El fantasma de María Antonieta
Chantal Thomas, ensayista y dramaturga francesa, visitó la Argentina para el estreno de una de sus piezas teatrales. Gran especialista en el siglo XVIII, la autora habla de aquella era de libertinaje y ofrece un retrato novedoso de la reina que la tradición pintó como frívola, lasciva y sanguinaria
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Chantal Thomas despide una estela de cualidad etérea cuando se desplaza, curiosa, por Buenos Aires. Llegó invitada para participar del ciclo "Tintas Frescas", de intercambio teatral con Francia, en el cual se estrenó su obra Incrustaciones, con Marilú Marini y Jorge Luz sacándose chispas. De atuendo amplio, sencillo y sin una gota de maquillaje, se expresa con la sobriedad y la precisión propias de una académica. Sin embargo, a esta investigadora del Centre National de la Recherche Scientifique, especialista en el siglo XVIII francés, ese tono se le desarma súbitamente cuando contagiosas carcajadas la toman por asalto frente a alguna ocurrencia ácida o al escuchar sus propios textos durante el estreno, que espió tímidamente con cara feliz y mandíbula batiente desde una butaca del fondo de la sala.
Su interés por el concepto de libertinaje es una de las fuentes de su producción, donde hay más ensayos que narrativa y dramaturgia. Ese es, para ella, el gran tema del siglo XVIII. Cuando en los años sesenta se instaló en París, luego de dejar las playas de su Arcachon natal, lo primero que leyó en el pensionado del liceo fue la obra de Sade. Después devoró a Casanova y a Marivaux. "Sade lleva todo al límite mismo de lo posible y de lo aceptable. Su figura y su obra fueron el tema de mi tesis doctoral, apadrinada por Roland Barthes, que luego creció hasta convertirse en libro. En los escritos de esos autores, el erotismo empieza a dejar de ser una pulsión oscura, baja, y da lugar a la idea de que, para desplegarse, necesita de una trabajosa y elaborada puesta en escena. Ya no se trata más de un alocado instante bestial donde irrumpe lo bajo", dice, explicando las razones de su fascinación.
Las princesas bajo llave
También se fascinó con María Antonieta, de quien trazó un perfil absolutamente novedoso en el ensayo La reina desalmada (1989), uno de sus dos únicos libros traducidos al español. A la imagen instalada de una loquita frívola, lasciva y sanguinaria, Thomas le opone otra, la de una pobre mujer solitaria, aprisionada en estrictísimos códigos de protocolo, en la xenofobia que sus orígenes austríacos despertaban tanto en cortesanos como en revolucionarios y en las permanentes difamaciones que se escribían acerca de ella en los panfletos de la época. La carga de muerte de ese material estudiado al dedillo por Thomas es impresionante, aunque algunos de esos libelos rozan involuntariamente el registro humorístico, sobre todo cuando describen el detalle de las supuestas orgías de María Antonieta.
La autora propone un paralelo con la actualidad. "Su vida no fue libertina. Hasta se podría pensar en algunos puntos en común con Lady Di, una princesa expuesta al poder mediático. La monarquía aún es una forma de gobierno en distintos países, es cierto. Pero creo que sobrevive a través de medios como las revistas del corazón. Allí se pone en escena el fascinante mito de la realeza, que se sostiene en un anhelo similar al de ganarse la lotería y en la idea de que no debemos validarnos por nuestros actos sino que hemos nacido, en esencia, reyes o reinas con dones para hacer lo que se nos antoje. ¿A quién no le gusta verse reflejado en ese espejo?"
A su modo, a Chantal Thomas se le concretó semejante ensoñación, ya que tiene una homónima, una reconocida diseñadora de modas francesa, cuyo nombre aparece seguido en la revista Hola. La coincidencia vuelve a ponerla en estado de carcajadas.
