
El cuerpo, el agua y Dios
OBRA COMPLETA Por Héctor Viel Temperley-(Edic. del Dock)-399 páginas-($ 32)
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La obra de Héctor Viel Temperley (Buenos Aires, 1933-1987), en especial sus dos últimos libros, Crawl (1982) y Hospital Británico (1986), fue generando, de manera secreta, una suerte de fervor. La publicación de su Obra completa resulta así un acontecimiento editorial, porque además de poner al alcance de los lectores el conjunto de la producción de este poeta, nos permite pensar su situación en la poesía argentina.
Desde el primer libro, Poemas con caballos (1956), esta obra se construye en torno a un conjunto de temas: el cuerpo, el agua y Dios, que se tornan atractivos en tanto se los asocia al peligro y la vitalidad. En efecto, una serie de rasgos asociados al vitalismo atraviesa esta poesía ("montado en los caballos/ siento mi cuerpo contra el río,/ nado entre crines y galopo a Dios"). El cuerpo es el escenario en que el vigor y el desafío irrumpen de manera súbita. Las fotografías del autor que recoge el volumen reflejan esa actitud vigorosa y desafiante. Pero a la perplejidad por lo concreto y por lo vital se une, desde el comienzo, la presencia casi premonitoria de la enfermedad.
El cuerpo no se concibe de modo fragmentado, como ocurre, por ejemplo, de manera paradigmática dentro de la poesía latinoamericana, en los textos del Martí de Versos libres . En Viel, el cuerpo quiere restaurarse a través del agua, a la que se atribuye propiedades purificadoras ("Señor, no sé quién sos,/ pero sólo te pido que me laves"). La enfermedad, las huellas de un cuerpo afectado procuran articularse en una instancia autónoma: un estado de flotación y de fluencia ("Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada").
El tratamiento de la imagen corporal va mutando de una exposición gozosa, en la que el cuerpo aparece inmerso en la naturaleza, a la conciencia espesa de un organismo marcado por tenaces heridas y recluido en el espacio de un hospital. La preocupación de Viel por lo líquido, por el cuerpo y por Dios va tornándose cada vez más compleja hasta enquistarse en la voz de alguien que enuncia en estado terminal, como explica Tamara Kamenszain en el prólogo. Aquella preocupación se cristaliza en una suerte de mística, en la que el éxtasis irrumpe como una instancia que en vez de trasladar al sujeto poético fuera de sí, como en el caso de Perlongher, lo hace retroceder al origen del propio cuerpo. El éxtasis no es aquí una forma de la expansión, sino un ahondamiento cada vez más refinado en la carne, una suerte de masa reconcentrada ("Voy entrando, de a poco, en lo que es mío").
Hay en esta poesía una voluntad de conocimiento que no es mental, sino corporal, que aspira a ser un periplo por lo concreto: "Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo". Incluso la escritura de Viel Temperley se describe a sí misma como un indicio físico, como si se tratara de una secreción literal y necesaria que vierte palabras "como sangre, y no como lenguaje".
Desde el punto de vista formal, los textos varían a lo largo de los años; los primeros poemas respetan cierta regularidad métrica y estrófica y trabajan con la rima. Paulatinamente, la poesía de Viel se despoja de esos elementos, aligera los versos y se vuelve más concisa, como en Humanae vitae mía (1969); hace un mayor uso de los recursos espaciales, como en Crawl (1982); o se presenta al modo de anotaciones dispersas, casi el diario personal de alguien que contempla su propia enfermedad, como en Hospital Británico (1986).
La de Héctor Viel Temperley es una obra densa, en la que la práctica de la natación, el recogimiento y el éxtasis resultan formas súbitas e inestables que adopta el cuerpo. El interés creciente que ha suscitado, tanto en el público como en la crítica, va permitiéndole encontrar el lugar decisivo que merece ocupar en el universo de la poesía argentina.
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