El juego de descubrir el arte que encierran las golosinas
Un libro propone una mirada estética a los dulces y sus envoltorios
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¿Puede una golosina, una simple golosina de las que se compran en cualquier quiosco, ser considerada una obra de arte? Parece que sí, o al menos de eso intenta convencer a atentos y desprevenidos Erica Rubinstein, autora del libro "Golosinas argentinas" (Ediciones Lariviére), que se presentará hoy, a las 19, en la sala 6 del Centro Cultural Recoleta, Junín 1930.
A lo largo de 70 páginas, con impresión de gran calidad, es posible encandilarse con un estampado de lunares rojos, que resulta ser el papel celofán que envuelve los clásicos Paragüitas de chocolate, o perderse en una obra a rayas finitas marrones y ocres, antes de descubrir que se trata de montones de bocaditos Marroc -quién no los conoce- alineados cuidadosamente.
"La propuesta -dice esta licenciada en Historia del Arte, de 33 años, que desde hace siete trabaja como productora de muestras en el Centro Cultural Recoleta- es tomar distancia de las golosinas como objetos cotidianos para descubrir el arte que vive en ellas."
Así, el libro con tapas de rabioso color "rosa chicle globo" ofrece a los lectores miradas poco frecuentes de los envoltorios, como un primer plano de la trama estampada del papel de las clásicas Rhodesia , y obras confeccionadas con golosinas. Un ejemplo es, desde luego, el cerebro fabricado con chicles globo mascados, del artista Juan Mathé, o el original velador cuya base es medio alfajor Jorgito , de Sebastián Gordín.
"Además de la cuestión estética, me interesaba trabajar el tema de la identidad a partir de las golosinas, como algo que, en definitiva, forma parte del patrimonio cultural de los argentinos", explica Rubinstein.
Un chicle en medio del baile
¿Cómo nació la idea de trabajar con las golosinas? Es necesario remontarse a la mismísima infancia de Erica Rubinstein, y antes aún, para intentar contestar esta pregunta. La autora del trabajo identifica como posible causa del amor por el tema, los días previos a su nacimiento. "Cuando mi mamá estaba embarazada de mí sentía náuseas al comer cualquier alimento, excepto cuando saboreaba las pastillas M&M . Creo que de ahí viene la cosa", asegura, divertida.
Para Erica Rubinstein, la pasión por los dulces se expresó durante años en el quiosco. Hasta que un día, hace cuatro años, algo ocurrió: "Estaba sola en casa, bailando, pero de repente recordé una foto que me sacó mi mamá a los tres años ,en la que estoy junto con mi hermano, y de mi bolsillo asoma una caja de Chiclets Adams de frutilla -relata-. Fue ése el preciso instante en que nació la idea".
Explica Rubinstein que tras infinitas idas y vueltas, el proyecto de las golosinas prácticamente motorizó hace dos años su regreso desde Nueva York, en donde vivía. Fue entonces cuando se comunicó con el diseñador Nebur para comenzar a trabajar en la obra. Desde entonces, los días de Rubinstein se convirtieron en una inagotable recorrida por las empresas que fabrican golosinas, coleccionistas de todo tipo y, desde luego, quioscos... cientos de quioscos para probar cada una de las delicias que ofrecen.
"Es difícil que al pararme frente a uno de ellos, encuentre alguna golosina que no haya probado", asegura Rubinstein, y confiesa que le gustaría diseñar envoltorios y ser convocada para catar dulces antes de su lanzamiento en el mercado.
"De cualquier modo -continúa- el tema para mí tiene varios formatos. Uno es este libro. Otro, el mural que se exhibe actualmente en la muestra Arte al plato y ya existe un juego memo test con las imágenes. En el futuro espero poder montar una exposición con objetos como los que se exhiben en el libro, incluso hacer una edición ampliada o un segundo tomo."
Para terminar, es casi una picardía no preguntarle a Erica Rubinstein cuál es su golosina favorita. La respuesta es inesperada: "He pasado por diferentes etapas, en las cuales me ha gustado una u otra, pero siempre he sido una fanática de los huevos de Pascuas de quiosco, no los de confitería".
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