El camino de Ida, una lente para observar Estados Unidos
La novela de Ricardo Piglia. En su más reciente ficción, el escritor argentino retrata de manera cruda y sarcástica los problemas, las contradicciones y las encrucijadas que enfrenta en la actualidad el sistema universitario estadounidense, una maquinaria de producción de conocimiento que se encuentra en la base del modelo económico y militar de gran potencia Por Tomás Bril Mascarenhas y Javier Burdman | Para La Nacion
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La recientemente publicada novela de Ricardo Piglia, El camino de Ida , es uno de los más sensibles, crudos y sarcásticos retratos críticos sobre Estados Unidos en su encrucijada actual. La lente a través de la cual se observa "el sistema" estadounidense -para usar las palabras del propio narrador- es la del mundo académico. Esa maquinaria de producción de conocimiento se encuentra en la base del modelo económico y militar que llevó a Estados Unidos a ser potencia tutelar del mundo y aún hoy funciona como una suerte de "respirador artificial" de un sistema-país que en muchos sentidos parece languidecer.
Uno de los principales elementos que caracterizan hoy a Estados Unidos -un país donde hay varios países, piensa la profesora Ida Brown en El camino de Ida - es la academia con epicentro en los campus universitarios de elite. Esa maquinaria está demasiado en el centro del sistema como para pretender entender el país sin descomponer cómo y qué efectos tiene ahí la producción de conocimiento. De lo muy imbricado que el mundo científico norteamericano está respecto de los brazos coercitivos de su Estado (fronteras adentro y afuera) ya se ha dicho mucho. Piglia vuelve al tema con especial sarcasmo. Se ha hablado bastante menos, en cambio, sobre el papel de la maquinaria académica en el particular modelo de capitalismo de Estados Unidos. Como invitación a hacer esa conexión, Thomas Munck, el matemático graduado en Harvard y profesor en Berkeley, personaje que es eje de la novela de Piglia, afirma en su panfleto revolucionario: "Nuestro objetivo político debe ser el conocimiento científico; sobre ese conocimiento se sostiene la estructura del poder".
Esta maquinaria de producir conocimiento es única en el mundo y su suerte parece ser algo autónoma de la suerte del país donde se implanta: muchos afirmarían que el sistema Estados Unidos-potencia está dando sus últimos manotazos de ahogado... pero pocos dirían lo mismo de sus universidades, todavía hoy, en algún sentido, el "centro del mundo". Un equilibrio clave allí es el altísimo poder de la matemática. Piglia hace decir a Munck: "Todos misteriosamente creen que las matemáticas y la técnica son el origen del bienestar y de la prosperidad material. Ésa es la religión moderna". Para comprender el alcance de la matemática como eje ordenador se puede mirar hacia los lugares obvios (desde las ingenierías del MIT hasta la ciencia de la computación en las universidades de California) pero es más elocuente observar la situación actual de disciplinas menos obviamente matemáticas: hoy, por ejemplo, es difícil ser admitido en un doctorado en economía en Estados Unidos sin haber hecho antes una licenciatura en matemática o en física, al mismo tiempo que los derrames "matematizadores" en disciplinas "blandas", como la sociología o la ciencia política, son difíciles de exagerar.
El capitalismo estadounidense muestra los efectos de ese particular equilibrio de poder dentro de su academia: la burbuja financiera que culminó en el colapso de 2008 tuvo mucho que ver con la "matematización" de la economía, y el boom tecnológico del Silicon Valley se apoya en cantidades ingentes de PhD en ciencias de la computación y afines. Los campus hoy no dan abasto: los Google, Facebook o Twitter devoran doctores vertiginosamente.
