El poder estremecedor del azar y las coincidencias
En Experimentos con la verdad (Anagrama), el autor de La trilogía de Nueva York reúne una serie de ensayos y de entrevistas donde despliega su visión sobre la literatura y la vida. Del diálogo que mantuvo con Larry McCaffery y Sinda Gregory se publican fragmentos en los que habla de los hechos biográficos que alimentan su obra, desde la herencia que le permitió consagrarse a las letras hasta un episodio en el que la muerte lo rozó, pero terminó por elegir otra víctima
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Larry McCaffery: - En cierto punto de El Palacio de la Luna, Marco Fogg dice que la función del arte es "comprender el mundo y encontrar un lugar propio en él". ¿Es eso lo que significa para usted escribir?
Paul Auster: -A veces. A menudo me pregunto por qué escribo. No es sólo para crear obras hermosas o relatos entretenidos. Es una actividad que parezco necesitar para sobrevivir. Me siento muy mal cuando no lo hago. No es que escribir me produzca un gran placer, pero es mucho peor si no lo hago.
Sinda Gregory: - Los argumentos de sus libros siempre se han basado más en la casualidad y la sincronía que en la causalidad propia de la mayoría de las obras de ficción. Esto es mucho más evidente en sus novelas, El Palacio de la Luna y La música del azar . ¿Es esta preeminencia del azar el resultado de su propia concepción de la vida (su "filosofía personal") o lo considera un enfoque con interesantes aplicaciones estéticas?
PA: -Desde un punto de vista estético, la introducción de elementos de azar en una obra de ficción tal vez cree más problemas de los que resuelva. He recibido muchas críticas por esto. Yo me considero un realista en el sentido más estricto de la palabra. El azar es parte de la realidad, continuamente nos vemos transformados por las fuerzas de la coincidencia, lo inesperado ocurre en nuestras vidas con una regularidad casi paralizante. Y, sin embargo, existe una idea generalizada de que las novelas no deberían abusar de la imaginación. Todo lo que parece "improbable" se considera necesariamente forzado, artificial, "irrealista". No sé en qué realidad ha vivido esta gente. [...]
LM: - Yo diría que sus libros no usan la coincidencia en un esfuerzo por "uniformar las cosas" o crear la típica y manipulada ilusión de los escritores realistas de que todo puede ser explicado. Sus libros parecen referirse fundamentalmente al misterio y la coincidencia, de modo que éstos funcionan casi como principios rectores que chocan de forma constante con la causalidad y la racionalidad.
PA: -Exactamente. Cuando hablo de coincidencias, no hablo de un deseo de manipular. En las obras de ficción mediocres del siglo XVIII y XIX esto ocurre a menudo: estratagemas rutinarias para crear la trama, la necesidad de enlazar todos los elementos, los finales felices en que todos acaban por estar emparentados con todos. No, me refiero a la presencia de lo imprevisto, la naturaleza esencialmente sorprendente del ser humano. De un momento a otro puede suceder cualquier cosa. Las convicciones de toda una vida sobre el mundo pueden desaparecer en un segundo. En términos filosóficos, hablo del poder de lo fortuito. Nuestras vidas no nos pertenecen, pertenecen al mundo, y a pesar de nuestros esfuerzos por comprenderlo, el mundo va más allá de nuestra capacidad de comprensión. [...]
Lo desconocido
SG: - ¿A qué tipo de cosas se refiere? ¿A pequeñas cosas, como una llamada telefónica equivocada (que inspira el argumento de La ciudad de cristal ), o a algo más insólito, como encontrar por casualidad a su padre en El Palacio de la Luna después de muchos años?