El de Versailles era, según Chantal, un mundo cerrado y fantasmagórico. María Antonieta llegó allí con tan sólo catorce años. El paso de la frontera fue equivalente a un rito de iniciación que Thomas describe así, mientras con sus manos dibuja un plano en el aire: "Construyen un pabellón con dos sectores. De un lado, ingresa como archiduquesa de Austria y la hacen despojar de sus ropas, de sus criados y de todas sus señas de identidad de procedencia austríaca; del otro, la esperan los franceses, que la transforman en su delfina, imponiéndole otro vestuario, otros servidores y nuevos y rigidísimos códigos de protocolo: no podía hablar con cualquiera de cualquier modo, no podía correr y hasta el más mínimo acto cotidiano, como levantarse o ponerse los zapatos, estaba obsesivamente codificado como una gran puesta en escena. La idea era que los reyes fueran tratados como dioses. Por eso Versailles era más una iglesia que un castillo".
El dato contundente de que a María Antonieta prácticamente no la dejaran salir de Versailles la equipara con una rehén y explica su insistencia en ciertas empresas cuasialucinatorias. "El mundo no existía para ella; sólo tomaba entidad bajo la forma reducida y miniaturizada del Petit Trianon -explica Thomas-. Soñaba con recrear allí el universo entero. Hasta llegó a proyectar la construcción de un volcán en erupción."
Su fascinación con el personaje y su modo de trabajarlo podrían haberla invitado a navegar por las aguas encrespadas de algún feminismo radical, sobre todo si se toma en cuenta que en Francia existía una ley que impedía la entronización efectiva de reinas. Thomas contesta "no" vigorosamente con la cabeza: "Entre bambalinas y en un momento determinado, María Antonieta intentó influir en la elección de los ministros y hasta ella misma fue presa de las influencias de los cortesanos que trataban de hacerla reaccionar por sí misma. Pienso que el Ancien Régime fue a la vez un régimen político enteramente dominado por el rey, es decir, un poder masculino; pero en el que las mujeres podían tener una enorme influencia a condición de que no se les dieran cargos oficiales, de que no fueran reconocidas públicamente y de que continuaran en estado de clandestinidad. Es importante subrayarlo, porque sería muy simplista resolver esa diferencia apelando mecánicamente a cualquier teoría de género. La puesta en escena del poder es muy complicada. Siempre".
La escena de la vida
Las referencias teatrales aparecen una y otra vez en el decir de Chantal Thomas: Sade y sus escenas del exceso, María Antonieta y su anhelo de duplicar el mundo en una escenografía, los reyes que actuaban como dioses, Casanova y su vida representada como si se tratara de un gran espectáculo del cual él era protagonista y, a la vez, reflejándose en el espejo de su enorme vanidad, único espectador. También publicó un ensayo sobre Thomas Bernhard. Sin embargo, nunca había pensado en escribir teatro hasta que, mientras trabajaba en la novela Les adieux à la reine, en la que se permitió nuevas licencias acerca de María Antonieta, la emisora France Culture le pidió una pieza radioteatral sobre ese personaje. "Creo que el salto decisivo ocurrió cuando el director Alfredo Arias me pidió un texto breve, de diez minutos, para un espectáculo sobre la relación madre-hijo compuesto por textos de diversos autores -reconoce Thomas-. Luego me propuso extenderlo para convertirlo en esta obra autónoma, Incrustaciones, que se estrenó aquí."
El debut fue más que auspicioso, sobre todo por el humor negro destilado para tratar un tema tan eterno (y a esta altura trillado) como el de Edipo y también por su capacidad para tomarles el pelo a los tics de la vida universitaria, que ella conoce tan bien. Además, hace poco la premiaron por su ensayo Cómo soportar su libertad, también publicado en español, y ya está trabajando en una novela autobiográfica sobre sus años de estudiante. Aventurarse en registros tan distintos demuestra que la pasión de Chantal Thomas por el siglo XVIII no la mantiene prisionera, como María Antonieta, en su amado mundo de Versailles.





