
El misterio de los espejos
En ocasión del estreno de El impostor, basado en el cuento homónimo de Silvina Ocampo, la autora de esta nota enlaza el tema del doble que obsesionó a Silvina durante un tiempo y la última sesión de fotos a la que se prestó. También revela la existencia de un guión de Manuel Puig, probablemente perdido, sobre el mismo relato.
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Las fotografías, los espejos, y las imágenes que estos reflejan, fueron uno de los móviles estéticos de no pocos escritores argentinos. Silvina Ocampo, Borges, Enrique Banchs, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, especialmente conmovidos por esa visión real duplicada, hicieron de la imaginación un ejercicio para descifrar los misterios del hombre y del universo.
La imagen del espejo, reflejada como el quiasmo en la retórica, es lo extraño que nos lleva a descubrir un enigma, esa otra realidad que vive en lo insospechable. Silvina Ocampo interroga la propia identidad en el poema "La cara apócrifa" (Amarillo celeste) a través de una serie de fotografías perdidas en el pasado, que va enumerando y con las que compone una especie de autobiografía poetizada: En la octava el mar
y la irisada luz del sol la acompaña ¿dónde está?
No se ve. Por eso está bien.
En la novena, dos leones en Roma
escupen agua en una fuente acompañando sus primeras arrugas.
No. Miento. No son sus primeras arrugas.
¿En qué momento nacen? Nunca se sabe.
Pero muchas acuden a la ceremonia de la fotografía.
En la décima ¿dónde está? Ya tomó la costumbre de esconderse.
La inmovilidad de la foto -observa Rolando Barthes (La cámara lúcida)- es como el resultado de una confusión perversa entre dos conceptos: lo Real y lo Viviente, atestiguando que el objeto ha sido real, la foto induce subrepticiamente a creer que es viviente.
La foto de Silvina, Bioy y mía que ilustra esta nota me recuerda una mañana luminosa del verano de 1990. Un día domingo, Bioy, Mariano Roca y yo caminábamos por la plaza San Martín de Tours buscando buenos lugares para posar. Mariano, con su mirada de fotógrafo, sugería. Bioy y yo descubríamos un árbol, unas flores, un banco de plaza y elegíamos otros marcos para las fotos. Cuando volvimos a casa de los Bioy, fuimos al escritorio de Adolfo y allí apareció Silvina. Alguno de nosotros, Bioy, quizás Mariano o yo, pidió más fotos, esta vez con ella.
En algunas Bioy y yo estamos tentados de risa porque sospechábamos, no sin razón, que Silvina haría una de las suyas, llevada por su pudor de querer ocultarse de las cámaras. Bioy se lo advirtió: "Ahora, Silvina, no vayas a hacer alguna cosa de esas que vos haces para estropear la foto". Y así él y yo aparecemos sin disimular la gracia que nos causaban esas travesuras de Silvina.
No imaginábamos entonces que esas serían las últimas fotos de Silvina. Ya hacia fines de 1990, cuando apareció publicado "El ramito" (relato), cuya tapa llevaba el retrato que Silvina me había hecho especialmente, se lo llevé; ella ya no me reconocía. Al poco tiempo de aquellas fotos Silvina había enfermado. Hacía casi diez años de nuestras conversaciones sobre "El impostor" y los cuentos que lo acompañaban en Autobiografía de Irene: "Epitafio romano", "La red", "Fragmentos del Libro Invisible" y el homónimo "Autobiografía de Irene". Desde su primer libro de cuentos, Viaje olvidado (1937), Silvina dejó pasar once años sin publicar relatos hasta Autobiografía de Irene (1948). La distancia entre un libro y otro es tan evidente como podría advertirlo hoy el lector si Viaje olvidado no estuviera agotado desde la fecha de su aparición. Comenté a Silvina en aquellos años en que nos reuníamos para grabar y escribir Encuentros con Silvina Ocampo que lo más extraño de "El impostor" era la distancia del sujeto que rompía tan abruptamente con el estilo de la primera persona confidente y secreta de Viaje olvidado. En el libro de cuentos Autobiografía de Irene el sujeto está como ausente. Sin duda, en los largos años de silencio narrativo que iban de 1937 a 1948 Silvina preparaba la perfección de este libro.
La nouvelle "El impostor", con la secreta trama del doble en los personajes de Armando Heredia y Luis Maidana, desarrolla un tópico corriente del existencialismo: el espía que es espiado,"persecuté, persecuteur".
En los estudios que dediqué a la obra de Silvina (Invenciones a dos voces, Ficción y poesía en Silvina Ocampo) observaba que la sintaxis de la narración, el léxico culto, la incertidumbre de que se trate de un sueño o una historia lo que sucede al protagonista, la buscada poética del artificio, la exigencia de la colaboración del lector para elegir los finales posibles y cerrar la historia que se narra, manifiestan una remodelización del patrón narrativo borgeano. Hubo un guión cinematográfico de "El impostor" que había escrito Manuel Puig y del que Silvina solía hablar lamentándose de que ese proyecto hubiera quedado en la nada. Este magnífico cuento muestra que la escritora comparte estrechamente la estética de Borges. Silvina esperó once años más para revelar el personal estilo narrativo de La Furia (1959) y Las invitadas(1961). Menos atentos a la perfección del relato que a la originalidad y audacia de las rupturas del mismo, estos libros alcanzarán más tarde su mayor grado de libertad en los relatos abiertos de Y así sucesivamente (1987) y Cornelia frente al espejo (1988).
En el corriente año universitario toda Francia leyó los cuentos de La Furia, lectura compartida con Alguien que anda por ahí de Julio Cortázar. En la participación que tuve en el Congreso sobre el relato fantástico que en París organizó el Criccal (Centre de Recherches Interuniversitaire sur les Champs Culturels en Amérique Latine), en las clases y en las conferencias que di en la Universidad de Toulouse, en las de Caen, Lyon y Montpellier, pude seguir el interés, el deslumbramiento, el placer de los nuevos lectores de Silvina Ocampo que, entregados a la audacia de su imaginación, me preguntaban si en nuestro país se la leía mucho. Debí dar las razones de un olvido no tan ingenuo y augurar su merecido reconocimiento.
Por Noemí Ulla
Buenos Aires, 1997