PA: -Me refiero tanto a las pequeñas cosas como a las grandes. Conocer a tres personas llamadas George en un mismo día. O registrarse en un hotel y que el número de la habitación coincida con el de la casa de uno. Hace siete u ocho años, mi esposa y yo fuimos invitados a una cena en Nueva York, y en la mesa había un hombre encantador, muy educado, con gran inteligencia y sentido del humor, un sorprendente orador que cautivó a todos los comensales con sus relatos. Mi esposa se educó en un pequeño` pueblo de Minnesota y en un momento dado pensó: "Para esto he venido a Nueva York, para conocer a personas como ésta". Más tarde, todos comenzamos a hablar sobre nuestra infancia y los sitios donde habíamos crecido y dio la casualidad de que el hombre que la había hechizado, el que ella había considerado una encarnación de la sofisticación de Nueva York, procedía del mismo pueblo de Minnesota que ella. ¡El mismo pueblo! Era increíble, como algo sacado de una novela de O. Henry.
Estas son coincidencias y es imposible saber cómo interpretarlas. Uno piensa en un viejo amigo, alguien a quien no ha visto en veinte años, y dos horas después se lo encuentra en la calle. [...] ¿Casualidad, destino o simples matemáticas, un ejemplo práctico de la teoría de las probabilidades? El nombre no tiene importancia. La vida está llena de hechos como éstos. [...] Nos topamos con lo desconocido a cada rato. Creo que mi tarea consiste en permanecer abierto a estos choques, mantenerme alerta ante estos misteriosos sucesos del mundo.
LM: - Cuando dice que su tarea como escritor consiste en permanecer abierto a estos choques que ocurren a nuestro alrededor, ¿sugiere que sus obras suelen inspirarse en misterios que ha experimentado directamente, o la base autobiográfica de su obra es menos literal?
PA: -Soy un escritor esencialmente intuitivo, por lo que me resulta difícil hablar con coherencia de mi obra. No hay duda de que mis libros están llenos de referencias a mi propia vida, pero casi nunca tomo conciencia de esas referencias hasta pasado un tiempo. El Palacio de la Luna es un buen ejemplo. [...] La cuestión de las cajas de libros, por ejemplo. Fogg recibe las cajas de su tío Victor y, después de la muerte de éste, vende los libros para sobrevivir. Bueno, creo que la imagen de esos libros se remonta a mi más temprana infancia. La hermana de mi madre está casada con Allen Mandulbaum, conocido por sus traducciones de Virgilio y Dante. Cuando tenía cinco o seis años, mis tíos se fueron a vivir a Italia y se quedaron allí doce años. Mi tío tenía una enorme biblioteca, y como nosotros vivíamos en una casa grande, nos dejó sus libros durante su ausencia. Al principio, estuvieron guardados en cajas en el desván, pero después de un tiempo (cuando yo tenía nueve o diez años), mi madre comenzó a preocuparse de que los libros se estropearan allí arriba. Un buen día bajamos las cajas, las abrimos y colocamos los libros en estanterías. Hasta entonces, en nuestra casa casi no había habido libros. Mis padres no habían asistido a la universidad y ninguno de los dos demostraba un especial interés por la lectura. De pronto, de la noche a la mañana, tenía una maravillosa biblioteca a mi disposición: los clásicos, los grandes poetas, las novelas más importantes. Ese hecho abrió un mundo nuevo para mí. Cuando lo recuerdo, me doy cuenta de que esas cajas de libros cambiaron mi vida. Sin ellas, dudo que alguna vez hubiera soñado con ser escritor.
