
Desovillar el enigma de la trama
Cecilia Méndez Casariego, Cintia García y Sofía Reynal exponen sus trabajos recientes en Schlifka-Molina, al cuidado de Sergio Bazán
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Dibujos nacidos de una acción que compromete el cuerpo de la artista; esculturas que amalgaman indagación y extrañeza, y un conjunto de pinturas al óleo cuyo esquema se repite de manera siempre diferente conforman la primera muestra de 2014 en la galería Schlifka-Molina. La curaduría de Sergio Bazán garantiza, además de un piso de calidad, la posibilidad de asomarse al desarrollo de una identidad visual (en este caso, de tres identidades). Diámetro y caída señala dos de los ejes centrales de los trabajos de Cecilia Méndez Casariego, Cintia García y Sofía Reynal, adscriptos a un estilo en proceso de afianzamiento y plenitud. Las esculturas esmaltadas de Méndez Casariego -en una paleta que va del turquesa al gris plomizo- recurren a un idéntico motivo, curioso y levemente avieso (o tierno, depende del ángulo de observación): cabezas de bebés en una edad previa al lenguaje articulado, cuando sus gestos son interpretados como cifras de un alfabeto doméstico. Bostezos, semisonrisas, el instante previo al llanto, miradas perdidas, enfurruñamientos y expresiones beatíficas integran el repertorio de la artista, que utiliza fotografías para modelar las obras (relieves en yeso coloreados con esmalte) y el curso de su investigación. Méndez Casariego (Buenos Aires, 1980) usa una escala de distorsión corporal: cada cabeza tiene el volumen de un bebé ya crecido y un peso ampliamente mayor. Apoyadas en el piso de la galería como pufs, las esculturas inauguran un cosmos rarificado de especie humana.
De Cintia García (Bahía Blanca, 1969) se exhiben cuatro grandes trabajos que prosiguen la serie Diez millones de líneas, dibujos hechos con lápices de colores sobre un papel de 200 o 300 gramos. Ese gramaje permite plasmar un alto grado de densidad en los dibujos, para los que la artista utiliza todo el radio del cuerpo (más vasto que el que posibilita la mano o el brazo). Bazán comenta que la manera de "dibujar" de García -con más de diez lápices de colores en la mano, enfrentada al enorme soporte blanco- se asemeja a una danza o a una performance que crece en intensidad y luego cae desde lo alto. En algunas de sus obras ese blanco perdura, efecto de la curvatura de los trazos enmarañados de colores, con la forma de una gota o de un tímpano, y presta a los dibujos la sonoridad de mantras visuales.
Las pinturas de Reynal (Buenos Aires, 1983) fueron definidas como "variaciones de una misma forma". Ese patrón asimila la estructura del cuadro clásico, con un marco interno y un soporte vacío que el acto de la pintura intentará llenar. En esa intención late la virtud de las nueve obras -que oscilan dentro de una paleta también estricta: blanco, rojo y negro-, en las que el óleo adquiere a veces la textura de una acuarela, y el marco interno de la obra, la de una ventana empañada por el paso del tiempo. Huellas, grabados ocres del pincel, destellos poéticos (en parte provistos por los títulos: Reynal comenta que varias pinturas tuvieron orígenes verbales) mantienen y fuerzan una estructura visual desde dentro, con la determinación discreta de revelar el proceso de un proceso artístico.
FICHA. Diámetro y caída. Cecilia Méndez Casariego, Cintia García y Sofía Reynal, en Schlifka-Molina (Gorriti 4829) hasta el 3 de mayo.
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