
El asombro de un blasfemo
Es uno de los escritores más importantes de la lengua flamenca y un firme candidato al Premio Novel. Anticipándose a la Feria del Libro, que lo traerá a Buenos Aires a principios del mes próximo, La Nacion lo entrevistó en su casa de Amberes, en donde este belga corpulento y hospitalario, poeta, cineasta, novelista, pintor y dramaturgo, habló de su pasado, de su búsqueda artística y de su pasión por vivir.
1 minuto de lectura'
NOVELISTA, contrabandista de azúcar, blasfemo, acosador de monjas, poeta, pintor, autor y director de teatro, cineasta, Hugo Claus, candidato al Premio Nobel de Literatura, es por cierto uno de los autores más importante en lengua flamenca. La variedad de géneros que ha abordado, la abundancia de su producción, la riqueza y el caos vitales que alimentan su obra se sintetizan en su opinión acerca de lo que debe ser la actividad de un artista: "Decir algo en pocas palabras no me impresiona, lo considero un pobre naufragio, una traición a la multiplicidad de las cosas, de las sensaciones, sin hablar de las emociones".
Sentado en la sala de estar de su casa de tres pisos, a pocos minutos del centro de Amberes, uno puede pensar que sus libros reflejan bien al hombre corpulento, hospitalario, de gestos cálidos, impetuosos, que contesta con gentileza las preguntas. Sin embargo, nada del manierismo de algunas de sus novelas puede verse en ese ambiente amplio, despojado, en el que reina el orden y el confort. En las paredes, hay obras de otros artistas, de épocas y estilos distintos (entre ellos, uno de Alechinsky). "El orden no es mío; el gusto, tampoco -dice-. Mi esposa se ocupa de todo esto. En mi casa no tengo mis cuadros. Sería una descortesía para mis visitantes. Me parecería horrible imponerles la visión de mis telas. Apenas si tengo un libro que reproduce lo que he pintado. Puede hojearlo, si quiere".
Cuando se le pide a Claus que hable de su vida, no rehuye empezar por el comienzo mismo: "Nací en 1929 y por cesárea. No se trata de un detalle. Dicen que un nacimiento por cesárea predispone a la rebeldía, al malestar con el entorno, con la sociedad. En mi novela La pena de Bélgica , cuento algunos aspectos de mi niñez relacionados con esos hechos. Mi madre quedó embarazada un año y medio después de mi nacimiento y se sabía que una vez más debía someterse a una cesárea: entonces me internaron en un convento de monjas, hasta tanto mi hermano y ella necesitaran menos cuidados. Pero viví allí desde los dieciocho meses hasta los once años. Mi madre decía que de ese modo ella había podido recuperarse mejor del parto. De todos modos, diez años en un claustro me parecieron una exageración, aun para una madre con dos cesáreas. En realidad, me pusieron en el internado más barato. Mi abuelo era inspector general de escuelas católicas. Una especie de papa de las monjas educadoras. Lo veían llegar y temblaban de temor y de placer al mismo tiempo. Cómo no le iban a hacer un descuento al nieto del papa belga. Eso sí, no me ahorraban ninguna penitencia. El período que pasé como pupilo con esas monjas fue horrible. Me hizo perder la fe por completo y me llenó de culpa".
La pena de Bélgica , una de las novelas de más éxito de Claus, narra la historia de Louis Seyanave, un muchacho de la ciudad de Walle que vive en un internado religioso y que también se "convierte" al ateísmo. La acción se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial. Louis se venga de las monjas inventando cuentos blasfemos cuyos consumidores son algunos de sus amigos y compinches. En la vida real, mucho más tarde, Claus también se tomó sus venganzas. "Cuando tenía ya unos veinte años y estaba en París, en compañía de un amigo fotógrafo -recuerda-, me encantaba atacar a las monjas que pasaban a mi lado. En cuanto veía una, le arrancaba ese especie de cofia, de tocado que llevan. Hay fotos mías, tomadas por aquel muchacho fotógrafo, en que se ve cómo les sacaba esos velos y la cara de terror de ellas ponían. Yo estaba encantado".