El material sobre Edison también tiene profundas raíces en mi pasado. Nuestra casa no quedaba lejos del campus de la Seton Hall University, y cada dos semanas iba a cortarme el pelo en la barbería de Rocco, que hizo una rápida fortuna a expensas de los estudiantes y los jóvenes de la ciudad. Eran los últimos años de la década de los cincuenta y todo el mundo llevaba el cabello muy corto, de modo que tenía que ir al barbero con bastante frecuencia. Bueno, resulta que Rocco había sido el barbero de Thomas Edison durante muchos años y en la pared de la peluquería colgaba un gran retrato del gran hombre con un mensaje manuscrito de su propio puño: "A mi buen amigo Rocco. El genio consiste en un 1% de inspiración y un 99% de transpiración. Thomas A. Edison". El hecho de que mi peluquero le hubiera cortado el pelo al inventor de la bombilla eléctrica me parecía fascinante. La circunstancia de que las mismas manos que tocaban mi cabeza habían tocado también la del genio más grande de Norteamérica en cierto modo me ennoblecía. Solía pensar que los dedos de Rocco podían haber atrapado algunas ideas del cerebro de Edison, ¡que ahora entrarían en mi mente! Edison se convirtió en el héroe de mi infancia, y cada vez que iba a cortarme el pelo, miraba su retrato y me sentía como si le estuviera rindiendo culto en un templo.
Varios años más tarde, este mito de mi juventud se desmoronó. Me enteré de que mi padre había trabajado como ayudante en el laboratorio de Edison de Menlo Park. Lo habían contratado al graduarse en el colegio, en 1929, pero pocas semanas después de que comenzara a trabajar, Edison descubrió que era judío y lo echó. Mi ídolo se convirtió en un perverso antisemita, un truhán que había cometido una terrible injusticia con mi padre. Por supuesto, en El Palacio de la Luna no menciono nada de esto, pero las poco halagadoras referencias a Edison provienen sin duda de la aversión que comencé a prodigarle.
LM: - Una vez me dijo que sentía que todos sus libros eran en realidad "el mismo libro". ¿Qué libro es ése?
PA: -La historia de mis obsesiones. La saga de las cosas que me perturban. [...] Una imagen surge en mi interior y poco después comienzo a sentirme acorralado por ella, a sentir que no tengo otra opción que abrazarla. El libro empieza a cobrar forma después de una serie de encuentros similares.
SG: - ¿Ha intentado usted descubrir la fuente concreta de estos encuentros?
PA: -Francamente, nunca he sabido bien de dónde salen. [...] Escribir, en cierto sentido, es una actividad que me ayuda a aliviar la tensión de estos secretos sepultados. Recuerdos ocultos, traumas, cicatrices infantiles..., es evidente que las novelas surgen de esas partes inaccesibles de nosotros mismos.
Sin embargo, de vez en cuando tengo una noción vaga o una súbita intuición del origen de estas cosas; aunque como ya he dicho, esto sucede siempre después del hecho. Cuando corregía los errores tipográficos del manuscrito de La música del azar , tuve una revelación sobre una de las escenas que ocurre casi al final de la novela: el momento en que Nashe abre la puerta de la caravana y descubre a Pozzi en el suelo. Mientras leía ese pasaje, que describe cómo Nashe se inclina sobre el cuerpo para comprobar si Pozzi está vivo o muerto, descubrí que estaba basado en algo ocurrido muchos años antes. Había sido uno de los momentos más terribles de mi vida, un episodio que me ha perseguido desde entonces, y sin embargo mientras componía esa escena, no tenía conciencia de ello.
