
El botín de la Conquista
EL IMPERIO ESPAÑOL Por Hugh Thomas-(Planeta)-Trad.: Víctor Pozanco-840 páginas-($ 39,90)
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Los historiadores han afirmado a menudo que el Imperio Español fue el primer imperio colonial moderno. El prolífico historiador británico Hugh Thomas nos brinda en este voluminoso tomo una historia de la fundación del Imperio Español en América. Su tesis principal es que sólo gradualmente las colonias se convirtieron en una cuestión central para la política de la corona española. La toma de conciencia de su creciente importancia en la política y la economía españolas llevó unos treinta años (entre 1492 y 1520) que Thomas estudia con intensidad y detalle. Cómo ocurrió esa transformación es el tema de su libro.
Al principio, las Indias ocupaban un lugar marginal en la preocupación de los reyes, la corte y los funcionarios españoles, pero las riquezas que comenzaron a llegar desde allí impusieron finalmente su importancia. Esos "ríos de oro" (tal el título del original en inglés, tomado de una frase del conquistador Vasco Núñez de Balboa) cambiaron lentamente la actitud de los españoles hacia las Indias. Los treinta y seis capítulos del libro recorren los vaivenes del establecimiento de ese imperio sobre territorios y poblaciones lejanos y desconocidos. A la genuina preocupación de Isabel la Católica por establecer en las Indias un régimen que a la vez frenara los abusos cometidos contra los indígenas y garantizara rentas para la corona, sucedió, luego de la muerte de la reina, un período de desinterés por el primer aspecto del problema. Para el rey Fernando el Católico, más preocupado por consolidar la posición de España en Europa, las Indias eran sólo proveedoras de esclavos indígenas para los colonos y oro para solventar los gastos de la corona. Estas contradictorias actitudes de los monarcas se tradujeron en una sucesión de ensayos de formas de administración que oscilaron entre las generosas concesiones a Cristóbal Colón y otros conquistadores, la intervención directa de enviados del rey y el gobierno de las Indias por un grupo de monjes. A pesar de estas indecisiones, fueron formándose en España oficinas para el control de América que, en forma embrionaria, organizaron un estado colonial.
Hacia 1520 apareció finalmente la idea de "Imperio Español". En su formulación coincidieron la reciente conquista de México (en realidad, del imperio de los Aztecas) y la coronación de Carlos V como emperador Romano Germánico. Atraídos por las riquezas del nuevo mundo y por una mezcla de ambición y aventura, convergían allí capitalistas y exploradores italianos y portugueses; desde allí también se diseminaban por toda Europa, las noticias sobre las nuevas tierras.
Thomas es un historiador que gusta de brindar carnadura a sus actores. El lector encuentra una vívida caracterización de los personajes más importantes -y también de algunos secundarios- de la Conquista y la fundación del imperio. El autor no se detiene en el mero retrato sino que señala el parentesco de varios líderes de la Conquista con familias nobles de España y sus conexiones con el monarca y los funcionarios más poderosos, lo que les permitió muchas veces avanzar en el logro de sus ambiciones y frenar a sus rivales.
Una de las mayores riquezas del libro es presentar la historia política de la Conquista como un proceso conflictivo. Thomas no ahorra tinta para referirse a los enfrentamientos entre conquistadores por el botín, fuera éste dinero, territorio, indígenas, privilegios, prestigio, poder o un poco de todos ellos. El libro coloca a los conquistadores y sus conflictos en una dimensión humana que los hace comprensibles para un lector curioso e interesado.
Sin embargo, los protagonistas del relato de Thomas son decididamente los españoles. Los indígenas no son verdaderos actores de esta historia sino casi parte del paisaje. Thomas se siente obligado a decir algo sobre ellos y resuelve el punto incluyendo descripciones de sus culturas en el momento de la llegada de los europeos. Pero el autor muestra una actitud ambigua sobre el tema conflictivo de las relaciones entre los conquistadores y las poblaciones americanas. Para Thomas, los españoles son "héroes magullados": sus acciones alcanzan proporciones épicas pero no los eximen de responsabilidad por la violencia ejercida contra los indígenas. Sin embargo, es cauto en su juicio sobre los abusos de los conquistadores pues, afirma, creían que hacían lo correcto según las normas del siglo XVI. El autor sostiene que la religión era su principal móvil y justificativo, el oro y la gloria eran sólo factores secundarios, una tesis de valor muy limitado que contradice lo que el mismo libro sostiene sobre los violentos conflictos entre los conquistadores por los bienes terrenales y la indiscutible violencia ejercida contra los indígenas durante la conquista.