La experiencia de la guerra lo marcó profundamente. El eco de las tragedias que presenció aparece una y otra vez en libros como El asombro y en sus cuadros. "No tengo vergüenza de decir que de chico admiraba a los nazis -confiesa-. No tenía ni idea de lo que ellos representaban. Los alemanes entraron en Bélgica en 10 de mayo de 1940. Mis padres me habían retirado del internado. Vivía con ellos en Kortrijk, una pequeña ciudad de provincia, cerca de la frontera de Francia. Hasta que llegaron las tropas alemanas, había allí soldados aliados. Los franceses e ingleses eran prepotentes, desordenados, sucios, borrachos. En cambio, cuando llegaron los nazis, los chicos nos quedamos maravillados del orden que reinaba entre ellos, y que imponían a los demás. Ninguno de ellos se propasaba con las mujeres, y además llevaban esos uniformes tan hermosos, tan teatrales, que nos intimidaban. Uno pensaba en esas gorras militares que tenían calaveras negras delante, y ya empezaba a templar y a caer en ensoñaciones. Eran de verdad los señores de la guerra y de la muerte. Además eran altos, rubios, fuertes. Suponíamos que nadie podría vencer a esos dioses. Yo los admiré hasta que empezaron a perder la guerra. Como buen machista, ya de niño, era cobarde. Un machista siempre está con los ganadores. No hay nadie más cobarde que los hombres que hacen alarde de su sexo. Después de desencantarme de la religión, también las deidades nazis me desilusionaron".
En El asombro aparece algo de aquella fascinación por los héroes. En el castillo de Almout, un grupo de veteranos nazis, mucho después de la derrota, rinde culto a un mítico oficial alemán, Crabbe, un SS cuya imagen obsesiona al desdichado profesor Victor Denijs de Rijckel, protagonista del relato. Rijckel llega a Almout guiado por Verzele, uno de sus alumnos, que le ha prometido llevarlo hasta la fortaleza donde vive una bellísima y misteriosa mujer, Sandra, entrevista fugazmente por el profesor en una fiesta de disfraces. Sandra lo hechiza con su belleza y lo sumerge en el ambiente de delirio y éxtasis que se vive en el castillo, hasta que Rijckel termina enloqueciendo.
"Todos alguna vez sentimos la necesidad de tener héroes -dice Claus-. Haya algo de púber en esa actitud. Por ejemplo, en una época yo tuve mucha admiración por Fidel Castro. Me parecía que encarnaba la democracia popular. Hice dos viajes a Cuba. En el primero, viajé con Fidel por el interior de la isla. Visitábamos pequeños pueblos. Él hablaba de la Revolución pero también se ocupaba de asuntos menores. La gente le planteaba problemas familiares. Una mujer le contaba cómo su cuñado le hacía la vida imposible, por ejemplo, y Fidel lo mandaba llamar y le decía que no debía comportarse así, que un verdadero hombre, un demócrata, un revolucionario debía actuar de otro modo. La vida pública y la privada se mezclaban. Y Fidel era algo así como un padre, como un juez, una especie de Salomón. Más tarde hice otro viaje y me di cuenta de que todo había cambiado para peor. La Revolución se había convertido en una dictadura. Era horrible, por ejemplo, el modo en que maltrataban a los homosexuales. Pero de aquella época todavía me queda una especie de eco admirativo. Cuando habla Fidel, lo escucho, pienso en lo que significó como promesa y trato de no pensar en lo que es. Se trata más bien de una nostalgia de lo que no fue".
A los quince años, Claus abandonó la casa de sus padres, dejó los estudios y resolvió vivir por su cuenta. "Ya entonces -dice- pensaba que había tres cosas importantes en la vida: el amor, la poesía y la revolución. Todavía lo sigo pensando. No puedo hablar de verdad con alguien que no comparta esos ideales. Me gustaba la aventura y también leer. Creía que podía ser un excelente autodidacta. Pero uno nunca termina de pagar la deuda de los autodidactas: nos la pasamos tratando de demostrar que sabemos mapas que los académicos.
