
El despojo y la oscuridad
LA ARAÑA Por Clarice Lispector-(Corregidor)-Trad.: H. M. Jofre Barroso-320 páginas-($ 16,90)
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Como si hubiese querido celebrar las bodas de plata de esta novela inolvidable con sus lectores argentinos, Corregidor acaba de reeditar, exactamente veinticinco años después, La araña de Clarice Lispector. La edición conserva la cuidadosa traducción de Haydée M. Jofre Barroso pero no su prólogo, reemplazado por un inteligente texto de Raúl Antelo, crítico argentino radicado en Brasil.
Además de sus incitadoras ideas sobre una obra que puede considerarse entre las más insoslayables de la literatura del siglo XX, como todo buen lector, Antelo tiene un ojo clínico para encontrar citas. Sin ir más lejos, la de Héléne Cixous que abre su trabajo tiene la virtud de ubicar la obra de Lispector en las coordenadas más apropiadas: "Si Kafka fuera mujer. Si Rilke fuera una brasileña judía nacida en Ucrania. Si Rimbaud hubiera sido madre y hubiera llegado a cincuentona. Si Heidegger hubiera podido dejar de ser alemán, si hubiera escrito la Novela de la Tierra. ¿Por qué cito todos estos nombres? Para intentar perfilar el terreno. Por ahí escribe Clarice Lispector."
Quien no haya leído a Lispector tiene derecho a sospechar una vocación hiperbólica en esa ponderación. Quienes la han leído saben, en cambio, que cualquier intento de asimilación de la obra de esta escritora a lo ya conocido resulta insatisfactoria y que, en todo caso, conviene pecar por exceso.
Precisamente por su excepcionalidad, por su deliberado desinterés en la literatura de trama y caracteres, intentar resumir lo que sucede en La araña es tan desafortunado como desleal hacia el texto. Publicada en 1946, dos años después de su primer libro, Cerca del corazón salvaje (1944), La araña narra la historia de Virginia: su simbiótica relación con su hermano Daniel y su tránsito desde un ámbito rural degradado a una ciudad donde encontrará amores y se perderá a sí misma.
Pero lo que ocurre entre la escena inicial en que Virginia y Daniel observan desde un puente un sombrero arrastrado por la corriente de un río hasta el hecho violento que pone fin al libro es algo muy distinto a la historia de una vida en términos lineales. Como en casi toda su obra de ficción, Lispector despliega en La araña un verdadero teatro de la percepción que no hace más que extrañar el mundo y volver extremadamente resbalosa la idea de autoconciencia.
A través de un trabajo deliberado y progresivo que hace del lenguaje un campo de batalla antes que un instrumento, Lispector logra -ya en este libro que todavía hace algunas concesiones a la novela tradicional- disolver toda certeza, dinamitar cualquier ilusión de homogeneidad, alcanzar la zona más oscura y turbulenta de lo real, fijar "el centro de gravedad en otra parte, allí donde sería superfluo tanto afirmar el ser como denegarlo, es decir, en el punto sagital de la desgracia o la locura", como bien dice Antelo en el final de su prólogo.
Por eso no resulta exagerada la inesperada genealogía que Cixous atribuye a su obra. Porque, desde un lugar excéntrico, tan alejado del regionalismo como del tipo de experimentación ensayada por los modernistas brasileños, Lispector se aventura sola, por un camino tan original y perturbador que la conduce al interior de las cosas y al interior de sí misma. La suya no es la ruta de la introspección que va desde la búsqueda psicologista al monólogo de conciencia (aunque tenga rasgos propios de este último) sino una inmersión literalmente existencial en la dificultad de escuchar el rumor del mundo y el ruido de la propia conciencia.
La autora de La araña sabe que violentar la gramática no es un juego sino una necesidad, la alternativa única que surge de querer decir algo sobre lo indecible. También entiende, porque lo ha experimentado, que ese decir sólo puede trabajar por aproximación, a través de un paulatino y espiralado despojamiento de certezas.
Leer a Clarice Lispector es lo más parecido a la posibilidad de creer, intermitentemente, que la distancia entre las palabras y las cosas es insalvable pero puede medirse, como quien sabe que nunca traspondrá la puerta del paraíso pero no deja de arrojar piedras contra ella. Vislumbrar esa posibilidad es, también en el caso de La araña , una experiencia laboriosa, pero singularmente extraordinaria.
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