
El arte textil, un modo de rescatar la identidad
Ruth Corcuera llama a revalorizar el patrimonio cultural
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Su nombre es Rosa del Valle Quiroga, pero su madre la llamaba Ruth en homenaje a un cuento de Gabriela Mistral. Adoptó ese nombre y el apellido de su marido, y acompañándolo en misión diplomática en Lima, -donde se doctoró en Historia en la Universidad Católica- inició allí su investigación y publicó sus primeros libros: Gasasprehispánicas y Herencia textil andina (1987).
A lo largo de años estudió, en un pueblo cercano al desierto, los cambios que la modernidad operaba en las tradiciones de un grupo de mujeres tejedoras que preparaban su ajuar en el telar. Uno de ellos es un manto sefardí azul, "el color que predomina en el desierto, azul del cielo, que da el índigo. Hay trescientos modos de obtenerlo, solamente en Africa. Cada cultura tiene su color predominante", explica Corcuera, en un diálogo con LA NACION.
La labor de Ruth Corcuera fue reconocida en octubre último, al ser incorporada por la Academia Nacional de Bellas Artes, lo que constituyó una alta valoración del arte textil como integrante de nuestro patrimonio.
En 1991 publicó Azul sagrado (Cuadernos del Sahara), después de cuatro años de estudio y de vivir con su familia (hoy, tres hijos y ocho nietos) en Túnez, Senegal, Cabo Verde, Mali, Mauritania y Guinea Bissau. Y luego escribió Ponchos de las tierras del Plata, donde restituyó "la presencia del poncho precolombino en nuestros Andes".
A partir de El arte del algodón en Catamarca comenzó a rastrear en sus propios recuerdos familiares el origen de una seda silvestre. En Mujeres de seda y tierra, publicado recientemente, presenta una minuciosa exposición científica sobre el origen de las sedas y descubre historias fundacionales que le revelaron una tía memoriosa y las mujeres que hilan y tejen en ese "núcleo histórico de los argentinos".
-¿Qué ocurre hoy con ese patrimonio textil?
-Es un patrimonio de muchas raíces, técnica y visualmente muy importante. Pero las ancianas no se sienten seguras, han quedado desorientadas, y las jóvenes asocian el telar con la pobreza. La vida rural está muriendo en todas partes: se despuebla el campo y se abandonan tradiciones, como si todo aquello no tuviera sentido.
-¿Cuál es su herencia específica?
-Queda, sobre todo, el hilado. En las provincias del Norte hay una gran capacidad de hilado, como en Perú, Bolivia, Ecuador: hasta donde llegaron los Incas. Nosotros queremos resignificar el patrimonio andino, el gran tejido precolombino, fuente del colonial, al que después se incorpora el europeo. En el Centro de Investigación Antropológica y Filosófica Cultural trabajamos en la "estética de la alteridad", un programa dirigido a comprender, desde los valores de la formación estética occidental, un patrimonio que a veces se juzga lejano o extraño.
-¿Qué ocurre con el tejido?
-En Catamarca se han formado cooperativas para tejer el barracán con algodón y lana de oveja. Tenemos que recuperar la memoria del algodón -contamos con 4500 años de conocimiento del algodón-y eso está ocurriendo. En los Valles Calchaquíes se reunió un congreso internacional sobre camélidos: son pocos los que tienen participación en ese tesoro, limitado por las leyes de protección de la fauna. La vicuña y la cabra del Himalaya son las únicas fibras apreciadas como únicas en el planeta. Para todas las tareas de investigación se necesitan apoyos, becas. Pero este es un tiempo de desafíos, no de desaliento. Mi esperanza está puesta en las escuelas técnicas.
-¿Cómo estimular a los grupos que están trabajando?
-Se está produciendo una recuperación del tejido, la moda está ayudando. Se han formado grupos en provincias como Buenos Aires y hay tapiceras talentosas en la Capital. Para las tejedoras del Noroeste hacen falta directivas claras y simples, para que puedan llegar al mercado sin desfigurar su producción. Un sector orienta la exportación hacia el nuevo concepto de "comercio justo" que tiene aceptación en Europa: similar al de la comida orgánica, evita los intermediarios y favorece a las cooperativas, sobre todo a las de mujeres que trabajan en forma natural, como el hilado. Pensemos no en la globalización, sino en un mundo de poliedros: cada uno puede entenderse con el otro sin dejar de ser el que es, pese a las diferencias, sin perder las características de nuestras particularidades. Créditos y capacitación son medios para dignificar su vida.
-¿Se puede pensar en una proyección más amplia?
-En todas partes se está yendo hacia una gran urbanización. Nosotros queremos vivificar el mundo rural, recuperar la calidad de vida que puede ofrecer un pueblo de 10.000 habitantes con buenos servicios y posibilidades de cultura. Estimulemos las pequeñas cooperativas que permiten vivir dignamente.
-¿Una alternativa al éxodo?
-Mi esperanza son los jóvenes. Creo que deben adherirse a la verdadera historia de su tierra, saber quiénes son, cómo llegaron sus abuelos. Me gusta la vida criolla, como cuenta Héctor Tizón, que llegaba a un pueblo y le preguntaban "cómo seguía el doctor Alvear", donde la gente se emociona al ver la bandera. Es por amor a la tierra. Cada uno en lo que sabe hacer, debemos formar y crear conciencia.