Deseaba vivir. Había visto cosas atroces durante la guerra. Nada podía ser peor que eso. Había estado en contacto diario con la muerte, si bien por mi edad no me había tocado ir al frente. Pero mi padre tenía un sentido cívico y humano tan formidable como implacable e imbécil. Kortrijk, la ciudad en la que vivíamos, fue la más bombardeada de Bélgica. Cuando terminaba un bombardeo, se oía una sirena que indicaba el final del ataque: entonces mi padre se unía a los médicos, a los enfermeros, a los grupos de ayuda y de rescate, de los que formaba parte. Y me obligaba a acompañarlo. Yo tenía trece años y me espantaba ver esos cuerpos tranchados, cubiertos de sangre. Hurgábamos entre las ruinas y de pronto encontrábamos una pierna, un brazo, pero no sabíamos de quién era. Una vez los aliados bombardearon un tren militar en el que viajaba un pelotón de soldados nazis. Las bombas también cayeron sobre un depósito de carbón que estaba al lado de las vías. Una verdadera muralla de carbón se derrumbó sobre los vagones destrozados y sobre los cuerpos de los alemanes. Nosotros ayudábamos a los heridos de los dos bandos, de modo que tratamos de rescatar a aquellos hombres sepultados bajo el carbón. Los hallábamos pintados de negro, como si esos dioses rubios, esos arios puros, se hubieran convertido, por obra de un hado maligno, en seres de otra raza, de la raza negra que despreciaban. Al principio, creí que nada de todo aquello me había afectado".
La posguerra fue un período de actividad vertiginosa para Claus. Escribía poesía, pero también trabajaba. Curiosamente, era un poeta muy hábil para los negocios. Entró a trabajar en una refinería de azúcar. Le pagaban poco, pero pronto descubrió que le habían abierto las puertas de un tesoro: "El azúcar era muy caro en Europa en aquel entonces. En Francia estaba racionado. Con unos compañeros empezamos a robar pequeñas cantidades, después pasamos a sustraer un kilo, cinco, diez. Ya se sabe cómo son esas cosas. No pasó mucho y ya habíamos armado una red fantástica: robábamos camiones enteros de azúcar. Tenía muchísimo dinero. Pero como era surrealista (adoraba a Breton), acumular dinero me parecía inmoral. El dinero era para gastarlo, sobre todo en mujeres. Encontraba una prostituta que me gustaba y allí me iba con ellas. Me pasaba dos, tres, cinco días, encerrado con la que más me gustaba. Eran verdaderas maratones".
El amor y la poesía, emblemas del surrealismo, estaban íntimamente enlazados para el joven Claus. Todavía hoy, en algunos de sus dibujos aparecen rostros de mujer cuyos ojos y labios cerrados expresan una agonía a la vez erótica y fúnebre: el extremo placer y el extremo dolor que conducen al fulgor de la muerte. Dice Claus: "Cuando tenía entre veinte y veinticinco años, mi mayor ambición era ser un gigoló. No un prostituto, sino una especie de odalisca de sexo masculino. Un hombre entregado por completo a una mujer, al cuidado de su amada. Quería tener una amante a la que pudiera hacerle el amor, la comida, lavarle los platos, recibirla con una sonrisa después de su trabajo; soñaba con anticipar y satisfacer cada uno de sus deseos. Tuve algo así. Una mujer bellísima, una actriz, Eli Norden. Quitaba el aliento de sólo verla. Era una estrella, me mantenía para que yo fuera su amante perfecto. Y creo que lo fui, hasta por los disgustos que debo de haberle dado".
Los sueños, como floraciones del inconsciente, fueron importantes para Claus durante muchos años: "Ese interés procedía de mi adhesión al surrealismo. Buscaba soñar para poder despertarme y anotar lo que había soñado, interpretarlo e incorporarlo a mis poemas y a mis libros. Era un soñador profesional. Hasta que un día, no sé cuándo, me cansé y tiré todas esas anotaciones. Por supuesto, no dejé de soñar: todo lo contrario. Sueño con una intensidad insoportable. Tengo pesadillas, o más bien una sola pesadilla: sé que hice algo horrible y entonces aparecen unos jueces que me piden cuentas por el crimen cometido. Pero esos jueces son a la vez verdugos cargados con las hachas que les servirán para cortarme en pedazos. Yo trato de defenderme y entonces, inevitablemente, me despierto a los gritos. La sensación que tengo es tan real que salto de la cama y golpeo a mi esposa, que duerme a mi lado. Una vez me abalancé sobre los vidrios de la ventana y los rompí a puñetazos. Supongo que todos esos elementos cortantes proceden del recuerdo de aquellos fragmentos humanos, triturados, que vi en la guerra".
