El inglés de la luz
En las salas de la National Gallery, de Edimburgo, J. M. W. Turner confirma sus inigualables dotes de acuarelista.
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POR estas fechas, todos los años se muestra en la National Gallery de Escocia, en Edimburgo, una parte de la colección de Henry Vaughan, formada por unas cincuenta acuarelas de William Turner (1775-1851). Artista romántico inglés por antonomasia -así como lo fue Caspar David Friedrichen Alemania-, Turner emergió como gran acuarelista en la época en que se consolidaba la escuela de acuarelistas ingleses. Por la maestría de sus obras, este grupo fue considerado en el resto de Europa como el exponente más representativo de la pintura inglesa. Lo dicho no desmerece el genio de retratistas como Reynolds y Gainsborough (este último ya entonces incursionaba en el paisaje) o maestros paisajistas como Constable, de la generación siguiente.
Turner era de familia humilde. Su madre, que había enloquecido, murió cuando el artista entraba en la juventud. El padre, peluquero, vivió en la casa-taller de William hasta los 84 años, cuando murió. En todo ese tiempo ayudó a su hijo en los menesteres inherentes a la labor artística, como la preparación de las telas.
A los diez años, Turner hacía dibujos a partir de imágenes que tomaba de grabados. Luego el padre los exhibía en la peluquería y los vendía a sus clientes por algunos peniques. Dada su temprana vocación, siendo adolescente Turner pudo ingresar en la Royal Academy, institución que había sido fundada por Jorge III y que presidía sir Joshua Reynolds. Todavía joven, fue admitido como "miembro asociado" y, poco después, como "miembro de número" de la Academia. Esta institución, en cuyos claustros llegó a ser profesor de perspectiva, jugó un rol de importancia durante toda su vida.
Sus primeras telas recibieron el influjo de Claude, llamado le Lorrain , maestro francés del siglo XVII. Esos trabajos toman la preocupación lamínica como argumento esencial, ya que Claude incluía en sus cielos un sol resplandeciente que baña el resto de la composición. A imitación del francés, que había realizado una colección de grabados con el título de Liber Veritatis , en la que reproducía sus obras para evitar falsificaciones, Turner realizó una serie similar, a la que llamó Liber Studiorum . En la casi totalidad de los casos, William grababa la línea e invitaba a otros grabadores a completarla en mezzotinta. Aprovechando la moda de los almanaques con grabados de paisajes, volcó esfuerzos en ese capítulo expresivo y obtuvo así fama e importantes sumas de dinero, que supo ahorrar gracias a una vida frugal de soltería. Buena parte del interés por esos trabajos se apoya en estudios topográficos. En tanto acuarelista, la mayor deuda de Turner fue para con Alexander Cozens, un ruso que, según rumores, era hijo de Pedro el Grande.
El crítico que mejor llegó a conocer y defender la obra de Turner, John Ruskin, resumió las claves de su carácter de este modo: "Irritable y obstinado (en extremo), honesto, generoso, tierno de corazón (en extremo), irreligioso y sensual". Muy puritano, Ruskin trató de disimular esta última faceta destruyendo los dibujos eróticos a la muerte del pintor.
Joseph Farington, amigo del artista, le preguntó cómo trabajaba las acuarelas y anotó la respuesta en su diario: "No tiene ningún proceso in mente ; va manchando con los colores y moviéndolos hasta que expresan lo que quiere decir." Primero humedecía el papel y luego deslizaba el color sobre la superficie, que de ese modo adquiría la máxima transparencia. El óleo de Turner parte de sus acuarelas, ya que preparaba los fondos en blanco, como lo hacían los prerafaelistas. Luego aplicaba finas capas de color, y así adquirían un carácter traslúcido.
Al finalizar las guerras napoleónicas, Turner pudo viajar varias veces al continente. Fue entonces cuando se enamoró de Venecia, ciudad mágica que inspiró a tantos artistas de diferentes disciplinas. Su paso por los Alpes dio lugar a la tela Aníbal cruzando los Alpes , un himno a lo sublime tal como este concepto se entendía entonces, esto es, como la naturaleza en su máximo fragor. Por ello, pintó marinas durante la tormenta, ilustrando, sin proponérselo, la sentencia de Ruskin, que afirmó que Turner era un profeta que había venido a revelarnos los secretos de la naturaleza. En Roma, rindió homenaje a Rafael. Ya viejo y cansado, tuvo un refugio en Cheyne Walk, junto al Támesis, donde más adelante residiría Whistler.
La obra de Turner es inmensa: dejó trescientos óleos, trescientas acuarelas, diecinueve mil dibujos, además de miles de apuntes en cuadernos y carpetas. En su testamento cedió todo al Estado, a condición de que se construyera un museo donde sus obras permanecieran reunidas. Fue necesario llegar a la última parte de nuestro siglo para ver cumplida esa voluntad de este artista a quien Monet, Degas y Renoir, entre otros, consideraron el verdadero padre del impresionismo.