A los trece o catorce años me enviaron a un campamento de verano en el norte del estado de Nueva York. Un día, un grupo de veinte chicos fuimos de excursión al bosque acompañados por un monitor. Recuerdo que estábamos muy entusiasmados, pero cuando habíamos recorrido varios kilómetros comenzó a llover. Un momento después, nos encontramos en medio de un feroz diluvio, una tormenta eléctrica de verano acompañada de espantosos truenos. No era una simple nube pasajera, sino una verdadera tempestad, un monumental ataque desde el cielo. Los rayos caían a nuestro alrededor y allí estábamos, atrapados en el bosque, sin ningún sitio donde refugiarnos a la vista. Fue una escena aterradora, como si de repente fuéramos el blanco de un bombardeo aéreo. Uno de los chicos dijo que estaríamos más seguros si nos alejábamos de los árboles, de modo que nos dirigimos hacia un claro que acabábamos de pasar. Por supuesto, él tenía razón. En una tormenta eléctrica, la mejor protección se encuentra en campo abierto. El problema es que para llegar al claro teníamos que atravesar una valla de alambre de púas. Pasamos uno a uno por debajo de la valla y nos dirigimos hacia el sitio donde pensamos que estaríamos seguros. Yo estaba en mitad de la fila, detrás de un niño llamado Ralph. Justo cuando pasábamos por debajo de la valla, cayó un enorme rayo sobre la alambrada. Yo estaba a apenas medio metro de él. El se detuvo, aparentemente asustado por el rayo, y entonces yo crucé la valla, abriéndome paso bajo el alambre a la izquierda de Ralph. Del otro lado, me giré y lo arrastré hacia el prado para que pudieran pasar los demás chicos. No pensé que pudiera haberse hecho daño, supuse que habría sufrido un shock y que pronto se recuperaría. Cuando estuvimos todos en el claro, los truenos continuaron. Los rayos danzaban a nuestro alrededor como lanzas. Varios chicos fueron alcanzados y lloraban y gemían tendidos en el suelo. Era una escena terrible, realmente terrible. Otro chico y yo estuvimos todo el tiempo junto a Ralph, masajeándole las manos para mantenerlo caliente, sosteniéndole la lengua para asegurarnos de que no se la tragara. Sus labios se volvieron azules, su piel estaba cada vez más fría, pero aun así yo creía que se recuperaría pronto. Por supuesto, estaba muerto. Había muerto en el mismo instante en que el rayo tocó la alambrada, electrocutado con una quemadura de veinte centímetros en la espalda, pero yo no lo supe hasta más tarde, hasta que paró la tormenta. [...]
El dinero liberador
S.G.: - Hay un motivo que se reitera en varios de sus libros (me refiero a La ciudad de cristal , El Palacio de la Luna y La música del azar ), el de la fortuna inesperada o la herencia que interrumpe la rutina cotidiana del personaje principal, seguidas de un derroche gradual del dinero hasta que aquél se queda sin nada. Parece aludir a la fantasía del artista hambriento, pero como el proceso está descrito de una forma tan vívida y convincente, me pregunto si estará basado en su vida...
PA: -En efecto, yo recibí una herencia hace once años, tras la muerte de mi padre. No fue una gran cantidad de dinero, pero significó un cambio importante para mí, bastó para transformar completamente mi vida. En ese momento tenía casi treinta y dos años, y en los diez años transcurridos desde mi graduación había sobrevivido a duras penas, a menudo en condiciones muy duras. Hubo largos períodos en que no tuve nada, en que estuve literalmente al borde de la catástrofe. El año anterior a la muerte de mi padre fue particularmente malo. Tenía un hijo pequeño, un matrimonio en crisis y unos ingresos miserables que no llegaban a cubrir mis necesidades. Me sumí en la desesperación y durante más de un año no escribí prácticamente nada. Sólo podía pensar en el dinero. Casi enloquecido por las presiones, comencé a urdir diversos planes para hacerme rico. Inventé un juego (basado en el béisbol pero con barajas que era bastante bueno) y dediqué seis meses a intentar venderlo. Cuando fracasé, me senté a escribir una novela policiaca con seudónimo en el tiempo récord de tres meses. Al final se publicó, pero sólo me dejó unos dos mil dólares, una suma insustancial comparada con la que yo necesitaba.
En otra ocasión, intenté obtener un trabajo como periodista deportivo, pero también fracasé. Como último recurso, solicité un puesto de profesor. Un montón de clases de composición para el primer curso en el Dutchess Comunity College por ocho mil dólares al año. Fue peor de lo que imaginaba, pero me tragué mi orgullo y me arriesgué. Pensaba que mis antecedentes eran aceptables. Tenía un licenciatura en letras por de la Universidad de Columbia, había publicado dos o tres libros de poesía, había traducido varias obras y escrito artículos para The New York Review of Books , Harper´s y otros. Sin embargo, había trescientos solicitantes para aquel empleo miserable y, sin experiencia previa, no tenía ninguna posibilidad de conseguirlo. Me rechazaron en el acto. Creo que nunca me sentí tan cerca del abismo. Entonces, de repente y sin previo aviso, mi padre murió de un ataque al corazón y yo recibí su herencia. Ese dinero lo cambió todo para mí, dio un curso completamente diferente a mi vida.
