Cuando los zombis contraatacan

De protagonistas de comedias de terror a ejemplos de tesis científicas, los no muertos regresan y se ríen de la vida moderna
Leonardo Tarifeño
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26 de diciembre de 2009  

Aunque no lo parezca a simple vista, los zombis ya están entre nosotros. Hasta hace unos años se limitaban a bailar con íconos pop, como en el legendario clip de Thriller , que John Landis dirigió para Michael Jackson. Pero en los últimos tiempos han invadido las aulas de la universidad de Harvard, novelas victorianas y la filosofía zen, entre otros grandes tesoros culturales de la Humanidad. La situación es tal, que el libro Zombi. Guía de supervivencia (Berenice), de Max Brooks, un completísimo manual que ofrece "protección completa contra los muertos vivientes", ha agotado cuatro ediciones en lengua española, señal inequívoca de que el público necesita información de primera mano para enfrentar el inminente ataque de los no-muertos.

Hoy, quizás a consecuencia de la desclasificación de archivos gubernamentales de la presente era Obama, en YouTube ya puede verse la conferencia de prensa secreta en la que George W. Bush incluyó a los zombis en el Eje del Mal ( http://www.youtube.com/watch?v=IoXgRtDysLY ). Y en el paper "When zombies attack! Mathematical modelling of an outbreak of zombie infection" (reunido en en el libro Infectious disease modelling research progress , compilado por Jean Michel Tchuenche y C.Chiyaka), los científicos canadienses Philip Munz, Ioan Hudea, Joe Imad y Robert J. Smith advierten que si los zombis avanzaran sobre una ciudad de 500 mil habitantes, acabarían con la población viviente en unos tres días. De todas maneras, aún no habría razones para dejarse llevar por el pánico. Y es que, según los mismos investigadores, la matemática y la estadística apoyan las posibilidades de supervivencia planetaria a un ataque zombi. En ese caso, el consejo de los hombres de ciencia es directo y sin complicaciones: sencillamente, recomiendan "pegarles fuerte y muy rápido".

En otra dirección científica, en junio pasado el psiquiatra Steven C. Schlozman presentó en la Harvard Medical School una lectura en la que comparaba el cerebro de los zombis con el de los humanos comunes y corrientes. Entre sus conclusiones destaca que el lóbulo frontal de los muertos vivos no controla los impulsos, lo que explicaría la tendencia al envíon irreflexivo y el nervio ingobernable tan característica en el zombi. Desbarajustes similares ocurrirían en el hipotálamo, el cerebelo y las neuronas espejo, y no parece descabellado suponer que en alguna región del mapa neurológico ensayado por Schlozman estén las respuestas a la mayor de las preguntas: ¿por qué, un día -o mejor dicho, noche- como de tantos, un muerto decide regresar del Más Allá, con ojeras y mirada torva e inocultables deseos de vengarse de sus seres más queridos? Y el miedo atávico con el que se los imagina y representa, ¿será parte de un remordimiento primitivo, pre-freudiano, que adjudica al otro un salvajismo redentor ante los padecimientos y los dolores que uno mismo infligió?

Como siempre, el arte anticipa y reelabora los enigmas que la ciencia apenas consigue relevar. En "Mi novio es un zombi", la cantante mexicana Alaska ya expresaba la ambigua atracción de los no muertos en los versos "a veces pienso que no puede ser / pero yo sé que nadie me separará de él / está muerto, aunque lo niegue / él es un zombi pero me quiere". La película Tierra de los muertos (2005), de George A. Romero, construye una inquietante sátira en la que los zombis parecen ocupar el lugar de los árabes demonizados por el gobierno de Bush, circunstancia que por primera vez ubica a estos personajes de terror en una doble esfera de víctimas y victimarios. Y en la comedia Zombieland (2009), aún sin estrenar en la Argentina, Woody Harrelson lucha contra quienes pretenden desayunárselo en un mundo demasiado parecido al actual, donde el cambio climático, las epidemias y la emergencia de virus desconocidos dibujan un marco de catástrofe doméstica que finalmente hace verosímil la posibilidad de encontrarse por ahí con algún que otro zombi hijo de vecino. Otras películas, de la serie Resident evil (siempre con Milla Jovovich) a Exterminio (2002, de Danny Boyle) tematizan el asunto y lo convierten en un efecto indeseado de las experimentaciones científicas, tal vez uno de los grandes temores clandestinos de la época posterior a Chernobyl. ¿Los enfermos por la radiación han tenido que ocultarse y convivir con una realidad ajena, tal como lo haría un zombi entre nosotros? ¿Y a la verdad oculta se le teme tanto o más que a un pariente decidido a cavar su tumba desde abajo y salir lo más campante por la puerta del cementerio? Tal vez las respuestas no sean agradables, y por eso el arte es la única disciplina que se anima a sugerirlas.