La alucinación onírica de Claus se asemeja a la de los sueños infantiles y también a la de la locura. Precisamente, los niños y los locos eran para los miembros del grupo de artistas de vanguardia Cobra (del que Claus formó parte después de la guerra) algo así como antenas que recibían y transmitían las señales del inconsciente. Libres de trabas culturales, se consideraba que tenían la pureza de los inocentes y como tales eran testigos privilegiados de lo absoluto. El artista, como ellos, debía volver a ese estrato original y fundar así un arte del pueblo.
Los niños son con frecuencia personajes destacados en las obras de Claus Maarte, por ejemplo, es el encantador protagonista de El pez espada y Verzele, en El deseo , es el muchachito que guía a Rijckel al siniestro castillo de Almout. Entre sus piezas de teatro se destaca Gilles de Rais , en la que enjuicia al célebre asesino de niños medieval, que había sido compañero de guerra de Juana de Arco. "Hoy ya no creo en aquellas consignas de Cobra -dice Claus-. Los niños no son puros: todos estamos hechos de luces y de sombras, a cualquier edad. Por otra parte, los artistas de Cobra se inventaron un estilo, se atrofiaron. Hoy uno va a los museos, ve los cuadros de esos hombres y los puede identificar. Cedieron al propio narcisismo. Detesto tener un estilo. Yo no lo tengo, ni como pintor ni como escritor. Me parece deshonesto y empobrecedor tener un estilo: es vivir y crear con anteojeras. Tampoco se trata de hacer cosas bonitas; se trata de hacer y decirlo todo. Por eso me encantaba Picabia: no le importaba hacer obras malas. No iba detrás de la belleza, sino de una verdad que está más allá de la hermosura".
El juego es otra de las actividades que tuvieron un significado vital y literario para Claus. "Jugar era parte del credo surrealista -explica-. Pero yo no sólo jugaba porque escribía, jugaba por que me gustaba. Y a mis hermanos también. Uno de ellos era jugador profesional, con todo lo que eso implica y que sabemos por las películas. Mi novela El deseo se desarrolla en parte en Las Vegas. Dos amigos, Michel y Jaak, dos belgas, se van a los Estados Unidos a jugar. Mucho de lo que cuento en el libro nos pasó de verdad. Por supuesto, la mayoría de las peripecias son inventadas. Pero usted puede imaginarse lo que significa ser parte de una familia de jugadores profesionales cuando se tuvo un padre que iba a rescatar fragmentos de cadáveres bajo las ruinas. En El deseo , Michel y Jaak integran una barra que se junta en un bar, El Unicornio, para timbear. Además, tienen también un héroe mítico, desaparecido como corresponde a todo mito, Rikkebot. El viaje a los Estados Unidos les sirve para descubrir que el deseo sólo es posible a distancia, así como la admiración obsesiva por alguien (la de Michel por Rikkebot, por ejemplo) precisa de la muerte".
Si bien Claus aprecia particularmente a los filósofos poetas, a los maestros del aforismo, a la manera de Nietzsche, de Kierkegaard y de Cioran, no se considera un pensador. Más aún, sostiene que su pensar es errático y poco transparente: "Siempre sentí envidia y cierta desconfianza por los novelistas que tienen ideas muy claras, como Thomas Mann. Un intelectual irreprochable, demasiado quizá".
Curiosamente, Claus escribió un guión para cine (que no llegó a filmarse) sobre el filósofo racionalista por excelencia: Descartes. Estaba seguro de que en él había algo de irracional. Para probarlo, se sumergió hasta el hartazgo en la lectura de obras racionalistas. En primer lugar, no debe olvidarse que Descartes escribía poemas, señala Claus. Hacia el final de la vida del filósofo, la reina Cristina de Suecia lo invitó al frío Norte para que le enseñara matemáticas. El escritor belga especula: "Descartes detestaba el frío, pero era un cortesano; más aún, debía de ser un esnob. Y allí ya hay una pizca de irracionalismo. Cristina salía a cabalgar por las mañanas, y el pobre Descartes la seguía, envuelto en mantas y pieles, mientras le explicaba teoremas. Pero qué podían las cibelinas contra la nieve nórdica. Descartes se murió de pulmonía o de pleuresía, pero en realidad la causa de su deceso fue el esnobismo. Y todo eso por Cristina de Suecia, que era una reina amante de la filosofía, pero que no se parecía a Greta Garbo, porque era más bien masculina. ¡Qué habría hecho por lady Di! Otro dato curioso: Descartes escribió para la reina un ballet con un tema anticipatorio, la unión europea. Debe de ser algo así como el tatarabuelo del Mercado Común".
