El ensayo y sus placeres

LA FARSA DE LOS CIELOS Por Thomas de Quincey-Trad.: Jerónimo Ledesma-(Paradiso)-171 páginas-($ 24)
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12 de marzo de 2006  

Entre toda la pléyade de poetas y críticos surgidos en torno al romanticismo inglés, Thomas de Quincey (1785-1859) no fue el escritor más a tono con el espíritu de la época, pero sí fue -no caben dudas- uno de los que mayor proyección literaria tuvo a lo largo del tiempo. Para comprobarlo, bastaría sondear en alguna página alucinada de G. K. Chesterton o de Edgar Allan Poe, así como en los relatos de terror de H. P. Lovecraft, los argumentos metafísicos de Borges o la obra narrativa de J. R. Wilcock. No obstante, a la hora de hablar del autor de La rebelión de los tártaros, todo parece empezar y terminar, machaconamente, en sus panegíricos sobre el suicidio y asesinato, en los artículos sobre el opio, en su personalidad excéntrica o sus constantes apuros financieros. Así, por ejemplo, su adicción a los alcaloides de la amapola resulta casi siempre más importante -y es de hecho mucho más célebre- que sus numerosos libros.

No es el caso de La farsa de los cielos, esta antología que compila ocho ensayos de Thomas de Quincey hasta ahora inéditos en español, cuidadosamente traducidos y anotados por Jerónimo Ledesma, cuyo propósito -como se nos aclara en las páginas preliminares- no ha sido "desromantizar a De Quincey, sino ampliar la escena, cambiar algunos tonos, algunos énfasis". En este sentido, uno de los méritos principales de la compilación consiste en abrir el juego a una lectura menos estereotipada de De Quincey, destacando el espacio privilegiado que ocupa en la modernidad, como un surrealista o un "patafísico" avant la lettre, sin omitir que fue un crítico implacable y un acerbo cronista de la Inglaterra de mediados del siglo XIX y que, bajo la inspiración de la gran literatura satírica anglosajona, supo reflejar las contradicciones del capitalismo naciente, así como dejar en ridículo, de una manera muy sutil, las ideas y los temas consagrados por sus contemporáneos.

Como un ardiente prisma reflexivo, la mente de De Quincey se desplaza en estos ensayos desde la más densa argumentación lógica hasta el absurdo y la pesadilla, creando una "zona crepuscular" -eso que los ingleses designan, de una manera que sólo permite su concisa y plástica lengua, como twilight zone-, entre la vigilia y el sueño, entre la más extravagante quimera y el más estricto razonamiento. Se trata de ocho extensos y rarísimos ensayos que se ocupan de las más variadas especulaciones: "Sortilegio y astrología", "Sobre el suicidio", "Caminante Stewart", "Modales de Francia e Inglaterra", "Sobre el estado actual de la lengua inglesa", "Teoría de la tragedia griega", "Sistema de los cielos", más "Un fragmento descartado de las Confesiones". Como puede observarse, la acumulación de conocimientos y la superabundancia de motivos críticos que podía abarcar este autor eran proverbialmente inagotables, y se extendían -a pesar de sus diarias sesiones opiáceas- desde la filosofía alemana hasta la economía política, pasando por la astrología, la lengua inglesa, el suicidio y la tragedia griega.

Hijo de un humilde comerciante, Thomas De Quincey nació en la ciudad de Manchester, cuna del industrialismo y la burguesía británica. Estudió en los colegios de Bath y Winkfield y terminó sus estudios secundarios en su ciudad natal de donde, finalmente, huyó a los 17 años, con el consentimiento de su madre y de su tío. Durante los años 1802 y 1803 vivió en Londres en la pobreza más absoluta. Después de abandonar la universidad sin graduarse, entabló una fértil amistad intelectual con los principales escritores del cenáculo romántico: S. T. Coleridge, Robert Southey y William Wordsworth. Se dice que De Quincey leía e incluso "hablaba" griego y latín con absoluta fluidez. La mayoría de sus textos fueron escritos por encargo, para los diarios ingleses de la época. Y es acaso en esa mezcla de erudición y bufonada, esa combinación completamente innovadora de cultura clásica y panfleto, donde podemos sentir la exacta inflexión de la prosa de De Quincey que La farsa de los cielos celebra y traslada sin perder nunca de vista la complejidad estética del texto original.

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