Pero, como refleja el libro de Piglia, también las humanidades, desde las más tradicionales hasta las más transgresoras, tienen su lugar, o su no-lugar, en este sistema. Aunque sea por un puro "efecto derrame" generado por las inmensas sumas de dinero que circulan en el aparato universitario, no faltan quienes ganan un buen salario escribiendo sobre temas tan alejados de la generación de riqueza como las figuras de "lo pequeño" en la literatura alemana del siglo XIX, los vampiros en la cultura contemporánea o la resistencia al poder en la literatura marroquí. En un país donde casi no hay espacio para la transgresión política radical, estos departamentos aparecen como una fuente de resistencia a las ideas dominantes. Pero la resistencia se da en un marco de contradicciones intensas. Académicos influenciados por el pensamiento maoísta viven en enormes casas suburbanas, a varias millas de cualquier signo de pobreza. Conferencias donde se discute si sería legítimo o no tomar las armas contra el gobierno se desarrollan en lujosos salones amablemente prestados por megamillonarias escuelas de negocios.
Mientras que en los países europeos las humanidades suelen estar vinculadas a cierto compromiso público, la profesionalización de la academia norteamericana hace que aun las ideas más radicales se desarrollen en un ambiente despolitizado. Intensos debates sobre la acción política y la resistencia al poder carecen de toda conexión con luchas sociales concretas. La propia presión del mercado laboral hace que estudiantes y docentes deban orientar su producción hacia lo que conduzca al crecimiento profesional, muchas veces a costa de sus potenciales efectos políticos. La consecuencia es una proliferación de debates muy refinados pero difícilmente significativos para el mundo exterior; una realidad que, como señala Piglia, los estudiantes suelen haber aceptado desde el primer día de clase. Ante la ausencia de discursos contestatarios políticamente relevantes, las humanidades se ven en una encrucijada entre alienarse del debate público o participar bajo sus reglas de juego, hoy en día alejadas de pensamientos profundamente transformadores.
Como consecuencia de ello, muchos departamentos de literatura, como el que describe Emilio Renzi en la novela, se han convertido en verdaderos colleges de resistencia intelectual, puesto que albergan los intereses más diversos que, por su perspectiva crítica, han sido desplazados de su pertenencia disciplinaria natural. Hoy un estudiante interesado en temas como el feminismo, el poscolonialismo o el marxismo tiene mejores chances de ser admitido en un departamento de literatura comparada que en uno de ciencia política o filosofía, por más que la literatura en sí misma no sea su interés primordial. Esto segrega las ideas contestatarias de las disciplinas con intereses prácticos. En ese contexto, como señala en la novela Ida Brown, estudiantes y profesores de literatura se sienten sobrevivientes de un naufragio, "conservadores críticos de una gloriosa tradición en crisis".
La academia estadounidense, poco adepta a las grandes preguntas, está hambrienta de polémica y novedad. Los libros no se escriben para producir grandes contribuciones teóricas sino para intervenir en discusiones concretas. La propia formación de posgrado está orientada a la producción de intervenciones módicas antes que al desarrollo de análisis abarcadores. A menudo, artículos extremadamente simples pero con argumentos claros tienen más chances de ser publicados en revistas especializadas que ideas más sofisticadas pero, por ello mismo, más complejas. La obsesión norteamericana por la claridad argumental es tanto una fuente de democratización intelectual como de homogeneización de las formas de pensamiento: todas las voces tienen derecho a ser escuchadas, siempre y cuando los argumentos sean claros y fácilmente comunicables.
La alta profesionalización y extrema competencia que caracteriza a esta academia es sólo posible gracias a otra institución que el narrador de la novela de Piglia retrata con humor y precisión: el PhD o doctorado en Estados Unidos. Programas doctorales hay en todo el mundo pero en este país, debido a la maquinaria más grande donde se insertan, éstos adquieren atributos únicos. En la novela, Renzi, profesor visitante de literatura comparada en una prestigiosa universidad de la costa este, dice: "Es un tipo de entrenamiento que en la Argentina no se conoce [...] [me] parece uno de los pocos ritos de iniciación que quedan vigentes en el mundo occidental". El doctorado en Estados Unidos tiene dos protagonistas -profesores y estudiantes doctorandos- y muchas prácticas que datan de décadas o incluso siglos.
