De la historia a la ficción
La edición completa en español de los libros de Junichiro Tanizaki, uno de los grandes autores japoneses del siglo XX, se inicia con una mágica recreación del Medioevo de la era Heian
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La madre del capitán shigemoto
Por Junichiro Tanizaki
Siruela/Trad.: María Luisa Balseiro/170 páginas/$ 99
Es extraño cómo funciona en un aprendiz de escritor la elección de un maestro, cómo determina la naturaleza del horizonte que sueña para sí. Los mentores del japonés Junichiro Tanizaki fueron relativamente modestos. Al margen del profesor adorado que tuvo a los once años, su segundo y último maestro fue Nagai Kafu, un valioso escritor menor, en quien Tanizaki elogiaba "el elemento de inevitabilidad en la caracterización" de personajes. Que Tanizaki haya eclipsado a Kafu con holgura prueba que el rango del maestro elegido no prescribe, desde luego, el que alcanzará el discípulo, pero años después, curiosamente, el novelista Yasushi Inoué tomaría de modelo al propio Tanizaki y lograría producir una obra de comparable vuelo. Jerarquías y linajes son, en efecto, dos de las materias mimadas de Tanizaki y una presencia relevante en La madre del capitán Shigemoto.
Una primera cuestión toma por sorpresa al lector. Al igual que con recientes ediciones de Yasunari Kawabata, este libro está traducido del inglés, no del japonés. Si bien es cierto que el traductor al inglés es Anthony H. Chambers –es decir, otro magnífico traductor de Tanizaki, al igual que Edward Seidensticker, Howard Hibbett y Paul McCarthy–, y que una novela histórica aparenta provenir de una lengua común, universal, a esta altura cuesta creer que el ámbito de habla castellana carezca de alguien capaz de realizar versiones directas y decorosas del japonés. La madre del capitán Shigemoto, precisamente, es una bellísima novela acerca de la traducción: de una época a otra, de la historia a la ficción. Se nutre de algunos documentos verdaderos y otros adulterados, y puede leerse como la prolongación de una nota al pie de la Historia de Genji, que Tanizaki tradujo al japonés moderno: un torneo de seductores y cortesanas con inclinaciones poéticas, una exhibición de distinciones y escalas puntillosamente establecidas. El lector se cruza una y otra vez con personajes que ocupan cargos tales como viceministro, consejero medio, tesorero mayor, consorte subalterna, canciller regente y arzobispo provisional.
Se trata de una mágica recreación del Medioevo aristocrático tal como se dio en el período Heian (de fines del siglo VIII a fines del XII), en el que la histeria empezaba a disimularse detrás de protocolos patricios. De una belleza sin par, la madre de Shigemoto fue entregada por un marido cincuenta años mayor para hacerle un cumplido a un ministro. Shigemoto no llegaba a los cinco años cuando su madre debió abandonarlo. Al poco tiempo la visitaba mientras "empezaban a abrirse los capullos de un ciruelo rojo", y el niño ya había sido reclutado como mensajero entre su madre y un nuevo pretendiente. Estos se enviaban poemas copiados con un pincel en el antebrazo del niño, desde el codo hasta la muñeca, "por pensar que era más fácil que un papel se extraviara". Pasan las páginas y puede admirarse en Tanizaki aquello que recordaba Harold Acton: "Esa capacidad para regresar con perfecta naturalidad de sentimiento a escenas de la infancia que a Lafcadio Hearn le parecía esencialmente oriental".
En su volumen de memorias Tokyo Central, el traductor Seidensticker retrata a Tanizaki como "un viejo caballero agradablemente regordete, con un toque infantil". Era muy cortés, pero nunca le sonreía a las cámaras. Jamás olvidaba los precios. Le encantaba oír la lluvia desde un baño exterior, preferiblemente con ventanas a ras del piso. Detestó todas las versiones cinematográficas –incluso la de Mizoguchi– que se hicieron de sus libros. Sus novelas, sembradas de enredos familiares como en los films de Yasujiro Ozu, acompañaron a este cineasta toda su vida. En Elogio de la sombra, Tanizaki confesó su predilección por la luz indirecta, por devolver a la penumbra las cosas que avanzan con demasiada claridad.
A este y oeste, el eco crítico ha sido siempre justo con el autor de Hay quien prefiere las ortigas. Mishima aseguraba que "si se borrara a Tanizaki de la literatura japonesa moderna, sería como un zoológico sin animales". En su imprescindible Japanese Literature Reviewed, Donald Richie lo comparó con Colette: estilistas cautivados por los sentidos y las anomalías amorosas. Fue Pasolini quien señaló, al escribir sobre Las hermanas Makioka –acaso su novela más extraordinaria–, que "el encanto del libro consiste en una transformación del orden de los intereses del lector. Éste es introducido en un universo maduro, completo y perfecto que no deja de imponer su propia fascinación". Como con Natsume Soseki y Yasushi Inoué, el de Tanizaki es un paisaje del que no se vuelve intacto.
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