Mientras que algunas de las novelas de Claus fueron escritas por encargo, las poesías sólo surgen de su pluma como fruto de la inspiración o de las circunstancias. Su primera novela, La caza del pato , nació casi de una apuesta. A los diecinueve años, Claus se encontraba en la avenida costanera de Ostende, en Bélgica, al lado de un señor con el que empezó a hablar de libros. El desconocido le dijo que los únicos autores importantes de aquel momento eran norteamericanos. La literatura se había acabado, salvo en los Estados Unidos, y él lo sabía porque era editor. Claus le dijo que él era capaz de escribir una novela a la manera de los norteamericanos. Su vecino de playa le contestó que si lo hacía, la editorial que presidía le publicaría el texto. Claus se encerró tres semanas y copió lo mejor que pudo la estructura, el estilo, los tics de Faulkner. Cuando le entregó La caza del pato al editor, éste le pagó lo que habían convenido pero no le publicó la novela porque no le pareció suficientemente norteamericana. Claus presentó entonces la obra a un concurso muy importante y lo ganó. De inmediato se dijo que había aparecido un gran creador nacional: "Todos dijeron que había sintetizado el alma de Flandes, que no se había escrito en décadas algo tan flamenco como esa novela. Les perdí el respeto a todos los críticos que dijeron eso. Lo extraño es que hace poco volví a leerla y tuve que admitir que tenían razón. Como copión de Faulkner, no soy más que un flamenco".
En cuanto a la poesía, una de sus últimas series le fue inspirada por la visita del papa a Bélgica. "Son blasfemas y vulgares -confiesa-. No sé por qué. O, más bien, lo sé, tuve necesidad de escribir todo eso. Pero yo no empecé: fue el papa el que lo hizo. Él vino aquí y, en cierto modo, me provocó".
Hace ya algunos años, Claus se alejó del cine después de haber dirigido cinco películas. Sólo se enorgullece de tres de ellas: Los enemigos , El sacramento y Viernes . Abandonó la cinematografía porque en un país como Bélgica no tiene el carácter de una industria, y preparar un film exige una cantidad de tiempo del que no dispone: "En cambio, siempre es posible escribir libros y pintar". Sus últimas dos novelas, El rumor y El pasado incompleto (que acaba de aparecer), han tenido un gran éxito.
"En cada libro, trato de encontrar un estilo, una forma, distintos del anterior. La vida ha sido siempre asombro para mí, el asombro del que habla el título de una de mis novelas. Las cosas me han sucedido de un modo imprevisto y lo planeado resultó a la larga distinto de lo que había pensado. Ese asombro está hecho de angustia, pero también de alegría, de perplejidad y de esperanza. Con mis pinturas, con mis piezas de teatro, con mis novelas, he tratado de que el lector, el espectador vuelvan a encontrarse en la vida, es decir, en el asombro perpetuo. No hay nada más alto que el asombro porque no hay nada más alto que la vida".
Por Hugo Beccacece
Para
La Nacion
- Amberes, 1998
El escritor mexicano Enrique Krauze es autor de Biografía del poder. Caudillos de la Revolución Mexicana (1910-1940) , publicado por Tusquets.
1
2Darío Lopérfido: gestor cultural innovador y audaz, fue un polemista y se declaró rebelde
3“Si lo contás, te mato”. Cinco años de entrevistas, 40 horas de conversación y una amenaza recurrente: “Suárez Mason nunca se arrepintió de nada”
4El primer video de YouTube se convierte en pieza de museo al ingresar en la colección del Victoria & Albert de Londres