LM: - Sus primeras obras publicadas fueron poemas. ¿No fue después de la muerte de su padre que comenzó a escribir prosa, las notas que luego se convertirían en La invención de la soledad ?
PA: -No exactamente, aunque podría decir que fue entonces cuando comencé a pensar en mí mismo como en un escritor de prosa. Lo cierto es que siempre había soñado con escribir novelas. Mis primeras obras publicadas fueron poemas, y durante diez años sólo publiqué poesía, aunque durante esa época dedicaba casi el mismo tiempo a escribir prosa. [...]
LM: -¿ Hubo algún punto de partida, algo que le hiciera comprender que podía escribir en prosa? ¿O una cosa lo condujo a otra, los ensayos a las obras dramáticas y así sucesivamente hasta que comenzó a sentirse cómodo con este género?
PA: -Las dos cosas, si es que eso es posible, pero primero vinieron todas las penurias sentimentales y económicas que mencioné antes. No escribí prácticamente nada en un año. Mi esposa y yo hacíamos traducciones para llevar el pan a la mesa y el resto del tiempo me dedicaba a continuar con mis alocados proyectos financieros. Por momentos pensaba que estaba acabado, que nunca escribiría otra palabra. Entonces, en diciembre de 1978, asistí a un espectáculo de danza cuya coreografía había creado el amigo de un amigo y allí me ocurrió algo. Una revelación, una epifanía -no sabría cómo llamarlo-. De repente se abrió ante mí un mundo lleno de posibilidades. Creo que tuvo que ver con la absoluta fluidez del espectáculo, el movimiento continuo de los bailarines que giraban sobre el escenario. El simple hecho de contemplar a hombres y mujeres moviéndose en el espacio me llenaba de una sensación cercana a la euforia. Al día siguiente, me senté y comencé a escribir White Spaces , una pequeña obra de género impreciso, un intento de traducir en palabras la experiencia de aquel espectáculo de danza.
Es muy extraño, pero recuerdo que terminé ese texto el 14 de febrero. Aquella noche me fui a dormir muy tarde, a las dos o las tres de la madrugada. A las ocho en punto sonó el teléfono y era uno de mis tíos para avisarme que mi padre había muerto durante la noche...
SG: - ¿Ha habido otros hechos íntimos, personales, además de la muerte de su padre, que le ayudaran a madurar como escritor y como persona, preparándolo para escribir su primera novela?
PA: -Creo que tener hijos tiene mucho que ver con esto. Al convertirnos en padres nos vinculamos a un mundo que trasciende al nuestro, al devenir de las generaciones, a la inevitabilidad de nuestra propia muerte. Uno comprende que existe en el tiempo, y después, ya no puede volver a mirarse del mismo modo. Es imposible tomarse tan en serio como antes. Uno comienza a dejarse llevar, y en ese dejarse llevar -al menos en mi caso- descubre el deseo de relatar historias. [...]
El divorcio
SG: - En "El libro de la memoria" usted describe su reacción a la ruptura de su primer matrimonio y a la separación de su hijo diciendo: "Pasaban los días y, lentamente, parte de su dolor emergía a la luz." ¿Acaso escribir La ciudad de cristal fue una forma de superar ese dolor (o al menos de intentarlo)?
