Dolor supremo
CUERPO PRESENTE Por Lucrecia Romera-(Ediciones del Copista)-138 páginas-($ 13)
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Quien dice cuerpo presente dice responso, dice réquiem, dice también capilla ardiente. Allí donde se declare un "cuerpo presente", se estará señalando el lugar de la falta, de aquello que la muerte ha arrebatado, convertido en materia inerte que ya no responde. Y es así por obra del lenguaje, que opera por paradoja; la poeta, que lo sabe, no hace más que redoblar el sentido ambiguo de las palabras y el efecto devastador de la pérdida. Cuando la muerte se lleva el cuerpo amado, éste será, a partir de entonces, presente por ausencia. La tensión entre un estado y otro -como en una guerra- se resuelve en el libro de Lucrecia Romera mediante un procedimiento de saturación. Dicho de otro modo, el cuerpo amado, por metonimia, se ha convertido en el amado mismo, lo ha representado por completo. El vínculo inmaterial creado por la muerte (las sucesivas invocaciones al nombre, los recuerdos, el silencio) se desvanece ante la potencia de lo corpóreo, declina por fuerza, ante la sustancia de un amor que se mantiene inalterable. Sólo el dolor al que se abraza la voz que dice estos poemas se iguala a la presencia del cuerpo perdido.
Una metáfora atraviesa el libro, imagen del dolor supremo, y es la de la pasión cristiana. Una y otra vez Romera se apropia de esa figura universal (occidental) en busca de resonancias que registren un dolor particular. Pero mientras que en Cristo la aceptación del sufrimiento es condición de redención para el género humano, aquí se trata de una pasión inútil, como el ciego padecer de los destinos en la tragedia griega. De allí que las estampas cristianas que se evocan se ajusten más a un imaginario colectivo del dolor que a estrictas analogías; de allí también que el repertorio de citas más o menos veladas participen del corpus general de la cultura.
Versos breves de respiración entrecortada, balbuceo y jadeo construyen la voz de quien quedó de este lado y ofrece al silencio del reino de los muertos la única prueba de vida, sus palabras. Lucrecia Romera se interna en la selva del lenguaje en busca de la palabra justa, aquella que nombre lo que apenas puede decirse. En su voz se mezcla lo tanático con el impulso erótico. Como en el acto mismo del amor, se funde la corriente de la vida con la pequeña muerte, sólo que aquí, para una de las partes se ha vuelto definitiva, dejando a la otra sin consuelo. Dice Romera en "Acto de fe": "Sin pulso/ sin vena/ sin latido/ te arrojaste/ del mundo/ -destello indestellable-/ Pagana/ de la fe/ en la última forma/ ardí/ de violenta/ a tu boca,/ a tu ingle./ Consagré/ la pasión".
La estructura del libro (sus tres partes) no obedece a una cesura de sentidos. Concebido como una unidad, Cuerpo presente se lee como un diario, un diálogo, una confesión, y en su interior fluye una belleza terrible. "He ardido/ en la escritura/ de tu cuerpo/ contra/ las sábanas heladas", dice la poeta, que hace uso repetidamente de la palabra ardor, para expresar aquello que se consume y la consume. Hacia el final del libro presenta las pruebas de ese ardor: "Cenizas muerdo,/ el jugo de tu cuerpo/ inclinando/ este pasto/ del pasto,/ al descampado". Un poco a la manera de Quevedo cuando concluye un célebre soneto: "polvo serán, mas polvo enamorado".
Lucrecia Romera nació en Las Flores, provincia de Buenos Aires. Ejerce la docencia universitaria. Publicó los libros de poemas Memoria del aire y de la luz (1981) y Exilios y moradas (1991).




