
El mundo narco por un detective salvaje
<b> El hombre sin cabeza <br></br> Sergio González Rodríguez </b>
"Con Sergio González Rodríguez iría a la guerra", escribió Roberto Bolaño. La guerra de Bolaño era 2666 , su monumental obra inconclusa, donde el propio González Rodríguez aparece como personaje e informador clandestino de la vida cotidiana en Ciudad Juárez y Tijuana. La guerra del crítico, ensayista y narrador mexicano es igual o más ambiciosa: avanzar hacia una lectura cultural del narcotráfico, hallar una tradición en la barbarie y dibujar las múltiples dimensiones de un horror que sólo el año pasado produjo 5200 ejecuciones, un promedio de 17 secuestros por día, 312 asesinatos con mensajes criminales y al menos 170 decapitados. La primera batalla fue Huesos en el desierto (Anagrama), la brutal crónica que analiza el origen y el impacto de los feminicidios en Ciudad Juárez. La segunda, quizás la definitiva, es El hombre sin cabeza , el inclasificable y notable ensayo de aliento periodístico en el que los protagonistas son los cuerpos decapitados por la violencia del narcotráfico, todo un novedoso código del espanto que González Rodríguez piensa como un lenguaje donde se expresan y juegan no pocos de los significados de la contemporaneidad. Ni más ni menos, el idioma de la guerra.
No parece descabellado ver en El hombre sin cabeza al epílogo lateral e inesperado de 2666 , el espejo literario en el que Bolaño se hubiera gustado ver, el horizonte de sociología cultural con el que el autor de Los detectives salvajes se hubiera permitido soñar. Tanto Bolaño como González Rodríguez indagan en "la fuerza compleja de la barbarie que encubre la cultura y la civilización contemporáneas", y ambos coinciden en un diagnóstico que tiene mucho de programa intelectual. "Contra la ideología de lo "indecible" -apunta González Rodríguez-, lo "inenarrable", lo "incomprensible" en otras palabras, el imperio de lo arcano, se requiere exponer e imaginar la barbarie para contrarrestarla". Huesos en el desierto y El hombre sin cabeza se complementan en esa aventura, y el resultado es una pareja libresca que interviene con fuerza en la idea contemporánea de belleza y reconstruye peligrosos y ciertos lazos entre la historia y la geografía de un lugar y los modos y costumbres de sus peores delincuentes. Mapa y palabra que surge justo allí donde otros han dicho que el lenguaje encuentra sus límites, El hombre sin cabeza se hunde en el horror, recuerda que la decapitación entra a la Modernidad con la revolución (francesa) y el progreso técnico (la higiene científica de la guillotina) y a partir de allí sigue las insólitas huellas de lo que según el autor sería "una nueva cultura tecnopánica". La decapitación masiva es el síntoma de "la potencia depredadora que retorna". Los dioses se agotan, abandonados a "la alternancia sagrada". Y, mientras tanto, en Uruapan (México), sicarios disfrazados de policías entran a una discoteca y arrojan cinco cabezas humanas sobre la pista de baile. "Al perder su cuerpo, todos los decapitados tienden a la semejanza", escribe el autor. Este libro valiente y en el límite del estudio cultural gore restituye la identidad historiográfica de ese horror impávido y caníbal. El tajo en el cuerpo es el eco de la grieta intelectual que este libro abre para pensar desde el lugar de lo impensado. Los detectives salvajes terminaba con una ventana; no en vano El hombre sin cabeza acaba en una grieta para la que ya no hay ventanas posibles.
© LA NACION