PA: -Sí, ése fue el origen emotivo del libro. Me separé de mi primera esposa en 1979 y durante el año y medio que siguió viví en una especie de limbo, primero en la calle Varick, en Manhattan, y luego en el apartamento de Brooklyn. Pero una vez que llegamos a un acuerdo, mi hijo comenzó a vivir conmigo la mitad del tiempo. Entonces sólo tenía tres años y vivíamos juntos como una pareja de viejos solterones. Era una vida dura, pero no desprovista de placeres, y suponía que se prolongaría durante mucho tiempo. Entonces, a principios de 1981 (el 23 de febrero, para ser exacto, me resulta imposible olvidar esa fecha), conocí a Siri Hustvedt, la mujer con la que estoy casado ahora. Fue amor a primera vista y desde entonces nada ha vuelto a ser lo mismo. Durante los últimos nueve años, ella ha significado todo para mí, absolutamente todo... [...]
SG: - Hablemos un poco del tema de la "soledad". Es una palabra que aparece a menudo en sus obras y, por supuesto, está presente en el título de su primera obra en prosa, La invención de la soledad . Es un concepto que parece tener muchas reminiscencias distintas para usted, tanto personales como estéticas.
PA: -Casi todo el mundo piensa en la soledad como en una idea sombría, pero yo no le confiero ninguna connotación negativa. Es simplemente un hecho, una de las condiciones del ser humano, e incluso si estamos rodeados de otros, en el fondo vivimos nuestra vida solos: la verdadera vida tiene lugar en nuestro interior. Después de todo, no somos perros y no actuamos guiados por instintos y hábitos; somos capaces de pensar, como lo hacemos, y estamos siempre en dos sitios distintos al mismo tiempo. Incluso en los momentos de pasión física, los pensamientos irrumpen en nuestras mentes. En el clímax de una relación sexual, una persona puede estar pensando en una carta sin responder, en la mesa del comedor, en una calle extranjera donde estuvo veinte años antes o en cualquier otra cosa...[...] El neurólogo Oliver Sacks ha hecho varias observaciones interesantes sobre este tema. El dice que cada persona con una identidad coherente está narrándose a sí misma la historia de su vida todo el tiempo, siguiendo el hilo de su propia historia. En las personas con lesiones cerebrales, por el contrario, este hilo se ha cortado, y una vez que eso ocurre uno pierde el control inevitablemente. Pero hay algo más. Vivimos solos, sí, pero al mismo tiempo somos como somos porque hemos sido creados por otros. No me refiero sólo al aspecto biológico -madres y padres, nuestro origen en el útero y todo eso-, sino al aspecto psicológico, a la formación de la personalidad humana. El niño que mama del pecho de su madre alza la vista y ve que ella lo mira, y a partir de la experiencia de ser visto, comienza a comprender que es un ser independiente de su madre, que es una persona por derecho propio. Adquirimos nuestra idea del yo a través de este proceso. Lacan lo llama "el estadio del espejo", y me parece una forma maravillosa de expresarlo. La toma de conciencia de nuestra identidad en la edad adulta es sólo una extensión de esas experiencias tempranas. Ya no es nuestra madre la que nos mira, nos miramos a nosotros mismos; pero si podemos vernos es porque otra persona nos ha visto primero. En otras palabras, aprendemos nuestra soledad de los demás, del mismo modo que aprendemos el lenguaje de los demás.
Claves
Juventud: Paul Auster nació en 1947 en Nueva Jersey y estudió en la Universidad de Columbia. Tuvo un comienzo aventurero de marino, en el mejor estilo de los escritores norteamericanos, y trabajó como ghost writer .
Obras: La trilogía de Nueva York (Cuidad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada), El país de las últimas cosas, La invención de la soledad, El Palacio de la Luna, La música del azar, Leviatán, Pista de despegue (Poemas y ensayos 1970-1979), EL cuaderno rojo, Mr. Vértigo, A salto de mata, Tombuctú y guiones de cine (Smoke & Blue in the face y Lulu on the bridge).
Estilo: con su prosa despojada, cotidiana, pero poética, Auster ha desarrollado una narrativa en la que la sugestión metafísica se funde con el suspenso y el enigma de una historia policial.



