"El miedo se ha vuelto parte de la democracia"
Saskia Sassen describe la desigualdad del mundo global
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Aunque suene paradójico, la globalización no es uniforme. Incluye a algunos y deja afuera a otros, traza fronteras que no respetan los límites entre países, genera nuevas clases sociales y, lejos de volverlos obsoletos, obliga a los Estados a asumir un papel activo.
Así mira el mundo global la socióloga holandesa Saskia Sassen, empeñada desde hace décadas en abandonar las generalizaciones y demostrar cómo la experiencia global transforma la vida cotidiana de las personas y, en particular, los espacios urbanos. La "ciudad global" es, de hecho, su marca conceptual.
Ciudadana nómade ella misma, graduada en sociología y economía, posgraduada varias veces en distintas disciplinas y países, Sassen -que vive entre Londres y Nueva York- fue profesora de la Universidad de Chicago y volverá en breve a la de Columbia, en los Estados Unidos.
Amable y en perfecto español -vivió varios años en Buenos Aires-, Sassen dialogó con LA NACION antes de su conferencia, ayer, en la Feria del Libro, donde presentó Una sociología de la globalización (Katz).
-¿Cuál es la imagen de nuestra vida urbana que mejor sintetiza la experiencia global?
-Creo que es la creciente huella urbana que dejan los dos extremos. Por un lado, la zona glamour de las ciudades, cuya expansión se puede medir en kilómetros, y por el otro, la "villa global", que también expande su huella. El sector medio (la vieja clase media y la trabajadora) está ahí, puede ser el mayoritario, pero no está haciendo la historia. En las ciudades globales estas distinciones se dan de manera extrema. Nueva York, la ciudad más rica de Estados Unidos, tiene el nivel más alto de pobres oficialmente contados.
-¿Esta geografía transnacional está reemplazando la distinción entre países desarrollados y subdesarrollados?
-Sí, es una geografía que corta a través de viejas modalidades, pero no las elimina. Hay diferencias entre los países, por ejemplo en infraestructura y servicios públicos, pero los centros ricos de las ciudades forman parte de una nueva geografía de la centralidad que los conecta más a Nueva York, a Miami o a París que a sus entornos. Lo mismo con los marginados. Existe una geografía transnacional de la marginalidad; la diferencia es que no tienen los recursos para generar sus vinculaciones. El activista ambiental o de derechos humanos tiene conciencia de que en otros lugares del mundo hay personas como él, aunque nunca viaje.
-Hay una experiencia creciente de establecimiento de fronteras en el espacio urbano. ¿Es una constante de la ciudad global ?
-Sí. Hay barreras visibles, como los countries y los edificios de lujo, pero otras no se ven. Siempre hubo pobreza, pero antes había graduaciones, un terreno intermedio activo, que ocupaba una creciente clase media. Ahora esa clase media ya no es un factor activo en generar puentes, porque se va empobreciendo.
-Hay una sensación de miedo que se ha vuelto cotidiana. ¿Tenemos que acostumbrarnos a ella?
-Hay distintos tipos de miedos. Hay un miedo que es instrumento de poder de los gobiernos, como hoy se utiliza en Estados Unidos. Es una manera de "pacificar" al ciudadano, en un sentido negativo. El ciudadano ya está reducido a consumidor de la política y ahora lo vuelven pusilánime. Otra modalidad son ciertas formas de violencia urbana, como el vandalismo o los enfrentamientos que se dieron en ciudades europeas, a través de las cuales se expresan los actores que se sienten invisibles. Y finalmente la delincuencia, que surge de la desesperación. El efecto total es que el miedo se ha vuelto parte del funcionamiento de las democracias liberales.
-¿Cómo afecta la globalización a los Estados nacionales?
-El Poder Ejecutivo gana poder. Cuando un país ingresa en tratados comerciales internacionales tiene que generar nuevas modalidades de regulación y estructuras. Ahí se alinea con actores globales, con quienes dialoga. Al mismo tiempo, el Legislativo pierde funciones y la capacidad de controlar al Ejecutivo frente a esos sectores económicos.
-Perdemos los ciudadanos.
-Creo que sí. El Poder Legislativo tiene que empezar a trabajar porque es necesario reforzar los derechos de los ciudadanos. Mientras los grandes organismos internacionales sólo quieren negociar con el Ejecutivo, el Legislativo se vuelve más y más doméstico. Los legisladores tienen que empezar a desarrollar lazos internacionales con otras legislaturas.



