El capitán Alatriste, de regreso
EL ORO DEL REY Por Arturo Pérez-Reverte-(Alfaguara)-280 páginas-($18)
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El exitoso autor de La piel del tambor y Territorio comanche continúa, en este libro, con la narración de las aventuras del capitán Alatriste, de las que ya aparecieron tres volúmenes y se anuncian dos más. Como en sus entregas anteriores, Pérez-Reverte incursiona en una especie literaria que tuvo extensa aceptación hasta hace algunas décadas y de la que se considera deudor: las novelas de capa y espada al estilo de Los tres mosqueteros y El vizconde de Bragelone .
El capitán Alatriste, veterano soldado de los tercios de Flandes, (es una de las figuras pintadas por Velázquez en La rendición de Breda ) continúa protagonizando episodios pródigos en peligros y difíciles lances en la España pintoresca y decadente de Felipe IV. Los hechos son relatados por el joven asistente del protagonista, Iñigo Balboa, natural de Oñate y enamorado de la hija del secretario del rey, Angélica de Alquézar (también retratada por Velázquez en el vasto lienzo de Las Meninas ). Además aparecen en el relato personajes reales; no sólo el propio Felipe IV y su ministro, el conde-duque de Olivares, sino Francisco de Quevedo, compadre de Alatriste, poeta cojitranco y valentón, famoso por sus buenos versos y su mala leche, y hasta un aguerrido soldado al que llaman Saramago el Portugués, tan dado a las armas como a los libros, que recita versos de Camoens y escribe un poema épico que narra cómo la península ibérica se separa de Europa y queda flotando a la deriva como una balsa en el océano.
Alatriste, hazañoso militar al que la ingratitud de España llevó a convertirse en espadachín a sueldo, conserva no obstante, junto con su valor y arrojo, una hidalguía que le impide hacerse cómplice de las felonías de la corte y las embozadas maquinaciones del Santo Oficio. En este libro, su servidor Iñigo Balboa cuenta que, después de la rendición de Breda, ambos se trasladan a Sevilla con la misión de reclutar a un grupo de mercenarios, entre truhanescos y miserables, para abordar con ellos un galeón extranjero que lleva oro y plata de las Indias. Abundan las intrigas y estocadas, las vívidas y coloridas descripciones, como la de las cárceles reales y la última cena y ejecución por garrote de Nicasio Ganzúa, así como las terribles escenas del abordaje, contado todo ello con el vertiginoso dinamismo y la amenidad de las antiguas novelas de aventuras. Pero es preciso hacer hincapié en lo que constituye para nosotros el mayor logro de la obra: un lenguaje que, sin ser exageradamente arcaico, posee la riqueza y el sonoro halago de la lengua que saboreamos en los poetas y prosistas del Siglo de Oro; un estilo que recrea en nuestra imaginación los escenarios y el ambiente de aquel período de declinación política y esplendor literario que fue la España del siglo XVII.
Como una manera de contribuir a la sugestión del contenido, el continente del libro imita en su diseño las viejas impresiones de las novelas de espadachines: formato grande, con ilustraciones a cuyo pie figuran como leyendas frases entresacadas del texto, y unas páginas finales donde se transcriben varias "jácaras" (atribuidas a Quevedo) que comentan pasajes de la obra.
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