El eterno canto de la vida de un poeta

La publicación de New and Collected Poems , del gran escritor polaco, premio Nobel 1980, permite seguir la trayectoria de un hombre que elevó su voz para denunciar la barbarie de nazis y soviéticos, pero que jamás dejó de celebrar la existencia
La publicación de New and Collected Poems , del gran escritor polaco, premio Nobel 1980, permite seguir la trayectoria de un hombre que elevó su voz para denunciar la barbarie de nazis y soviéticos, pero que jamás dejó de celebrar la existencia
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23 de enero de 2002  

Hacia el final del voluminoso libro New and Collected Poems 1931-2001 (Nueva York, The Ecco Press/HarperCollins Publishers), y al cabo de más de 70 años de labor literaria, Czeslaw Milosz quiere poner las cosas en claro. Inicia el último libro incluido en la colección, que él mismo define como "un cierre de cuentas", con el poema que le da título: "Esto". Habla directamente al lector, aunque el poeta finge abrirse paso a través de todas sus estrategias artísticas (lo cual es, de suyo, una estrategia) para confrontar una verdad: "Si, por fin, pudiera decirte qué llevo dentro/ si pudiera gritar: ¡Gente! He mentido al fingir que esto no estaba allí,/ Allí estaba, día y noche".

Este poeta, que últimamente celebraba, exaltado, la belleza de este mundo, ahora se retracta: "Y, lo confieso, mi extática alabanza del existir/ Podría haber sido meros ejercicios de alto estilo./ Debajo había esto, que no intento nombrar". Y ahora intenta describir lo innominable: "Esto. Que se asemeja a los pensamientos de un hombre sin hogar, caminando por una extraña/ ciudad en un día gélido./ Y al momento en que un judío perseguido vislumbra los pesados cascos de los policías alemanes, acercándose./ [...] Esto. Que significa estrellarse contra un muro de piedra sabiendo que ninguna súplica lo conmoverá".

Milosz ha declarado una y otra vez en sus poemas su convicción de que el lenguaje puede rescatar del vacío todo cuanto él ha visto y a todos aquéllos a quienes ha conocido en su larga vida. Pero ahora parece que, debajo de esa convicción, subyacía la creencia más profunda de que nada de eso era posible porque el lenguaje no logra captar la realidad, si bien -sostiene Milosz- el poeta siempre debe aspirar a eso. Como dice unas páginas después en "Plegaria", otro poema coloquial, esta vez dirigido a Dios: "Ahora, poco a poco, Tú cierras mis cinco sentidos,/ Y soy un anciano que yace en la oscuridad./ Entregado a esa cosa que me ha oprimido/ Para que siempre avance, raudo, componiendo poemas". Su motor fue, pues, el terror y el miedo al fracaso.

Para ver hasta dónde ha llegado Milosz en esta fase de su vida, basta comparar estas líneas con un poema escrito al comienzo de su ancianidad, apenas doblados los 70, cuando la imaginación erótica aún podía abrirle un mundo. "El jardín de las delicias terrenales" empieza así:

Bajo el sol de julio me llevaban al Prado, Directamente a la sala donde "El jardín de las delicias terrenales" Había sido preparado para mí. Para que corriera hacia sus aguas Me sumergiera en ellas y me reconociera a mí mismo.

El siglo XX va llegando a su fin.

Seré emparedado en él como una mosca en ámbar.

Yo era viejo, pero mi olfato estaba ávido de aromas nuevos Y, a través de mis cinco sentidos, recibí una porción de tierra De aquéllas que me guiaban, nuestras hermanas y amantes.

¡Qué leve es su andar! Sus caderas llevan pantalones, no luengos vestidos, Sus pies calzan sandalias, no coturnos, Ninguna hebilla de carey sujeta sus cabellos.

Sin embargo, son siempre las mismas, renovadas por la Luna, En un coro de constante alabanza a la Señora Venus.

Sus manos tocaron las mías y ellas avanzaron, gráciles, Como en la temprana mañana del principio del mundo.

