
“El Macciò menos pensado”: vuelve a detonarse en Buenos Aires un “combo explosivo”
Una muestra antológica del artista fallecido en 2016 reúne más de medio centenar de obras en el Museo Nacional de Bellas Artes; coincide con otra exposición de sus dibujos en la galería Vasari
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“Tiene algo magritteano”, dice a LA NACION Florencia Battiti sobre la pintura de Rómulo Macciò que sorprende en la entrada de la muestra antológica que se inaugura hoy en el Museo Nacional de Bellas Artes. La curadora de la exposición se refiere al vínculo entre Nube ojo (2015), obra realizada por el artista argentino un año antes de morir, y la de su colega belga fallecido casi medio siglo antes, el surrealista René Magritte.
“Esta imagen tiene una ambigüedad que me gustó para iniciar la exposición porque revela un Macciò que no es el que todo el mundo espera ver. Es quizás el un Macciò menos pensado, el menos visto”, agrega mientras semana esa nube que flota junto a un ojo y unos labios, sobre un fondo celeste. Justo al lado se exhiben algunas de sus últimas obras: fotografías intervenidas con pintura hace una década. Con el mismo espíritu experimental con el que realizó los modelos de dos esculturas fundidas después de su sorpresiva muerte, en un taxi porteño.

La despedida final del artista se realizó en este mismo edificio ubicado sobre la Avenida del Libertador, donde sus obras se expusieron en 1963 y 2011 junto a las de sus colegas de la Nueva Figuración, y protagonizaron otra antológica en 2007. Entre las 54 que se exhiben ahora se cuentan muchas realizadas desde entonces que revelan nuevas facetas. Como Niebla en el Riachuelo (2001), una pintura casi abstracta con pequeñas luces que resaltan entre varios tonos de gris.

“Todas pertenecen a colecciones particulares y del museo”, aclara Marina Pellegrini, última pareja de Macciò y codirectora de la galería Vasari, que le dedica hasta febrero una muestra paralela. Como pieza central, se exhibe por primera vez un importante conjunto de dibujos que formaron parte del libro Choripzus, publicado en 1970 por Editorial Sudamericana y prohibido en dictadura.

De esta manera se vuelve a encender en Buenos Aires lo que Battiti define como “un combo explosivo”: “No es común en la escena local que un artista tenga rápidamente la valoración de sus pares, de la crítica especializada y del mercado, además de legitimación institucional –explica-. Porque cuando [Jorge] Romero Brest invita al grupo a exponer acá, los artistas contemporáneos no solían exhibir en el Bellas Artes”.

Ese mismo año, a los 32, Macciò recibió el Premio Internacional Torcuato Di Tella y representó al país por primera vez en la Bienal de San Pablo, a donde volvería en 1985. También expuso dos veces en la de Venecia (en 1968 y 1988), y una en la de París (1969). Pintor autodidacta, a los 14 a trabajar en una agencia publicitaria –llegó a ser director de arte en De Luca y en J. Walter Thompson- y a los 25 tuvo su primera exposición individual en la galería Galatea. “Bohemio, temperamental, bon vivant e irreverente, Macciò es uno de los más importantes artistas de la segunda mitad del siglo XX en la Argentina –dice el catálogo que acompaña la exposición-. Ciudadano del mundo, a lo largo de su vida residió en París, Madrid, Londres y Nueva York”.

Una cámara pocket, una libreta con los contactos de sus conocidos y una lupa colgada del cuello para leer los menús era lo que llevaba cuando salía a caminar por esas ciudades este flâneur cosmopolita con porte de galán de Hollywood y agudo sentido del humor. Así como en Buenos Aires tuvo talleres en La Boca, en Manhattan trabajó en un loft ubicado en la zona de Wall Street. Desde allí caminaba hacia el río y hasta el restaurant Grand Central para comer sus célebres ostras. También frecuentaba el P. J. Clarke’s, bar fundado en 1884 que protagoniza uno de sus cuadros, donde pedía una de sus bebidas preferidas: el clásico Martini.

Como “una olla a presión a doscientos grados”, donde “está todo lo mejor y lo peor del mundo” definió Macciò a esa capital del arte, que retrató en decenas de pinturas. Esas escenas callejeras tuvieron su propia muestra en 2019, en Colección Amalita, también con curaduría de Battiti y diseño de montaje de Juan José Cambre. Hay tres de ellas en la exposición actual, que incluye además otras icónicas como La momia (1963), ganadora del Premio Internacional Torcuato Di Tella, y Esquemas (1967), reconocida con el Primer Premio del LVI Salón Nacional de Artes Plásticas. Estas dos últimas pertenecen a la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, así como otras tres compradas hace dos años en arteba gracias al aporte de su Asociación de Amigos.

Una mención aparte merece Armas ocultas (1969), que representa a un militar con senos y una cola felina. “Claramente, hay un comentario político y de género –señala Battiti-, Es un personaje travestido, híbrido, porque es medio humano y medio animal. Pero lo más interesante es algo que ya había usado en otras obras: esas solapas de papel que remiten a unos juegos de la época, porque se usaban para vestir a las muñecas”.

Casi tres décadas después, en Mar del Plata, un estudiante veinteañero se topaba con un libro y descubría una nueva manera de ver. “Conocía más su nombre que su pintura –recuerda en el catálogo Matías Duville, actual representante de la Argentina en la Bienal de Venecia-. En mi cabeza sus cuadros se mezclaban con los de otros artistas de su generación. Pero empiezo a pasar las páginas y tengo la impresión de que esas obras obedecen a otra ley. La pintura parece haber decidido independizarse de las cosas. Los cuerpos no ocupan un lugar: emergen y se hunden en el fondo. Los colores arrastran materia. Llega un momento en que color, materia y forma son una misma cosa. Los elementos dejan de cumplir un papel definido. Todo parece salir de una misma fosa invisible, que por momentos se vuelve espesa y luminosa para volver a hundirse un instante después. Imagino que ese libro es como una tarjeta navideña que, al abrirse, desata una tormenta de sonido y color en medio de un paisaje gris”.
O un cóctel explosivo, que se detona otra vez.

Para agendar:
Rómulo Macciò. La pintura como destino. Obras 1960-2016 desde hoy a las 19 hasta el 14 de febrero en el Museo Nacional de Bellas Artes (Av. Del Libertador 1473), con entrada gratis.



