
El arte de la injuria feliz
LA ESCUELA ROMANTICA Por Heinrich Heine-(Biblos)-Trad.: Román Setton-196 páginas-($ 30)
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El romanticismo cambió el modo de representación de la literatura y, casi al mismo tiempo, devino él mismo un objeto de representación. El poeta alemán Heinrich Heine (1793-1856) desnudó tempranamente los signos exteriores de la escuela: una aleación de blandura española, niebla escocesa y tintineo italiano. Tal la descripción que se lee en "El romanticismo", su artículo breve -el primero de sus numerosos textos en prosa- publicado en 1820. Aun cuando persiste todavía una moderada admiración por August W. Schlegel, a quien poco después atacaría furiosamente, aparecen ya las líneas cruciales que definen La escuela romántica , su trabajo definitivo sobre el tema: espiritualismo y sensualismo. Por el primero, Heine entiende la disposición ascética, enemiga del cuerpo, la abnegación; por el segundo, el placer sensual, la afirmación de los derechos naturales de la materia frente a las usurpaciones del espíritu. Heine concibe la historia (tanto la del mundo cuanto la de la literatura) como un combate secular entre esas dos tendencias.
Aparecido por entregas en 1832, La escuela romántica es un antídoto contra la versión equívoca del movimiento que presentaba De la Alemania , la monografía entre turística y literaria de Madame de Stäel. Heine, que se encontraba exiliado en Francia, observa que resulta imperioso un ajuste de cuentas con la literatura alemana desde sus orígenes. Su revisión, de cuño ilustrado, divide las aguas: del lado de la luz quedan Goethe, Lessing, Schiller y Herder; del lado de la oscuridad, los hermanos August y Friedrich Schlegel, Eichendorf, Chamisso y Clemens Brentano. Más ambiguo es el lugar de Novalis, beneficiado por la tibieza de la evocación personal.
"¿Qué fue la escuela romántica en Alemania?", pregunta Heine. Y contesta: "No fue ni más ni menos que el nuevo despertar de la poesía de la Edad Media, tal como se había manifestado en sus cantos, en sus obras plásticas y arquitectónicas, en el arte y en la vida". La constatación está desprovista de inocencia: implica, sin más, la opción de los románticos por el despotismo. El crítico Albrecht Betz hizo notar que el principio constructivo de La escuela romántica tiende a situar a los autores en constelación, de modo que, siempre en relación a la tesis central, se represente un costado denigratorio. Experto esgrimista, Heine ataca los órganos vitales. Los románticos son entonces sexualmente impotentes, locos y enfermos; contrafiguras del humanismo cosmopolita, protestante y burgués en el que el autor se reconoce.
Esta cuidada edición de Biblos y la Universidad Nacional de San Martín -parte de una colección dedicada a recuperar textos inéditos en lengua alemana- preserva la prosa esbelta, belicosa y plena de humor (un humor ligero, en el que se puede respirar) de Heine, tan parecida a la de los Cuadros de viaje , y profética, por otra parte, del poema narrativo Alemania. Un cuento de invierno , en el que, diez años más tarde, hacia 1844, se recrea una vez más en el escarnio de los románticos, ataviados ahora con el disfraz de Barbarroja.
La escuela romántica es un manual perfecto: sumerge al lector en la literatura alemana y tiene la cortesía de hacerlo cómplice de su lucidez. Más allá de sus funciones académicas, señala la emancipación de la herencia romántica, el momento en el que poeta se implica en la historia, le devuelve la mirada al presente y combate cuerpo a cuerpo con sus contemporáneos. Sobre todo, este librito es un modelo de periodismo, de inteligencia y de injuria feliz. La prueba de que, en la arremetida, la sutileza no necesariamente capitula ante la incivilidad. Tal vez por eso Heine podría haber suscripto una idea de Karl Kraus, otro polemista temido: "El peligro de la palabra es el placer del pensamiento".