Esta concentración en el yo y en una historia íntima, ¡qué lejos está de la imagen pública del poeta que en 1980 recibió el Premio Nobel de Literatura! Lo eligieron como el poeta líder del grupo polaco (famoso por incluir a Zbigniew Herbert y Wislawa Szymborska) que entró en la literatura bajo la férula de dos tiranías: la nazi y la soviética. Crearon una poesía tan empapada en el terror del siglo XX que hizo parecer trivial gran parte de la que, por entonces, se escribía en Occidente. (Hace poco, The New Yorker concluyó su edición especial sobre la destrucción del World Trade Center con un poema de Adam Zagajewski, "Intenta ensalzar el mundo mutilado", como si los Estados Unidos entraran por primera vez en la pesadilla de la historia y sólo un poeta polaco pudiera señalar el camino.) Milosz inició su carrera en 1931, escribiendo versos panteístas en un estilo seudo-surrealista internacional por entonces en boga, que fusionaba la poesía polaca y la francesa. Pero tenía apenas 25 años cuando escribió "Encuentro", el primer poema en que reconocemos su voz:

Atravesábamos campos helados en un carro, al amanecer.

Un ala roja remontó entre las sombras.

Y, de pronto, una liebre cruzó, veloz, el camino.

Uno de nosotros la señaló con su mano.

Eso pasó hace mucho tiempo. Hoy ninguno de los dos vive.

Ni la liebre, ni el hombre que hizo el gesto.

Oh, amor mío, dónde están, hacia dónde van.

El relámpago de una mano, trazo de movimiento, crujir de guijarros.

No lo pregunto afligido, sino intrigado.

En 1939, este mundo cambió para Milosz y, con él, sus nociones anteriores sobre la poesía. Como observa en su ciclo de conferencias sobre Charles Eliot Norton de 1981-1982 ( El testimonio de la poesía ): "Lo sucedido en Polonia fue el choque de un poeta europeo con el infierno del siglo XX, no con el primer círculo, sino con otro mucho más profundo". "También cambia la actitud de la gente -añade, refiriéndose a ese ambiente-. Recupera su función más simple y vuelve a ser un instrumento al servicio de un fin; nadie duda de que el lenguaje debe nombrar la realidad, que existe objetivamente, maciza, tangible y aterradora en su materialidad."

Hay un salto de dos años entre "Encuentro" y su poema siguiente, "Un libro entre las ruinas". Ahora estamos en la Varsovia destruida de 1941, en una biblioteca en ruinas: "Recoges un fragmento/ De granada que traspasó el cuerpo de un canto/ Sobre Dafnis y Cloe". Estos poemas varsovianos, que incluyen el famoso "Campo dei Fiori" y "Un cristiano pobre contempla el gueto", terminan con una "Dedicatoria" que contiene la afirmación más enérgica de su poética que había escrito hasta entonces: "¿Qué es la poesía que no salva / Naciones o pueblos?/ Una connivencia con mentiras oficiales,/ Una canción de borrachos a punto de ser degollados,/ Lecturas para muchachas de segundo año".

A lo largo de su carrera y de esta extensa colección de poemas, Milosz discute consigo mismo acerca de su poética. En la introducción a este libro, escrita a los 91 años, cuestiona la validez de los poemas de la guerra: "Viví entre escenas horrendas del siglo XX. Eso era la realidad y yo no podía evadirme a un reino de "poesía pura", como aconsejaban algunos descendientes del simbolismo francés. Sin embargo, nuestras reacciones vehementes ante lo inhumano raras veces derivan en textos artísticamente válidos". Es más duro consigo mismo de lo que será la posteridad.

Sus reflexiones más extensas, en verso, en torno a su poética, y su poema más ambicioso a esta altura de su carrera, es "Un tratado sobre la poesía" (1957). Se inspiró en el libro de Karl Shapiro Ensayo sobre la rima , que comprende un solo poema. (En la posguerra inmediata, Milosz se interesó en la preparación de una antología, en polaco, de poesía contemporánea norteamericana y británica, pero el proyecto nunca cuajó.) "Un tratado..." desarrolla, en 42 páginas, una historia informal de la poesía polaca moderna desde 1900 hasta 1945, sus exponentes principales y las circunstancias en que fue escrita.

