El látigo de Dios
E scena I: Víctor, estereotipo del escritor fatuo, autoritario y falsamente extravagante, acaba de destrozar el trabajo de la joven aspirante, delante de sus pares y habiendo leído apenas la primera oración. El gesto es desmedido y arbitrario. Apichonados en torno a la mesa de trabajo, guardan silencio los tres alumnos restantes del seminario. El gurú les pide su opinión sobre el cuento de la compañera crucificada. A su turno, cada uno va soltando elogios huecos, los clisés del comentario banal y atragantado de jerga que pretende pasar por crítica. El maestro los mira fijo y los acusa de ser unos hipócritas. Simplemente están tratando de congraciarse con la desdichada, de darle ánimo porque en el fondo saben que lo que escribió es malo y la tranquilidad que les da esa certeza les permite ser generosos. "Si la historia fuera buena, la odiarían", remata Víctor.
Escena II: Mara, la autora del cuento desahuciado, se queda a solas con uno de sus compañeros. Él se burla de que la chica haya pasado seis años trabajando en el mismo texto. La respuesta ingenua de Mara desarma un lugar común (éste sí verdaderamente hipócrita) de maestro de taller literario: "Me pasé seis años escribiendo la misma historia porque cada vez que la mostraba me decían que estaba bien, pero que la tenía que seguir trabajando".
Los elegidos, la obra teatral que protagonizan Jorge Marrale, Benjamín Vicuña y Vicky Almeida en el complejo La Plaza, muestra con eficacia la fragilidad íntima de todo escritor, sus vaivenes emocionales. Encerrados en su mundo, Víctor y sus alumnos son tan capaces de la solidaridad como del egoísmo más cruel. Y pasan sin gradación del prejuicio obtuso a la agudeza intelectual, de creerse genios a depender patéticamente de la aprobación del otro. Resulta llamativo ver a la sala (llena) seguir con interés las pequeñas miserias y alegrías que tejen la trama humana oculta detrás de la obra literaria. Hasta hace treinta o cuarenta años los escritores argentinos eran personalidades públicas; se los consultaba sobre cuestiones de actualidad y su opinión tenía peso político. Ahora parecen replegados en la esfera privada, en el trabajo de la propia voz. Y es en ese ámbito donde se mueven los personajes de Los elegidos.
En el prefacio de Música para camaleones Truman Capote hizo una de las más bellas reflexiones sobre la búsqueda solitaria del escritor. Allí cuenta que comenzó a escribir a los ocho años, y que al principio se divertía mucho. Pero advierte: "Cuando Dios nos ofrece un don al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación". La diversión se acabó cuando Capote descubrió la diferencia "entre escribir bien y mal". "Y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir muy bien y el verdadero arte. Una diferencia sutil pero feroz. Después de eso, cayó el látigo". En ese momento, también, comenzó la felicidad del lector.





