
Drácula, el mito inmortal
Pablo de Santis Para LA NACION
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Juan Jacobo Bajarlía, escritor experto en vampiros, dijo alguna vez: "Me mataron con balas de silencio". A los vampiros los han matado con estacas de banalidad.
A pesar de eso, el género cuenta con cuatro novelas memorables. En Carmilla (1872), de Sheridan Le Fanu, el vampirismo se mezcla con la tensión sexual que existe entre la bella Carmilla (antes llamada Mircalla: los vampiros son aficionados a anagramas y juegos de palabras) y su víctima, la joven Laura. Al borde del siglo XX, aparece Drácula (1897), de Bram Stoker. El horror se contaminó con la ciencia ficción en Soy leyenda (1954), de Richard Matheson, fantasía apocalíptica en la que un hombre sano debe combatir con una multitud de muertos vivos. Su encanto descansa en la soledad del héroe, en sus metódicos rituales para sobrevivir.
Stephen King dedicó al género uno de sus mejores libros: Salem´s Lot (1975). Una epidemia de muertos vivos acaba con los habitantes de un pequeño pueblo; un hombre y un niño inician la cruzada para terminar con el origen del mal. King enumera los rituales cotidianos, las pequeñas felicidades, mientras el lector, como el vampiro, sabe que todo eso pronto desaparecerá.
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Pero la novela central del mito es, por supuesto, Drácula . Aunque, en general, se habla de ella como fundadora, es la expresión final y bizantina de una tradición que reúne relatos populares con formas complejas y estilizadas. Lo que consideramos una novela romántica está mucho más cerca en el tiempo (y en sus inquietudes formales) del Ulises, de Joyce, o de El castillo, de Kafka, que del Frankenstein, de Mary Shelley. Es una novela epistolar, pero no busca el diálogo entre los corresponsales, sino la voluntad de dar testimonio, como si todo el libro fuera una larga prueba de la existencia del monstruo.
Drácula incorpora al mito varias novedades. La genealogía: Stocker construye la historia familiar de Drácula sobre la leyenda de Vlad Tepes, el empalador, legendario guerrero rumano que defendió al territorio de la invasión turca. La mudanza: la novela toma al monstruo en el momento de una decisión insólita, su traslado de los Cárpatos al Londres moderno. El manual de instrucciones: la novela entrega al vampiro poderes diversos y normas para reconocerlo o vencerlo (ajo, espejos, crucifijos, estaca). Esta serie de reglas ya estaban en leyendas y relatos anteriores, pero nunca tan codificadas. El cazador de vampiros: Van Helsing, el antagonista, se revela como un elemento esencial del género, un personaje que ha recibido más influencia de la literatura policial que de la tradición del relato de horror. Como Holmes, como Dupin, Van Helsing se deja guiar por los indicios, sigue las huellas. Su tema es lo irracional, pero sus métodos son deductivos.
El conde Drácula es el monstruo de los monstruos: puede convertirse en murciélago, en lobo, en niebla. Como todo mito de horror, su tema es la muerte instalada en la vida. Drácula representa a la vez el afán de totalidad de la novela misma, que mezcla historia con ficción, Transilvania con Londres, los instrumentos modernos con las leyendas más antiguas. La novela es un género que siempre tiene hambre.




