
El boom de la educación no formal
Con la revitalización del circuito de exposiciones y el deseo del público de satisfacer necesidades espirituales, crece la oferta de cursos y talleres de arte.
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ES un hecho: el arte cobra cada vez mayor protagonismo en la vida de los porteños. Los 90, y especialmente la segunda mitad de la década, pasarán a la historia como los años del encuentro entre la plástica y el gran público: hoy la cantidad de visitantes a los espacios de arte supera hasta en diez veces los números que se registraban hace tan sólo diez años. Algo similar ocurre con las cifras de asistentes a cursos y talleres de arte, que han ido en sostenido aumento, especialmente a partir de 1996.
El fenómeno es producto de un círculo virtuoso en el que intervienen varios factores. La mejora en la calidad de las muestras y la puesta a punto de varias salas redundó en una mayor difusión de la actividad artística en los medios. Con el terreno preparado, no fue difícil quebrar el coto cerrado del público-conocedor-de-arte y atraer la atención del ciudadano medio, hasta entonces ignorante perfecto en materia de arte.
Al mismo tiempo que se producían estos cambios, los museos y centros culturales prestaron atención a las demandas de la gente y crearon sectores de extensión cultural o acentuaron el desarrollo de los ya existentes. Así, el hasta entonces esquivo espectador se convirtió en actor principal de la vida de estos espacios.
Los números hablan por sí solos. Susana Smulevici, profesora y coordinadora de los cursos que dicta la Asociación de Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes, reveló que entre 1982 y 1996 la AAMNBA formó a 22.560 alumnos. Sólo en el 97, la cifra fue de 2.016 inscriptos, y en el 98 se duplicó: 3.876 entre cursos y talleres. En el Centro Cultural Recoleta, según informó Ana María Monte a La Nación , comenzaron con 50 personas en el verano de 1996. Durante 1998, el número se elevó a 1000 alumnos. Otro tanto aporta Graciela Limardo, del Museo Sívori: el año pasado abrieron cursos para 570 personas, cifra que duplicó a la del 97.
El rápido crecimiento de la educación artística no formal en Buenos Aires puede entenderse, en parte, a la luz del viraje del museo-mausoleo al museo vivo. Pero hay más. Artistas y docentes de historia del arte consultados por La Nación coincidieron en que el fenómeno obedece también, y quizás fundamentalmente, a la necesidad de llenar el vacío espiritual generado por el mundo del consumo.
Laura Batkis, profesora de la UBA, reparte su actividad docente no formal entre el Centro Cultural Rojas y los cursos particulares. En el Rojas enseña a estudiantes o egresados de arquitectura, diseño y carreras humanísticas en las que, curiosamente, no se enseña historia del arte. En sus clases particulares se anotan sobre todo profesionales o amas de casa de entre 35 y 42 años que hubieran querido dedicarse al arte o, por lo menos, conocerlo más a fondo, y que por las presiones sociales propias de su generación, tuvieron que seguir carreras "lucrativas". La paradoja, sostiene Batkis, es que a muchos que buscaban hacer dinero les fue peor que a los que se arriesgaron a seguir su vocación. Otro tipo de alumnos son los coleccionistas que se interesan por conocer más a fondo las obras que atesoran en sus casas. Batkis aporta un dato contundente: hace cinco años no enseñaba arte argentino. Hoy, en cambio, es el curso más exitoso. La razón: ahora nuestros artistas tienen muchos más espacios para exponer y sus muestras son cada vez más comentadas en la prensa.
Para la escultora Graciela Börtwick, que comenzó a enseñar en 1959 y en estos días está a punto de abrir su tercer taller en Pilar -los otros están en San Telmo y Belgrano- la cuestión es clara: "Creo que hay una gran necesidad de la gente de encontrarse consigo misma", dice, y remata: "En el final del milenio, los artistas somos el equilibrio".
Juan Doffo, artífice de un semillero de talentosos artistas, encara su trabajo docente desde la biografía del alumno. "La idea es transformar el equipaje psicológico y cultural de cada uno en formas plásticas", declara. Esta premisa se contrapone a lo que es regla general en las escuelas de bellas artes. Allí, afirma Doffo, se insiste en la formación técnica, con la idea de que sólo cuando ésta está incorporada se puede empezar a crear. El defiende la postura conraria, siguiendo la frase de Krishnamurti de que "la libertad no está al final sino al comienzo". Como suele pasar en otros talleres, al de Doffo van algunas personas que quieren hacer terapia o buscan un pasatiempo. Pero la realidad se presenta de otra manera: "El que no rompe ese esquema no aguanta más de dos meses. Pero hay muchos que entraron con esa idea y el arte terminó por transformarles la cabeza".
Carolina Antoniadis, pintora, da clases en la carrera de diseño de indumentaria en la UBA, en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y en su taller. Ella también adopta una postura crítica frente a la escuela, pero enseña allí porque, afirma, "en los momentos de crisis es cuando se pueden producir cambios decisivos". En las escuelas se inscriben en general chicos que sienten el arte como una vocación y proyectan tenerlo como medio de vida. En los centros de educación no formal, en cambio, la gente busca el arte como una actividad secundaria. Aunque están también los talleres que funcionan como un refuerzo de la formación recibida en la escuela, o como un lugar de perfeccionamiento.
Con sus múltiples aristas, el actual desarrollo de la educación no formal es un fenómeno sin precedentes en Buenos Aires, cuyos efectos reales todavía no pueden apreciarse en su verdadera dimensión. Pero bastan los índices que se manejan por el momento para esperar en los próximos años un cambio todavía más profundo. Acaso estemos, sin saberlo, a las puertas de una transformación cultural.



