
El doble revés de la trama
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<b> Almuerzo de vampiros <br></br> Por Carlos Franz </b>
Carlos Franz (Chile, 1959) es autor de una destacada obra narrativa, entre la que cabe citar la novela El desierto (2005) que obtuvo el Premio LA NACION/Sudamericana 2005 de novela. Como en esta última obra, la dictadura pinochetista atraviesa Almuerzo de vampiros , pero desde un enfoque muy diferente. En la conversación que dos viejos amigos ("Zósima" y el narrador) mantienen en la terraza del café de moda Le Flaubert, dos tiempos dialogan también entre sí: la adolescencia cuando ambos eran estudiantes, los años del golpe de Estado contra Salvador Allende y el gobierno dictatorial, y el cínico presente donde todos, de alguna forma, sobreviven como vampiros a la muerte de los ideales y a las traiciones que las circunstancias los han empujado a cometer. "Zósima" (nombre que el narrador elige darle a su amigo en memoria del personaje de Dostoievski) es, con todo, la memoria viva y ácida, pero derrotada, de aquellos que ambos fueron o quisieron ser en la ya remota juventud.
Podría decirse que el grotesco en clave posmoderna domina, como categoría estética, la narración. Autor especialmente afín a la gran literatura alemana (desde los románticos hasta Thomas Mann), Franz utiliza figuras tópicas como las del doble y el vampiro, recontexualizándolas con un humor sarcástico. La duplicación, la transformación en el muerto-vivo vampírico implican en este caso la degradación y el envilecimiento, que se concentran en la figura del supuesto profesor Víctor Polli. Detenido y desaparecido al consumarse el golpe de Estado, el personaje original, profesor de Liceo y humanista refinado, objeto de la admiración de sus alumnos, parece retornar, cinco años después, en un "doble" que trabaja como "maestrito" (es decir, mandadero y bufón) de Lucio Echevarría, otro ex alumno del Liceo y miembro de las clases altas que se han beneficiado con el golpe. Pequeño demonio, lejos de toda sublimidad sombría, este nuevo Polli, vejado y maltratado, pergeñador de chistes chabacanos, maltrata a su vez al narrador (entonces un joven que se ayuda en los estudios universitarios con un trabajo de taxista), y se convierte en su iniciador en los bajos fondos de la ciudad nocturna, donde conviven artistas fracasados, jóvenes prostitutas, y sobre todo, hombres y mujeres condenados a la subsistencia sin esperanzas.
Un paralelismo constante se establece entre el antiguo y genuino "académico de la lengua" y el mal "cómico de la legua" que encarna el pseudo Polli. Un juego ambiguo, diestramente sostenido, no permite saber si realmente es "el mismo" profesor del Liceo, que se ha transformado en un "otro" aberrante por efectos de la sumisión y la tortura, o si se trata, como lo sostiene Echevarría, sólo de un doble adiestrado para su diversión. La caricaturesca metamorfosis aparece como símbolo de las injurias del tiempo y en particular, del tiempo en el que la Historia ha precipitado al narrador y a "Zósima": "Parecía como si uno, el maestro, hubiera traducido al otro, el profesor, del idioma bello e inútil de aquel pasado a la lengua brutal pero eficaz de este futuro".
Odiado y despreciado, pero amado también en cierto modo por el narrador, este grotesco pedagogo de cabaret es la única referencia paterna capaz de enseñarle, desde el propio cuerpo atormentado, la desmesura entre lo real y lo ideal, la magnitud del desamparo frente al poder impune, y las infinitas concesiones de las que es capaz el deseo de supervivencia. Todavía, en y desde esa figura repugnante y patética del pasado, existe conciencia de las abjuraciones y las pérdidas. La época presente, en cambio, a los ojos del narrador y de "Zósima", ha extraviado incluso esa dolorosa lucidez.
De trama compacta, salpicada por alusiones a ciertas obras clave de la cultura occidental (los "Faustos" de Goethe y de Mann, en primer término), Almuerzo de vampiros juega asimismo con las variantes coloquiales chilenas, estableciendo una rica tensión entre lo universal y lo local, entre obscenidad, lunfardo y alta literatura.
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