El otro murakami
Se llama Takashi y no es el autor de Tokio Blues sino de la última línea de carteras de Louis Vuitton y de una mega en Bilbao
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En la misma senda que el iconoclasta Jeff Koons, ex marido de la Cicciolina y creador de Puppy, un perro gigante hecho con flores que custodió por años la puerta del Guggenheim de Bilbao, Takashi Murakami explora el universo del cómic norteamericano, siente distancia y extrañamiento de su propia cultura y, en sus trabajos, perfora intencionalmente la delgada línea roja que separa la moda del arte. Además de su propia empresa de merchandising lanzó, por invitación del diseñador Marc Jacobs, una línea de carteras para Louis Vuitton con ojitos, bocas, flores y un colorido "primaveral" que contrasta con los tonos severos tradicionales de la griffe .
No es la primera vez que la marca francesa busca asociar su logo con el arte. Lo hizo, y con mucho éxito, en el último otoño boreal al patrocinar la muestra Picasso y los maestros , que fue un suceso de público y de rebote mediático. Considerada por lejos la más exitosa de la historia, debió permanecer abierta en forma ininterrumpida las últimas 72 horas para dar cabida a las colas interminables que pugnaban por contemplar en el Grand Palais las obras del cubista malagueño junto a los retratos de Velázquez, Goya, Tiziano y El Greco.
Dos meses atrás, Vuitton puso el pie en el acelerador del marketing al contratar a Madonna como la nueva cara del emporio de accesorios. Enfundada en unas botas de pirata, contra el fondo decadentón de un bar de la Costa Oeste de los Estados Unidos, fue fotografiada por Steven Meisel. La placa le costó una fortuna, porque la chica material no hace nada por cifras que tengan menos de seis ceros.
Murakami nació en Tokio en 1962; es doctor en Bellas Artes, graduado con honores en la Universidad de Tokio. Vive y produce en los Estados Unidos y en Japón. Dicho por él mismo, se vio beneficiado por la crisis de los años noventa que dejó fuera de combate a los compradores millonarios nipones, dueños de los yenes y de Van Gogh. La debacle económica obligó a fijar la atención en artistas jóvenes que estaban saliendo del cascarón. ...l salió muy rápido, aunque los observadores más ortodoxos cuestionen sus métodos de comercialización y se pregunten si gente como Murakami, Hirst y Koons no está más cerca del mundo de los negocios que del arte. Todo un tema.
La carrera del japonés en el mercado internacional ha sido imparable. Tiene galeristas en Londres y en Nueva York; Sotheby´s vendió uno de sus muñecos por 15 millones de dólares en mayo de 2008, justo antes de la apertura de la feria ArtBasel. El "efecto" se hizo sentir de manera inmediata: vendió una escultura gigantesca de aluminio en seis millones de francos suizos y montones de copias tamaño pocket del muñeco con cara de ET destinadas a una clientela de billetera menos boyante.
El efecto Takashi Murakami es noticia hoy por la exposición inaugurada en el Guggenheim de Bilbao, una retrospectiva de 90 obras realizadas en los últimos 20 años. Natividad Pulido, del ABC , cuenta que Murakami decidió ser artista luego de haber visto un cuadro de Goya con un monstruo que emerge amenazador de un entorno salvaje (N. de la R.: ¿Hablaría del Coloso que fue declarado un No Goya?).
Lo que no explica el artista nipón es dónde aprendió las leyes del mercado, área en la que se mueve como pez en el agua, como lo hicieron antes Picasso y Salvador Dalí. De este último siempre circula la versión del anagrama que se puede formar con las letras de su nombre: Avida Dollars. Artista convertido en personaje, Murakami fue elegido por la versión japonesa de la revista GQ como "el hombre del año", distinción que deberá compartir con Mr. Dob, el álter ego creado en los noventa para paliar su complejo frente a la producción frenética de artistas británicos y alemanes.
El cómic, el manga y la animación han sido los refugios de un artista que, tras la derrota de Japón ante los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, hizo propia la cultura del vencedor, algo tan antiguo como Roma y Grecia. Entres sus piezas de colección se encuentra una variante de Barbie, rubia, de piernas largas, caderas estrechas y ojos verdes como las muñecas porteñas de Di Girolamo.



