Diálogo de una sola voz

Por Laura Cardona Para LA NACION
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19 de diciembre de 2009  

Más liviano que el aire

Por Federico Jeanmaire

Clarín / Alfaguara

240 Páginas

$ 49

"Más liviano que el aire" es un verso trunco de Juan Gelman y el título de la obra con la que Federico Jeanmaire ganó el Premio Clarín de Novela 2009. Autor de trayectoria (ya lleva quince buenos libros en su haber), Jeanmaire viene apostando a los premios, y con buenos resultados: Vida interior obtuvo el Premio Emecé 2008; Mitre , el Premio Especial Ricardo Rojas a la mejor novela argentina escrita entre 1997 y 1999.

La novela tiene por protagonista a una anciana de noventa y tres años, que encierra en el baño de su departamento a un adolescente que había intentado asaltarla cuando ella estaba por ingresar en su edificio. Rafaela, Faila o Lita -estas son las variantes de su nombre- vive sola y durante tres días su rutina se trastoca por completo por la presencia de Santiago, el delincuente de catorce años. De pronto, por primera vez en toda su existencia, tiene un interlocutor, alguien que en realidad está condenado a escuchar la historia de su madre y, también, la de ella. Más liviano que el aire plantea así una trama sencilla desarrollada por medio de un monólogo en el que se inscribe la ausencia de otra voz, la del joven asaltante. A través del discurso de Lita se pueden reponer los dichos de Santiago, sus intervenciones y exabruptos. Con inteligencia, Jeanmaire remeda el pacto entre el escritor letrado y el marginal sin voz que funda la literatura gauchesca, pues la anciana actúa el gesto del superior que otorga la palabra al subalterno. Sin embargo, el habla del adolescente no adquiere estatus dialógico, no ocupa una posición discursiva desde la cual hablar o responder: es el espacio en blanco entre las palabras, diría Spivak. Al no tener voz, el adolescente debe ser traducido por la anciana, que representa otra condición social y cultural, y éste es el aspecto más logrado del relato que, aunque previsible y con cierto humor, se propone como metáfora sobre la violencia (cultural, física) y la orfandad (más que la soledad).

Hábilmente se van reconstruyendo zonas de la historia de Santiago: su relación incestuosa con una hermana, la falta de escolarización, la delincuencia como forma de vida. Por su parte, la desdichada vida de Lita tiene todos los clichés de los personajes femeninos de la literatura realista de la primera mitad del siglo XX: de niña queda huérfana; la maltratan su tía y sus primas a causa del estigma de la deshonra de su madre; de adolescente, abusa de ella un hombre mayor, amigo de sus tíos, y, por temor a que no le crean, no cuenta nada; el único novio que tuvo y de quien estaba en verdad enamorada se le acercó por interés y, antes de desaparecer, le robó las joyas que eran la herencia materna. Fue maestra y quedó soltera. Cree que el gran mal de la Argentina ha sido y es el gaucho, cuyos vicios y carácter persisten en la actualidad. La figura que Lita recrea es la de un matrero, ladrón, vago y pendenciero, la del imaginario sarmientino.

Los personajes resultan estereotipados, pero la relación entre ellos es interesante. A través de la puerta que los separa acuerdan llamarse "Lita" y "Santi" y el vínculo parece volverse familiar, más íntimo. Construyen una alianza, por la cual Santi debe callar y escuchar el relato sobre la madre de Lita, tras lo cual ella lo dejará irse. Se instala así un juego de poder que es sutilmente inestable: la anciana parece a veces confiarse y está a punto de dejarlo salir, promete que cuando le cuente todo sobre su madre va a liberarlo, pero por las dudas posterga para otro momento la decisión. Mientras, le pasa galletitas, bizcochitos, palmeritas y hasta milanesas por debajo de la puerta del baño. Lo alimenta del mismo modo que le da y le quita la palabra: domina por completo la situación, el chico está a su merced y ella le impone sus condiciones.

El monólogo de Lita insiste en el relato sobre Delita, la madre, que se remonta a principios del siglo XX y enlaza la historia de la aviación y cierto derrotero femenino. Impulsada por un febril deseo de pilotear un avión, Delita no dudó en recurrir a cada una de las estratagemas femeninas inscriptas en el código masculino y llevarlas al límite, a costa de su propia vida. Su deseo no es en absoluto liviano. Cabe preguntarse qué significa que un deseo sea liviano, o que el deseo de cualquier mujer sea más liviano que el aire, como afirma el texto.

© LA NACION

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