Dejame soñar, Antonio
¿Es posible amar y odiar algo al mismo tiempo? La pregunta ha rondado mi cabeza en los últimos días -más bien, las últimas noches- gracias a nuestro gato Antonio. Gris, atigrado, de mirada hosca y vientre rubio, Antonio -alias Tony, Tono, Tochi y un largo etcétera de apodos- tiene once años y es un clásico representante de su especie. Carece de la simpatía y el entusiasmo automáticos que prodigan los perros. Cuida celosamente su espacio personal y prefiere descansar a cierta distancia de todos. Si sos un desconocido, te examinará desde una distancia prudencial con esa desconfianza indisimulable que a uno le inspiran un político o un payaso homicida. Digámoslo así: Antonio no regala su afecto, tenés que trabajar para ganártelo. Cuando vencés aquella resistencia y finalmente te lo concede, te sentís un privilegiado, el ganador de un premio importantísimo cuya existencia el mundo ignora.
Hasta ahí lo lindo, porque Antonio atraviesa un momento complejo. Hace algunas semanas comenzó a despertarse en plena madrugada. Rasca la puerta que comunica nuestra habitación con el living y pide más comida aunque su plato esté prácticamente lleno. Al comedor no puede ir porque allí duerme Raimundo -nuestro perro, su enemigo íntimo-, así que probamos alternativas: reforzamos la puerta con una muralla de almohadones y complementamos su alimento balanceado con raciones desveladas de atún. Pero nada cambió. Antonio vuelve a activarse cada noche, un mecanismo perfecto con visión nocturna y garras retráctiles. En una o dos maniobras derriba nuestra improvisada fortificación y, de paso, cualquier chance de conseguir unas pocas horas de sueño reparador.
Tras varios días de descanso insuficiente, vivo una existencia zombificada: ojeras profundas, ojos reducidos a canicas. Me tambaleo por las calles y arrastro las palabras frente al colectivero con la tarjeta SUBE en la mano. Cuando regreso del trabajo por la tarde, encuentro a Antonio dormido plácidamente en la cama. Casi siempre, una de sus patas le tapa la cara para que la luz tenue del atardecer no se meta en sus ojos. Aunque se ve muy tierno, también me da un poco de bronca. Una parte de mí quiere despertarlo, arrancarlo de su sueño con la misma impunidad con la que él me arrancará del mío unas horas más tarde. Pero entonces descubre que lo estoy mirando, busca una caricia, empieza a ronronear. Y se me pasa.
Para los especialistas, la explicación es simple: Antonio debe estar aburrido. Sus aventuras nocturnas, al parecer, no responden a una vida dichosa que sabe mucho de largas siestas y nada de alquileres, impuestos municipales o inflación. La causa es un “instinto crepuscular” heredado de sus antepasados, gatos monteses africanos que miles de años atrás cazaban en las horas de poca luz, cuando sus presas -mayormente roedores- abandonaban las madrigueras. Intento jugar con él usando alguno de los juguetes que le hemos comprado, casi siempre un palito que mueve un peluche atado a un hilo. Pero a Tony no le interesan los juegos. Me mira con desdén, como si quisiera entretener a un Nobel de Física con un balero. Perdoname, Antonio, te juro que hago lo que puedo.
Estos días descubro que no se me hace tan sencillo volver a dormir después de uno de sus espectáculos nocturnos. Mi cerebro se enciende y empieza a repasar todo tipo de pequeñas desgracias: desde la dolorosa derrota argentina frente a España en la final de la Copa del Mundo hasta la falta de créditos hipotecarios accesibles para pobres diablos como yo. Ahí me desvelo y todo empeora un poco más. No quiero pensar en esas cosas tan tarde, la noche no fue creada para eso. Prefiero soñar, con esos sueños raros que son como un caleidoscopio de símbolos imposible de entender. Cuanto más indescifrables y alejados de la vigilia, mejor. Solo te pido eso, Tony. Te quiero, pero dejame soñar.





