
El escritor ante el espejo
DESCANSO DE CAMINANTES. DIARIOS INTIMOS Por Adolfo Bioy Casares-(Sudamericana)-508 páginas-($ 19)
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Este diario recoge los últimos años de Bioy Casares: un escritor que supo ser brillante en algunas ocasiones despliega aquí ante todo su fatiga y una cierta bonhomía cultivada que bordea peligrosamente la trivialidad. Un gran espacio, por ejemplo, se dedica a la preocupación de Bioy Casares por su descendente encanto -correlativo a su ascendente edad- entre las mujeres, a las que parece haber coleccionado con curiosidad de entomólogo más que con la pasión de un don Juan. Del mismo modo colecciona Bioy las tonterías que la gente dice a su alrededor, con un escepticismo divertido, sintiéndose levemente superior, previendo que esa suerte de niebla mental circundante será siempre su destino y él, la inteligente, elegante y escéptica víctima de ese destino, su delator y testigo privilegiado. Aun así -o acaso por esto mismo, ya que la vanidad siempre implica tontería- es cierto que no puede achacársele vanagloria alguna: es como si el imprescindible desgaste dinámico que supone toda vanidad estuviera más allá de sus posibilidades.
Notable es, sin embargo, su animosidad contra Victoria Ocampo, a la que según él algunos llegan a llamar nefasta: se siente la inevitable ráfaga de incompatibilidad que lo separa de esta mujer antípoda, temperamental, talentosa, humilde y soberbia a la vez, apasionada, tanto más vital que él. Victoria Ocampo disiente, se entrega, admira, anima todo lo que contempla; Bioy Casares sonríe oblicuamente, se detiene, se inclina levemente al desprecio, prefiere el humor y una cierta agudeza -que raramente entraña profundidad- al ímpetu pasional de su oponente. Mientras Victoria atraviesa el escenario en un gran carrera de amazona, Adolfo pasa con su imperturbable trote corto, en el caballo sofrenado de su sobria imaginación. (No debe de haber sido fácil para Silvina Ocampo, calcula el lector, como hermana de una y mujer del otro, haber convivido entre estas tensiones.)
Es difícil admitirlo, pero es cierto que quienes privilegian lo pequeño de la vida como área de observación predilecta parecen empequeñecerse ineluctablemente ellos mismos. Bioy Casares pasea una suerte de microscopio irónico que va amenguando el brillo y la medida de sus colegas, amigos y amantes: parte de la publicidad de este libro se debe precisamente a la serie de observaciones entre malévolas y displiscentes que hacen rodar más de una testa coronada, literaria o académica. No hay mayor lugar para la admiración, y prácticamente ninguno para la ternura, la compasión o el asombro en estas páginas. Por lo mismo, es curioso que se hayan titulado Diarios íntimos , cuando carecen de modo tan flagrante de la introspección que se encuentra en tantos escritores del género, ya sean Rilke o Kafka o Woolf o Gide o Cioran: lecturas que no sólo nos adentran en el carácter de sus autores, sino que nos iluminan acerca de su relación con la escritura, tema apenas rozado en estas páginas.
Pueden, con todo, señalarse ciertas virtudes potenciales en el texto. Hubo en Bioy Casares, en primer lugar, una suerte de humorista del absurdo -tesitura que compartía en parte con Borges- que hubiera podido avanzar hacia cierto paroxismo redentor, si se hubiese atrevido a arriesgarse a tintas más profundas, o a exorcismos más eficaces. Pero en vez de legarnos un atisbo goyesco de nuestro medio, Bioy incurre -salvo en algunos pocos momentos de genuina comicidad- en una suerte de pátina opaca de quien ríe de todo y de todos con esa risa desencantada de los que en el fondo parecen estar llorando por sí mismos.
Hubo también en Bioy un observador avezado de la mecánica oculta del lenguaje, de los significados escurridizos de ciertas expresiones que van mucho más allá de lo que aparentan. Los pequeños destellos de oasis que atraviesan este texto provienen casi todos de las observaciones de un filólogo en ciernes, divertido y deslumbrado por los resortes misteriosos de la palabra cotidiana. Pero también esta inclinación no pasa de ser un hobby para Bioy Casares, que desecha las grandes pasiones de la inteligencia y prefiere las comodidades de un dandy de circulación altamente restringida.
Falta en el libro, además, la necesaria exactitud en la consignación de los hechos: así, ciertas afirmaciones son totalmente erróneas, y no puede averiguarse si provienen de un Bioy Casares flaqueante en su memoria de anciano o a fallas de un escriba poco habituado al medio. Así, por ejemplo, cuando, confundiendo apellidos, se asigna a Amelia Biagioni una inexistente estadía en Berkeley y se le achaca un poco recomendable celo de mejorar su literatura a través del estudio del periodismo, error garrafal si los hay.
Por todos estos motivos, este libro provoca cierta piedad no exenta de irritación. ¿Por qué fotografiar de este modo la decadencia de un Premio Cervantes, alguien que en la vejez alcanza el lamento antes que la serenidad de la sabiduría, confiando al inocente lector sus sueños las más de las veces sin sentido, o incluso copiando notas de santoral muy pocas veces salpicadas de algún relámpago surrealista?
Esto es lo que nos queda, pues, como melancólica imagen de aquello que fue en su tiempo una literatura de avanzada y brillantez indisputable en el gran territorio de las letras españolas: un polvoriento espejo de ceniza donde un dedo implacable ha trazado nuevamente las antiguas palabras: "Así pasa la gloria del mundo". Quienes han dado su aprobación para la publicación de este libro podrían haber advertido a tiempo que el lector argentino, en estos tiempos de cólera y miseria, merece, con todo, algo más que estas prescindibles páginas.
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