Los profesores, que en algún momento entre los treinta o cuarenta años obtienen seguridad laboral de por vida gracias al tenure , reciben salarios que no se comparan a los de ningún otro país del mundo. En las universidades públicas más prestigiosas (obligadas a difundir sus nóminas salariales) abundan los profesores que ganan más de doscientos mil dólares anuales y no son pocos los que reciben alrededor de medio millón. Se sabe que las universidades privadas más importantes pagan en promedio salarios aún más altos. Al menos dos factores explican esta situación. Por un lado, históricamente los recursos han fluido como en ningún otro país desde el "mundo real" hacia el mundo académico por la vía del aparato de seguridad y militar del Estado y del gran empresariado, constantes demandantes de lo que producen las universidades. Por otro lado, existe una suerte de mercado de competencia perfecta de profesores, apoyado sobre otra institución informal estadounidense: la casi total movilidad de los "recursos" humanos. Es decir, los profesores están dispuestos a mudarse cuantas veces sea necesario e incluso a vivir en campus en el medio de la nada a fin de mejorar su posición salarial. Los académicos, en efecto, se ponen un precio. La segunda pata de los doctorados son los estudiantes. Renzi llega para impartir su primera clase y observa:
el seminario tenía una asistencia moderada (seis inscriptos); [era] por supuesto un grupo de élite, muy bien entrenado, y mostraba ese aire de conspiración que tienen los estudiantes de doctorado durante los años que pasan juntos mientras escriben sus tesis [...], aquí los estudiantes están casi recluidos, se mueven en un círculo cerrado conviviendo [...] con sus profesores.
Estados Unidos recluta doctorandos a escala global, sus universidades se sienten a tal punto el centro del mundo que están seguras de que los estudiantes vendrán desde donde fuera necesario. A cambio, en una carta de admisión de una carilla, de un día para el otro les ofrecen seguridad laboral por cinco años. A diferencia de la cultura más jerárquica de Europa, en Estados Unidos el estudiante doctoral tiende a ser visto más como un insumo para los profesores (fuente de ideas, de datos o de destreza en investigación) que como un agente pasivo que sólo viene a incorporar los conocimientos de sus mayores. La irreverencia del estudiante es estimulada porque eso lubrica la maquinaria.
En el país más descentralizado política y administrativamente que uno pueda conocer, la academia (a priori no exenta de ese carácter centrífugo, con sus cientos de universidades desperdigadas por el territorio y con altísima autonomía respecto del gobierno central) termina funcionando como una máquina de tamaño continental. Esto genera economías de escala que posibilitan desde la proliferación de publicaciones y de congresos académicos hasta una red interbibliotecaria que asegura que casi cualquier libro del mundo esté disponible en cualquier universidad en cuestión de días.
Nadie formuló el "plan maestro" de la academia estadounidense. Es, en cambio, el resultado acumulativo de múltiples decisiones tomadas, a lo largo de los años, en múltiples puntas del país. Hoy sería difícil desanudar esa cadena causal, tan difícil que sin duda ésta sería una pregunta perfecta para una tesis doctoral en Estados Unidos. El resultado quizá no buscado de esas decisiones acumuladas es que la maquinaria académica tiene vocación de estudiar prácticamente todo. No se estudian sólo los temas técnicos que el matemático Munck denuncia en la novela de Piglia como la base de "el sistema" sino también temas semejantes a los que el narrador, con acidez, enumera: "la oscuridad en los films de Tarkovski", los Latino Studies - "dedicado(s) a estudiar la salsa y las rancheras y los grafitis chicanos"- o "el uso del condicional contrafáctico en las formas breves (de la literatura)".
En definitiva, así la leemos, la recién publicada novela de Ricardo Piglia conecta los puntos entre el hiperdesarrollo académico (hasta niveles ridículos) y las disfuncionalidades crecientes de una sociedad en profunda transformación que emite varios signos de decadencia. En lenguaje llano, algo que es "un camino de ida" es algo que tiende a no terminar bien.



