Desde el ojo de la tormenta
En los años 70 vivió la clandestinidad con su madre, militante montonera. Narró su historia en La casa de los conejos
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Laura Alcoba tiene 40 años, es argentina y enseña literatura española del Siglo de Oro en Francia, donde vive desde hace treinta años. En La casa de los conejos (Edhasa), su primera novela, escrita en francés y traducida por Leopoldo Brizuela, cuenta una historia, basada en hechos reales, de la que se siente sobreviviente. El relato describe las experiencias de Laura, una niña de siete años hija de militantes montoneros que vive en la clandestinidad con su madre, mientras el padre se encuentra preso. Madre e hija deben ocultar sus verdaderos nombres y el domicilio de su casa en La Plata, que esconde, detrás de un criadero de conejos, la mayor imprenta que tiene el movimiento.
No se trata, sin embargo, de un testimonio, sino de la reconstrucción ficcional de lo que esa niña percibía: la amenaza latente del enemigo, las órdenes de los militantes que la acompañaban y la ternura de una de ellos, Diana Teruggi, quien no corrió su misma suerte y murió en el bombardeo de la casa el 24 de noviembre de 1976, cuando fue secuestrada su hija, Clara Anahí. Treinta años después, Laura Alcoba desvela con voz tenue ese pasado tormentoso y, de visita en Buenos Aires, cuenta qué la llevo a escribir su historia con la distancia que provee la literatura.
-Yo escribía para mí desde siempre, pero sabía que a la hora de publicar tenía que empezar por esta historia. Al mismo tiempo, tardé bastante en encontrar el punto de vista. El disparador fue un viaje que hice a la Argentina en 2003, en una situación especular con la de Diana Teruggi, porque volví por primera vez a la casa de los conejos con mi hija, que en ese momento tenía unos meses. Yo y mi hija vivas. Volvía a la casa en que una madre y una hija habían sido separadas. Clara Anahí, secuestrada, y su madre, asesinada.
-¿Por qué tomaste la decisión de escribir la novela en ese momento?
-Tenía imágenes en mente, pero el hecho de volver al lugar despertó otras. Tras ese viaje a la Argentina empecé a escribir instantáneamente. Era como reconstruir un álbum de fotos ausente. Me habían salido escenas inconexas, no sabía muy bien la cronología, tampoco la busqué. Preferí trabajar a partir de los recuerdos, con lo que tenían de borroso. Tomé las instantáneas que tenía y les di una forma, que para mí debía ser la de una posible ficción.
-¿Lo considerás un libro autobiográfico?
-El material es autobiográfico, pero yo quería que se pudiese leer como una novela, como una ficción. Como la historia de otro, tal vez. Porque creo que cuando una historia está encerrada en un testimonio particular no sale de él. Cuando una historia particular se puede leer como una ficción es también muchas otras, las historias que el lector se cuenta al leerla. Creo que ese era mi deseo. No me gustaba exponer una historia dolorosa y no quería que se leyese como una reflexión exclusivamente testimonial. Hay algo en la exhibición autobiográfica que me incomoda muchísimo, y no quería que se pudiese recibir como un texto falto de pudor.
-El punto de vista es el de una chica de siete años que registra sensaciones concretas, pero representás esas sensaciones con un lenguaje reflexivo y maduro. ¿Por qué encaraste el relato desde esa visión y resignaste una lectura histórica más amplia?
-El texto era mucho más largo. Darle forma consistió esencialmente en reducir. En una versión anterior alternaban una voz adulta y una voz infantil. La adulta daba el marco histórico. Pensaba que era necesario, sobre todo para el lector francés, que sabe bastante poco de ese momento. Pero caía en un comentario de los acontecimientos que no me gustaba. Quería evitar dos trampas. La primera, el cuestionamiento de la generación de los padres. Esta es una página de la historia argentina que me afecta. La muerte de las personas que evoco me duele mucho y la represión fue lo que fue. Al mismo tiempo, tampoco quería caer en la idealización de una militancia que no fue la mía. Y pensé que el punto de vista adecuado era el de la posición que había tenido en ese momento, una posición infantil.
-Hay cierta ambigüedad en el libro con respecto a la violencia. El terror estatal es una amenaza siempre presente, pero solo aparece realmente en el final. Y la protagonista registra en particular la agresividad que hay dentro del grupo de militantes.
-No quiero cerrar la lectura de la novela. Richard Millet, en su ensayo L Opprobre , dice que "la verdadera naturaleza del hecho literario es esencialmente contradictoria", ambigua. La literatura que yo aprecio es la que no cierra lecturas y no tiene una intención reivindicativa. La historia de La casa de los conejos es compleja, y también la visión infantil que la registra; es una situación compleja de un momento violentísimo, visto desde dentro. Tampoco se trata de cuestionar a Montoneros de manera unívoca y simple. No termino de entender la violencia de ese momento, y desde esa incomprensión escribí la novela.
-¿La escritura te acercó alguna respuesta?
-Yo sé que acá hay lecturas muy catalogadas, y no defiendo la teoría de los dos demonios. Faltan voces para entender ese período. Lo entiendo como un momento en el que hubo una genealogía particular de violencias, una forma de espiral en el que las violencias se engendraron unas a otras. Pero tal vez lo entiendo mal. No tengo una lectura ni una teoría política a defender.
-Hay un momento en que la chica hace un crucigrama y la palabra Azar atraviesa las palabras Isabel, Muerte, Videla, Arte, todos los componentes del libro. ¿El azar tiene un rol en la historia?
-Creo que la razón de ser de la novela es formular la pregunta de por qué ella y la madre sobreviven y los otros no. Por qué la frontera entre los vivos y los muertos pasó por donde pasó. La única respuesta soportable es el azar. Esa palabra es muy importante. Aparece en español en la versión original. Ahí se jugaba algo esencial que yo tenía que formular en ese idioma. Hay que darle un lugar al azar porque es la única escapatoria. Las palabras cruzadas son el nudo simbólico de la novela.
-¿Tu libro puede aportar otra visión a la interpretación de esos años?
-Creo que se está saliendo un poco del maniqueísmo de las lecturas. Como si ya no fuera necesario congelar la mirada sobre los movimientos que eligieron la lucha armada en la idealización para que todo el mundo tenga claro que se condena el horror de la represión. Se puede tener una mirada crítica. Dar el espacio a una palabra libre sin dejar de denunciar lo que fue el horror de la dictadura. Creo que las cosas van evolucionando.