Thomas hilvana un relato sobre un momento fundamental de la historia que, a grandes rasgos, es conocido, pero lo hace con estilo y destreza narrativa, con lo que ha logrado escribir un libro de muy ágil y por momentos atrapante lectura.
Durante las últimas seis décadas la imagen de Hitler se fue modificando, al ritmo de los cambios de la opinión pública alemana sobre su pasado traumático. Hasta fines de la década del sesenta el recuerdo de esos años estuvo bloqueado; entonces fue abruptamente sacado a la luz y se distribuyeron culpas y responsabilidades. Luego vino el tiempo de explicar e historizar el pasado y, posteriormente, el de relativizar la excepcionalidad del nazismo y hasta el de hacer su apología, que tuvo como contraparte la construcción de la metáfora del Holocausto. Aunque los historiadores los siguieron a cierta distancia, estos cambios de la sensibilidad pública están presentes en sus obras, que contribuyeron también a formar opinión.
El estadounidense John Lukacs estudió buena parte de las casi cien biografías importantes escritas sobre Hitler para registrar esos cambios en su imagen, establecer los puntos principales de las discusiones, y finalmente fijar su opinión de historiador experimentado y culto. La controversia más interesante se refiere al carácter presuntamente revolucionario de Hitler y el nazismo, que supone, a la vez, una discusión sobre la definición misma de la revolución. De manera sugestiva, Lukacs la considera simplemente como la propuesta de un salto adelante, de sentido indeterminado e independiente de cualquier idea referida al progreso de la humanidad. Así, le resulta fácil demostrar la índole revolucionaria de la experiencia nazi: en clave de Tocqueville afirma que es una versión populista y plebiscitaria de la democracia, fundada en el principio de la soberanía del pueblo, y la emparienta con los procesos más generales de la democratización social, el nacionalismo y el socialismo, de los que el nazismo hizo una mixtura singular.
En otra afirmación desafiante, descalifica la teoría del totalitarismo -la crítica a Arendt es breve y demoledora-, asegura que en la Alemania nazi había más libertad que en Rusia y subraya el sentimiento popular que rodeó a Hitler, incluso después de su muerte. Diferencia el nacionalismo nazi, moderno y populista, del patriotismo tradicionalista. También sostiene que la idea de nación de Hitler no se subordina a la de raza y que el Estado tuvo una función ancilar respecto del "pueblo alemán", considerado el sujeto político fundante.
En estos dos puntos se concentra la reflexión más original de Lukacs. Es menor el interés de los otros problemas, también tratados más superficialmente. Respecto de la conducción estratégica del Estado, caracteriza a Hitler como un realista, que subordinó la ideología a la estrategia y ésta a su prisa, pues el Führer, convencido de que moriría pronto, quería dejar terminada su tarea. Califica de judeofobia -antes que de antisemitismo o racismo- su convicción de que el mayor problema de Alemania eran los judíos, y señala -en otro punto controvertido- que aunque no queden registros de su participación en la "solución final", su responsabilidad fue innegable, pues esa decisión era una consecuencia directa de la línea estratégica por él establecida. También considera responsables a la gran mayoría de los alemanes: descarta que el nazismo haya sido ajeno a la historia alemana, señala el alto apoyo popular que tuvo, la responsabilidad de las elites y la escasa significación de la resistencia interior, limitada prácticamente a grupos del Ejército. Concluye retomando una clásica idea alemana -la contraposición entre cultura y civilización- y afirma que en nombre de la cultura, el nazismo amenazó con destruir la civilización.
Como surge de esta síntesis, hay aquí mucho más de opiniones personales que de evaluación historiográfica. El "tribunal de la historia", es decir la opinión de los historiadores, presente en la extensa sección de notas bibliográficas, aparece sólo esporádicamente en el texto principal. Lukacs es un historiador clásico, de viejo estilo, con mucha experiencia y bastante desconfianza por las movedades historiográficas, de modo que sus comentarios sobre la obra de otros historiadores se limitan a una ligera descripción y a una evaluación de su pulcritud profesional y sus intenciones políticas o ideológicas. Escrito hace nueve años, no alcanzó a dar cuenta de dos aportes recientes de importancia: el debate sobre el libro de Goldhagen y la exhaustiva biografía de Kershaw. Sus observaciones personales -en las que ha volcado una experiencia de varias décadas como lector, profesor e historiador- son en ocasiones agudas e incitantes, pero otras veces se deslizan hacia afirmaciones muy generales o nociones de sentido común. La escritura es agradable y accesible. El libro servirá para introducir al lector en los debates actuales acerca de Hitler, mientras que el especialista sacará partido de la nutrida referencia bibliográfica.
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