Disfrutar del ocio no es tan simple como parece
Descansar es un derecho cada vez más difícil de ejercer
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Entre las seguridades que hemos perdido últimamente –el trabajo, el acceso a los ahorros, un futuro planificable– hay que anotar también el derecho a descansar. Por tener trabajo y miedo a perderlo, por tener varias ocupaciones o ninguna, el tiempo libre se ha convertido en un espacio irreconocible, contaminado de obligaciones y a menudo angustiante.
Las vacaciones ya no son un paraíso. Ahora se llaman “escapadas”, son cada vez más breves, se toman con el celular prendido y tienen sus propias exigencias: hay que ir a la playa y allí estar espléndido, bronceado, saludable y activo, enamorarse si se puede y, de paso, chequear el mail cada tanto. En fin, descansar se ha vuelto agotador.
“Las vacaciones son una interrupción cada vez más corta, no sólo por las dificultades económicas, sino porque la gente tiene temor de perder su trabajo, no puede desenchufarse y vive en un ciclo de ansiedades del que sólo puede huir por algunos días. Hay que estar siempre presente y activo”, resumió a LA NACION Ana Wortman, socióloga y docente de la UBA.
El laberinto tiene salidas, sin embargo, y, según dicen los que estudian el tema, pasan por recuperar la libertad de elegir lo que uno quiere hacer en su tiempo sin obligaciones, animarse a cuestionar las opciones pautadas y volver a vincular el ocio con la creatividad y el intercambio real con los otros, dos dimensiones que escasean en la vida laboral cotidiana.
El culpable es el trabajo
No hay que culpar al tiempo libre de la angustia que causa, sin embargo. El responsable es en realidad su opuesto, el tiempo ocupado, que ha sufrido en los últimos años el mayor deterioro.
"Es un tiempo sobreexigido y muy perverso, porque uno tiene que estar todo el tiempo actualizado, con las pilas puestas, capacitado y disponible. Pero, al mismo tiempo, esta carrera es falsa, porque después no hay posibilidades para todos, o nos las niegan por estar sobrecapacitados", reflexionó el antropólogo Rubens Bayardo, director del diploma en Gestión cultural del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de General San Martín.
En una cultura que endiosa la productividad y acepta el estrés como inevitable, el tiempo de ocio está desvalorizado por improductivo.
"El tiempo libre se ve hoy como un tiempo desocupado, residual, la contrapartida del único tiempo valioso, que es el que se emplea trabajando", afirmó Pablo Waichman, docente y rector del Instituto de Tiempo Libre y Recreación del gobierno porteño.
Quizá sea esa desvalorización la que hace que la perspectiva de algunos días o sólo un fin de semana sin nada que hacer normalmente cause angustia. "No sabemos muy bien cómo usar el tiempo libre si no es en algo que parezca útil y redituable", dijo Bayardo.
Así, en vez de un corte radical con las obligaciones cotidianas, las horas libres terminan ocupándose con las mismas actividades que se hacen durante la semana, pero con otro ritmo -corregir trabajos, leer y preparar informes, ponerse al día con alguna lectura, completar tareas pendientes-, trabajos domésticos -planchar la ropa acumulada, lavar el auto, hacer compras u ordenar placares- o sumarse a actividades organizadas, como ir a un club.
Normalmente, además, no hacer nada significa consumir: cine, teatro, restaurante y el seguro shopping -que cuando no permite comprar deja la posibilidad de mirar sin adquirir- y su versión posdevaluación, el outlet, "la forma adaptada a las posibilidades de consumir menos", como lo describió Wortman.
A pesar de la enorme oferta cultural que está disponible en la ciudad de Buenos Aires, los centros turísticos y las localidades grandes del país, escasean los espacios públicos, comunes, abiertos y gratuitos.
"El tiempo libre se llena de acciones que generan otros, de consumo de cosas que se compran. Hay un imperialismo cultural que genera las condiciones de organización del trabajo y del ocio, e impone un tiempo libre disciplinado para que no invada el tiempo productivo, el único que vale", diagnosticó Waichman.
Este tiempo libre para consumir, además, reemplaza el trabajo incierto y fluctuante en al menos un aspecto. "Antes la identidad se armaba a partir de la ocupación; ahora se afirma sobre el estilo de vida, es decir, lo que uno consume", dijo Bayardo.
Unos y otros
En los dos extremos de la actividad laboral el tiempo libre está ausente. Carece de él tanto el desocupado, que no tiene actividad productiva que realizar, como el sobreocupado, cuyo tiempo de ocio se acomoda en los momentos que deja el trabajo.
"El problema no es la cantidad de tiempo libre, sino el sentido que se le da, su calidad", dijo Waichman, y dio otro ejemplo: los jubilados tienen teóricamente todo el tiempo libre después de una vida de trabajo. Para la mayoría de ellos -con jubilaciones paupérrimas y acceso dificultoso al cuidado de su salud- no es el caso.
El germen de esta confusión crece con nosotros. Tempranamente, la escuela separa de manera tajante los dos mundos: la libertad del recreo -breve y vigilado de cerca por las maestras- como compensación del aburrimiento y la rigidez que supone la clase, el tiempo que se considera realmente productivo e importante.
"El sistema educativo forma para trabajar, es decir, educa para un pedazo de tiempo, el productivo, y, consecuentemente, para un pedazo de hombre. En el jardín de infantes uno es una persona completa, porque juega, pero deja de serlo en primer grado, donde empieza su formación para ser una persona productiva. De chico se aprende que jugar es perder el tiempo", dijo Waichman.
Si escapar del modelo económico y cultural es imposible, ¿hay modo de recuperar la libertad del tiempo libre? Dicen los especialistas que hacerlo exige un esfuerzo: llenar el ocio de decisiones propias sobre lo que uno quiere hacer.
"Hay que intentar que el tiempo libre sea un espacio de decisión personal, salir de la pauta impuesta y tomar la iniciativa", sugirió Wortman.
Finalmente, ¿por qué los chicos tienen que pasar todas las vacaciones en la colonia? ¿Por qué el verano debe vivirse en la playa? ¿Por qué estar en casa es sinónimo de aburrimiento, cuando durante el año rara vez se puede compartir un tiempo sin horarios con los hijos o los amigos? ¿Por qué no empezar de una vez con aquel interés, hobby o curiosidad postergados durante el año?
Como dijo Waichman, el tiempo sin ocupaciones está, justamente, "libre de obligaciones externas, para que podamos llenarlo de obligaciones internas".
Materia de estudio
- Cuesta encontrar el tiempo libre en las guías de estudios universitarios y terciarios. En la oferta disponible, el tema aparece, junto con la recreación, generalmente integrado a las carreras de educación física. Entre las escasas opciones públicas está el Instituto de Tiempo Libre y Recreación del gobierno porteño, y hay unas pocas universidades privadas que incluyen el tema entre sus licenciaturas.