Son las páginas más acotadas del libro porque desconocemos a los personajes, aunque Milosz suele presentarlos con una concisión burlona: "¿Qué ha sido de Slonimski, con su tristeza y sus nobles intenciones?/ Que creía cercano el tiempo de la razón,/ Entregándose al futuro, proclamándolo [...]". Contiene algunas de sus frases más vívidas sobre la guerra, una excelente descripción de Varsovia en vísperas de la invasión alemana, en tres estrofas, e impresiones de otros poetas atrapados en aquel infierno, como estas líneas, dichas por un poeta del gueto: "Cuando me echen una soga al cuello, / Cuando corten mi respiración con una soga,/ Giraré una sola vez, ¿y qué seré?"

Todo el poema constituye un alegato a favor de la discusión, en verso y en un lenguaje franco y sencillo, de cuestiones de interés público, reforzado por las penúltimas líneas: "Vientos de tormenta ahogaron, en nosotros, aquella estrofa de Horacio/ En la escuela, un cortaplumas penetró en un pupitre de madera". Desde luego, al escribir su propia ars poetica , Milosz no ahoga a Horacio: lo resucita. En verdad, en varios momentos de su carrera, contradice en forma directa su postura de poeta activista. Uno de sus virajes poéticos más brillantes es "Una conferencia", que escribió siendo ya octogenario. Comienza describiéndose a sí mismo como un estudiante un tanto desdeñoso que asiste, en París, a una lectura de poemas de Paul Valéry comentados por su autor. En su pensamiento, el estudiante "huía atravesando campos helados/ Donde, tras escarchados cercos de alambre de púas,/ Las míseras almas de sus amigos/ Y enemigos se quedarían". Frente a él, el célebre poeta francés "contaba sílabas de versos/ Un siervo de la arquitectura,/ Un cultivador de cristales". Pero ha pasado el tiempo: "La tierra absorbió los gritos,/ Ya nadie recuerda/ Cómo y cuándo ocurrió".

Y sólo el suntuoso, dorado, Verso decasílabo Perdura y perdurará por su propia Y armoniosa razón.

Y yo, tardíamente, estoy volviendo A su cementerio junto al mar, En el mediodía que siempre comienza.

(En su libro en prosa más reciente, Los abecedarios de Milosz , señala que, casi desde siempre, ha llevado en su mente líneas del "Cementerio marino" de Valéry.) El Milosz ganador del Premio Nobel era un "Hijo de Europa": "Sellamos puertas de cámaras de gas, robamos pan,/ Sabiendo que el día siguiente sería más insoportable que el anterior". Era el poeta que mojaba su pluma en ácido para presentar sus respetos a los comunistas que gobernaban Polonia: "Tú, que maltrataste a un pobre hombre/ Y estallaste en risotadas ante el crimen./ [...] Más te hubiera valido un amanecer,/ Una soga, y una rama inclinándose, agobiada por tu peso". Solidaridad hizo grabar unas líneas de "Tú, que maltrataste", en un monumento erigido en Gdansk en homenaje a los obreros que allí murieron, víctimas de la represión policial.

El "Hijo de Europa" se hizo peregrino. Su viaje desde Vilna, donde había cursado el secundario y la universidad, hasta Berkeley, lo condujo a través de la Varsovia ocupada y, más tarde, por Washington y París, donde pasó varios años como agregado cultural de la Embajada de Polonia. En 1951, rompió con el gobierno polaco y pidió asilo político en Francia. Diez años después, llegó a los Estados Unidos como catedrático titular de lenguas eslavas de la Universidad de California, en Berkeley.

Durante este período de desarraigo y emigración, la poesía de Milosz adolece de "cierto aire de vínculos perdidos" (la frase es suya). Escribe largos poemas al estilo de Whitman, donde yuxtapone escenas de su vida presente a otras de su pasado, pero es una yuxtaposición sin chispazos. Entretanto y por el resto de su vida, sigue escribiendo en polaco. En esta colección, hay un solo poema escrito en inglés, "A Raja Rao", y es una prueba convincente de que su fidelidad a la lengua materna fue absolutamente voluntaria. El idioma polaco era para él una fortaleza o, como escribe en otra parte, una defensa contra la indiferencia del mundo. ¿Que podría tener pocos lectores? Y bueno, ¿cuánta gente lee en polaco? En Berkeley, a fines de los 60, escribe una conmovedora declaración de lealtad al idioma:

Fiel lengua materna, Te he servido.

