nuestro país"; en Venecia "las mujeres dejan al cielo las tretas que no se atreven a mostrar a sus maridos", etcétera, etcétera;de modo que respondí diciendo que ninguno de los tres lugares me convenía; pero que estaría a las diez de la noche en casa solo , o en el ridotto a medianoche, donde la persona interesada podía encontrarme enmascarada. A las diez en punto estaba en casa y solo (Marianna [amante de Byron] había ido con su marido a una conversazione), cuando la puerta de mi apartamento se abrió y entró una mujer de unos diecinueve años agraciada y (para ser italiana) bionda , la cual me informó de que estaba casada con el hermano de mi amorosa y que deseaba hablar conmigo. Yo le di una respuesta cortés y charlamos un rato en italiano y en romaico (pues su madre era griega de Corfú) cuando, ¡oh sorpresa!, al cabo de unos minutos entra, con gran asombro por mi parte, Marianna S[egati], in propia persona , y después de hacer una cortés reverencia a su cuñada y a mí, sin proferir una sola palabra, agarra a la susodicha cuñada por el cabello y le arrea unos dieciséis bofetones que te habrían hecho daño en las orejas con sólo oír el eco. No hace falta que describa el griterío que se produjo. La infortunada visitante se dio a la fuga. Yo sujeté a Marianna, quien, tras varios esfuerzos vanos por salir en persecución de su enemiga, tuvo un soponcio en mis brazos y, a pesar de los razonamientos, el agua de Colonia, el vinagre, media pinta de agua y sabe Dios qué otras aguas, siguió en ese estado hasta pasada la medianoche.
Después de haber maldecido a mis criados por dejar entrar a alguien sin haberme advertido, descubrí que por la mañana Marianna había visto al gondolero de su cuñada en las escaleras y, sospechando que esta aparición no auguraba nada bueno para ella, o bien había regresado por su cuenta, o bien había hecho que sus doncellas u otro espía acudieran a la conversazione donde ella estaba y de donde había venido a practicar esta escena de pugilismo. Ya había visto antes ataques de nervios y también alguna pequeña escena de la misma índole dentro y fuera de la isla, pero la cosa no acabó aquí. Al cabo de una hora o poco más, aparece ¿quién?, nada menos que el Signor S[egati], su dueño y marido, y me encuentra con su mujer desmayada en el sofá, y todo el aparato de la confusión, cabellos alborotados, sombreros, pañuelos, sales, frascos -y la dama pálida como la cera, postrada y exánime. Su primera pregunta fue: "¿Qué significa todo esto?" La dama no podía responder -respondí yo. Le dije que la explicación era la cosa más sencilla del mundo, pero que por el momento había que devolverle a su mujer -al menos, el sentido. Lo que se consiguió tras el consabido trámite de suspiros y exhalaciones.
No te alarmes, los celos no están de moda en Venecia y las dagas son cosa del pasado y los duelos por cuestiones de amor, inexistentes -al menos con el marido. Pero así y todo fue un asunto embarazoso; y aunque él debía de saber que yo le hacía el amor a Marianna, creo que hasta esa noche no se había hecho a la idea de hasta dónde habían llegado las cosas. Es bien sabido que casi todas las mujeres casadas tienen un amante, pero suelen guardar las formas, como en otros países. Por lo tanto, yo no sabía qué diablos decir. No podía decir la verdad por consideración a ella, y decidí no mentir por consideración a mí; además, la situación hablaba por sí sola. Pensé que lo mejor sería dejar que eligiera ella misma la explicación (una mujer nunca carece de recursos -el diablo está siempre de su parte) y limitarme a protegerla y a rescatarla si se producía algún acto de ferocidad por parte del Signor. Vi que él estaba bastante tranquilo, así que me fui a la cama y al día siguiente -cómo, yo no lo sé, pero ya estaba todo arreglado. Bueno -entonces tuve que explicar a Marianna lo de su nunca bien denostada cuñada, cosa que hice jurando mi inocencia, mi eterna constancia, etcétera, etcétera. [...]Pero la cuñada, muy enfadada por haber recibido aquel trato (y sin la más mínima vergüenza), contó el lance a medio Venecia, y los criados (convocados por la pelea y el desmayo) a la otra mitad. Pero aquí nadie se preocupa por estas menudencias, salvo para divertirse con ellas. No sé si a ti también te habrán divertido, pero con estas locuras he acabado escribiendo una carta bien larga.
Con el afecto de siempre.
[sin firma]
[A John Murray]
Venecia, 30 de mayo de 1817
[...] La víspera de mi partida de Roma vi guillotinar a tres ladrones. La ceremonia (incluidos los sacerdotes enmascarados, los verdugos semidesnudos, los criminales vendados, el Cristo negro y su estandarte, el cadalso, los soldados, la lenta procesión, el rápido redoble y la pesada caída de la cuchilla, la salpicadura de sangre, y la macabra exposición de las cabezas) es más impresionante en términos generales que el vulgar, sucio e indigno ahorcamiento y la agonía de perros que se inflige a las víctimas de la sentencia inglesa. Dos de aquellos hombres se comportaron con bastante calma, pero el primero de los tres murió con gran terror y resistencia -lo que fue muy horroroso. No quería estirarse -luego tenía el cuello demasiado grueso para la abertura-y el cura se vio obligado a ahogar sus exclamaciones con exhortaciones aún más fuertes -la cabeza saltó antes de que el ojo alcanzara a distinguir el golpe, salvo por un intento de retirar la cabeza, que sin embargo quedó retenida por el pelo. La primera cabeza quedó cortada a la altura de las orejas -las otras dos más limpiamente; es mejor que el método oriental y (creo yo) que el hacha de nuestros antepasados. El dolor parece poco y sin embargo el efecto sobre el espectador -y los preparativos para el criminal- son impresionantes y sobrecogedores. El primero me produjo mucho calor y sed -y me dio tal temblor que apenas podía sostener los gemelos de ópera (estaba cerca pero decidí verlo como hay que ver todas las cosas una vez: con exactitud), el segundo y el tercero (lo que demuestra con qué terrible rapidez las cosas se vuelven indiferentes), aunque me dé vergüenza admitirlo, no me produjeron ningún efecto, ningún horror -aunque los habría salvado si hubiera podido. Hace mucho que no sé nada de usted; desde el 12 de abril , si no me equivoco.
Suyo afectísimo,
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