
El palacio de cristal de Marie-Laure de Noailles
La casa de la mecenas que encargó muchas de las obras maestras del siglo XX convertida en museo de la firma Baccarat
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La inauguración de la nueva boutique y museo de la firma de cristales Baccarat se ha convertido en uno de los acontecimientos culturales más comentados de París. El hecho, a primera vista, parecería tener un significado meramente comercial. Pero Baccarat no se mudó a un lugar cualquiera de la capital francesa, sino que adquirió el antiguo palacio donde vivieron, entre 1920 y 1960, los vizcondes Charles y Marie-Laure de Noailles, en el 11 de la place des Etats Unis. Los Noailles convirtieron ese hôtel particulier en el centro de la vida cultural parisiense a principios del siglo XX. En esos nobles espacios, Marie Laure, como todos la llamaban en el Tout Paris de la época de entreguerras, recibió a las personalidades más importantes del mundo artístico y social de esas décadas. Ella descendía por su padre de una familia de banqueros fabulosamente rica y, por su madre, del marqués de Sade. Además, una de las mujeres de su familia había inspirado a Marcel Proust el personaje de la duquesa de Guermantes.
La vizcondesa de Noailles fue quien dio el dinero a Luis Buñuel para que filmara La edad de oro y a Jean Cocteau, para que realizara La sangre de un poeta. También ayudó a Salvador Dalí en sus comienzos y fue la mecenas por excelencia de los artistas y escritores surrealistas. En los salones del palacete, Marie-Laure organizó algunos de los bailes más originales del siglo XX, entre ellos el Baile de los Materiales (todo el mundo debía ir vestido con ropa hecha con las materias más extrañas. Los invitados utilizaron desde celofán hasta las sedas más raras) y el Baile de la Luna y el Mar.
Para adaptar el edificio a sus nuevas funciones de boutique y de museo, Baccarat llamó al designer Philippe Starck, que convirtió la venerable construcción en un palacio de cristal.
La alfombra, que parte desde la gran entrada de dos hojas, está sembrada de fibras ópticas. Uno tiene la impresión de caminar por un sendero iluminado por diamantes. Imponentes espejos con candelabros de grueso cristal, en forma de manos que se tienden o de cuerpos de mujeres, escoltan al visitante hasta el hall de la planta baja donde nace la célebre escalera en la que antes colgaban obras de grandes maestros del pasado y del arte contemporáneo. Al pie de esa escalera, Starck ha colocado una silla gigantesca de cristal tallado para indicar que se va a ingresar en un mundo mágico como el de Alicia en el país de las maravillas.
Las salas de ventas se encuentran en la planta baja. En la principal hay una mesa de espejo de trece metros de largo, sobre la que se expone parte de la colección de la temporada. Las piezas especiales se exhiben en los nichos de las paredes. También hay un cuarto reservado para la venta de joyas donde se ven, sobre pedestales esculpidos, desde anillos hasta carteras de pieles decoradas con vidrio trabajado.
Frente a la silla de Alicia hay un tronco de árbol en el que Starck ha colocado respaldos para que la gente se siente. En el primer piso, está el museo. Llama la atención un enorme candelabro de pie encargado por el último zar. Desde fines del siglo XIX, Baccarat tenía un horno reservado solamente para los encargos de la familia real rusa. En las vitrinas, hay servicios de mesa, floreros, y copas, creadas para los reyes de Inglaterra y de España, para Napoleón, Luis XVIII, Maria Callas, Jackie Kennedy y Aristóteles Onassis, entre otros.
Cada ambiente está iluminado por bellísimas arañas (algunas giratorias) de decenas de luces, rodeadas por un bosque de caireles magníficamente tallados. La sala de baile se conserva tal como era en tiempos de Marie-Laure. La boiserie, pintada en Nápoles en el siglo XVIII por un alumno de Tiepolo, ha sido restaurada, así como los estucos dorados. Es el espacio más hermoso y refinado del palacio. Como contraste, Starck puso sobre el parquet filas de cubos de paja, que se utilizan como bancos. Cada uno de ellos está cubierto por un almohadón de satén gris perla.
Las paredes de la casa que perteneció a los Noailles muestran el cemento desnudo para crear una sofisticada oposición entre ese detalle tosco y el lujo del conjunto. Ese choque deliberado de estilos también se aprecia en el restaurant del museo-boutique, en la Cristal Room, donde los paneles de espejos alternan con fragmentos de muro de ladrillo. El tono irreverente y al mismo tiempo señorial del conjunto es un homenaje al espíritu rebelde de Marie-Laure.
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