Cada noche, solía ofrendarte pequeños cuencos de colores para que tuvieras tu abedul, tu grillo, tu pinzón, tal como los conservo en mi memoria.[...]

Fiel lengua materna, quizá, después de todo, sea yo quien deba intentar salvarte.

Así que seguiré ofrendándote pequeños cuencos de colores, de ser posible, brillantes y puros, pues lo que hace falta en el infortunio es un poco de orden y belleza.

(La última línea es un eco asordinado de "Invitación al viaje", de Baudelaire, que habla de un país imaginario donde sólo hay orden y belleza.) A partir de los años 70, sus traspiés son esporádicos. Seguro en sus criterios y sus valores humanistas, cómodo en el pasado que quiere conmemorar, firme y a salvo en su fe católica, Milosz es un admirador gozoso del mundo que tiene ante sí. Por cierto, su foco se desplaza gradualmente del mundo que ha dejado y el mundo que dejará, al drama del poeta que envejece. Aun así, todo cuanto le interesa logra introducirse en sus poemas, que son espaciosos, hospitalarios y, a menudo, se remontan a alturas serenamente extáticas. Muchos igualan la sublimidad de sus poemas de guerra y su "Tratado sobre la poesía": "Invierno", "Una confesión", "La belle époque", "Linneo", "Sarajevo". (Todos ellos y la mayoría de los incluidos en el libro fueron traducidos por Milosz y el poeta norteamericano Robert Hass.) Algunos poemas de los últimos veinte años podrían agruparse bajo el título "¿Quieren que les cuente cómo es la vejez?" (así comienza uno de ellos). Pero, en realidad, todos describen al Czeslaw Milosz anciano. Uno de los más conmovedores, "Despertado", está en prosa y, en una parte, dice: "En la senectud, cada vez más achacoso, desperté en mitad de la noche y experimenté una felicidad tan intensa y perfecta que, en toda mi vida, sólo había sentido su premonición. [...] Y, de pronto, quedó incluida, fue una parte necesaria del todo. Como si una voz repitiera: "Ahora puedes dejar de preocuparte; todo sucedió exactamente como debía suceder. Hiciste lo que te fue asignado, y ya no necesitas pensar más en lo acaecido tiempo ha"".

El último poema del libro, "Madurez tardía", parece un comienzo. Empieza así:

No pronto, tan tarde como la inminencia de mi nonagésimo año, Sentí abrirse una puerta dentro de mí, y entré en la temprana claridad matinal.

Mis vidas anteriores partían, una tras otra, cual naves, junto con su pena.

Y los países, ciudades, jardines, bahías marinas asignadas a mi pincel, se acercaron, ahora listos para ser descritos mejor que las veces anteriores.

Harvey Shapiro dirigió, en un tiempo, The Times Magazine . Como escritor, su libro más reciente es How Charlie Shavers Died: And Other Poems ( Cómo murió Charlie Shavers y otros poemas ).

Perfil

Juventud: Czeslaw Milosz nació en 1911 en una familia de origen polaco en la aldea de Szetejnie, que hoy forma parte de Lituania. Estudió abogacía y con jóvenes amigos fundó la revista literaria Zagary. Obtuvo una beca de un año en París donde vivió en casa de un pariente, el poeta O. V. de Milosz.

La guerra: cuando Alemania invadió Polonia, donde Czeslaw Milosz vivía, el poeta se unió al movimiento de resistencia.

El exilio: después de la guerra, Milosz fue agregado cultural polaco en París y en Washington. En 1950 se refugió en Francia y en 1961 emigró a los Estados Unidos. Ganó el Nobel en 1980.

Obras: Poema del tiempo congelado, Tres inviernos, Luz de día, La mente cautiva, El poder cambia de manos, El valle Issa, La ciudad sin nombre.

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