En el cine y el cómic, de la película El regreso de los muertos vivientes (1985, Dan O´ Bannon) a la historieta The walking dead , de Robert Kirkman y Tony Moore, los zombis han sido protagonistas excluyentes de un género tan insólito como ellos: la comedia de terror. La obra de O´ Bannon marcó las reglas que luego seguiría George A. Romero, pero la novedad de la reciente invasión de los muertos vivientes es que han conseguido abandonar el submundo de la clase B para desembarcar en territorios donde antes no habrían osado estampar sus huellas. Es el caso de la incomparable novela Orgullo y prejuicio y zombis (Umbriel), una reescritura del clásico de Jane Austen que, en esta versión a cargo de Seth Grahame-Smith, incorpora las temibles consecuencias de una misteriosa plaga que amenaza la vida cotidiana en Meryton. La heroína Elizabeth Bennet rivaliza con la agresión inesperada y, del mismo modo, la ficción victoriana se transforma en un pastiche capaz de sintonizar con el sorprendente derrumbe de fronteras propio de los tiempos que corren. Así como los "nuevos bárbaros", o miembros de la tribu cibernética global evocados por Alessandro Baricco en Los bárbaros (Anagrama), ponen de cabeza el orden humanista y eurocéntrico de la cultura mundial, los zombis de Grahame-Smith entran al paisaje creado por Jane Austen para inventar un escenario mutante e inestable, al que cuesta encontrarle una definición. A mitad de camino entre dos mundos distantes pero complementarios, lo más probable es que la de Grahame-Smith sea la primera "novela zombi" de la historia.

Pero si la invasión de los zombis suena espeluznante en el terreno de la novela clásica, no menos atrevida parece su irrupción en el campo de la filosofía zen. The zen of zombie: better living through the undead , de Scott Kenemore, supone que la invasión deja lecciones éticas y un universo de felicidad al alcance de la mano. En opinión de Kenemore, de los zombis habría que aprender su capacidad para ir despacio por la vida (y la muerte), la habilidad que demuestran para ser su propio jefe y, muy especialmente, devorar a todo aquel que se les interpone en su camino. También reivindica su asombrosa capacidad de adaptación y la fortaleza para enfrentar retos, ciertamente dos puntos débiles de los humanos contemporáneos. Escritor y baterista de la banda de rock The Blissters, Kenemore exhibe un punto de vista opuesto al del músico nigeriano Fela Kuti, creador del afrobeat y polémico activista de los derechos de los negros, fallecido en 1997 tras una vida intensa, que incluyó 356 declaraciones ante la Justicia de distintos países. Para el multiinstrumentista Fela, que cruzaba su música de orientaciones funk con ritmos propios de las celebraciones yoruba, el zombi era el soldado negro alistado en un ejército de blancos, héroe anónimo en una guerra que no era la suya. La canción "Zombie", que interpretaba en versiones de 9 a 17 minutos, fue su mayor éxito en vida. Y tal vez la distancia que hay entre la visión neo-zen de Kenemore y la percepción africana de Fela explique los inagotables atractivos de la figura del zombi, el único mito primitivo que se permite atacar la vida moderna para reírse de ella.

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