El retorno de Adán Buenosayres

La primera novela de Leopoldo Marechal pasó casi inadvertida cuando se publicó en 1948, pero con los años se convirtió en el clásico que auguró Julio Cortázar. Una flamante edición crítica permite leer de manera novedosa esta obra que aborda en clave metafísica y paródica los anhelos martinfierristas
Javier de Navascués
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23 de agosto de 2013  

Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, novela en clave de la vanguardia argentina, recuento autobiográfico y suma narrativa de valor insoslayable, que sigue siendo para muchos una ilustre desconocida, vuelve a salir a la luz (el 30 de agosto se cumplen, justamente, sesenta y cinco años de su aparición) con la intención de romper esa nube de oscuridad que la ha rodeado durante años para muchos lectores. La edición –parte de la colección EALA (Ediciones Académicas de Literatura Argentina) de la editorial Corregidor– dispone de una amplia introducción y un frondoso aparato de notas explicativas, al que se acompañan otras de tipo filológico. El objetivo final es reconstruir el taller del escritor durante el afanoso plan de su escritura.

Dirigida por María Rosa Lojo y Jorge Bracamonte, la colección EALA, quiere incorporar, bajo el rótulo de "ediciones académicas", las ediciones críticas propiamente dichas, las crítico-genéticas y las eruditas en general, de textos argentinos que aún no han tenido ediciones académicas o cuyas ediciones anteriores se consideran incompletas o susceptibles de mejora.

Una edición crítica debe tener en cuenta todas las ediciones publicadas en vida del autor, además de aquellas otras especialmente relevantes por su información y trabajo filológico que se hayan realizado después. En el caso de Adán Buenosayres, estas últimas son la edición de Pedro L. Barcia (Madrid, Castalia, 1994) y la de Jorge Lafforgue y P. Vila, (París, Archivos, 1997). Se trata, en los dos casos, de muy solventes aportes que añadieron mucho al conocimiento que se tenía de la novela en su día.

Sin embargo, en el caso de la edición de Corregidor –primera edición crítica publicada en la Argentina de Adán Buenosayres–, se dispone de diez cuadernos manuscritos de puño y letra del autor. La edición de Lafforgue tuvo el mérito de rescatar tres cuadernos, a los que ahora se añaden otros siete que eran desconocidos. El material confrontado con los manuscritos cubre lo que ya tuvieron en cuenta Lafforgue y Vila, más otros siete cuadernos nuevos. Es decir, casi toda la novela. Por otro lado, las abundantes notas esclarecen muchos pasajes todavía enigmáticos.

El cotejo de los manuscritos con las versiones publicadas del Adán conduce a una encrucijada. En los papeles de Marechal hay un número abrumador de variantes que fácilmente supera las cinco mil. ¿Son necesarias más de cinco mil notas al pie de página para registrar hasta la más mínima variante? La mayoría de las que se encontraron era de escasa importancia semántica (un "mas" en lugar de la adversativa "pero", una coma eliminada en la versión final), por lo que su inserción sólo serviría para impedir la lectura de la novela. Se optó por una selección radical de aquellas más importantes que revelaran, o bien significados desechados por el autor, o bien correcciones estilísticas de cierto calado.

Otro de los aportes está en el señalamiento de todos los comentarios del autor en el manuscrito, que aportan información suplementaria al texto. Varias "claves" residen en ellos: caricaturas de políticos, periodistas, poetas, cantantes de tango o historiadores de la época retratados de forma humorística. Muchas de estas atribuciones nunca se habían registrado hasta ahora.

Marechal era extraordinariamente minucioso en la labor de escritura. Por testimonios orales (entre otros, el de Elsa Ardissono, sobrina del escritor) sabemos que pasaba en limpio cada capítulo varias veces hasta llegar a la copia definitiva. Esto acaso pueda explicar el estado ultracorregido del material.

Se han seleccionado como notas aquellas variantes del manuscrito que parecían muy pertinentes para conocer las elecciones y las supresiones que Marechal imprimía a sus obras. A menudo las opciones responden a reemplazos que siguen una determinada orientación estética y, en definitiva, a la alta exigencia que se imponía el autor.

Otras variantes obedecieron a motivos no sólo estéticos. Es lo que sucede con algunos calificativos que Marechal prodigó a su álter ego, Adán. En el manuscrito éste es llamado "literato de miércoles". Pero en la versión final la expresión se suaviza, ya que es sólo "un literato". Ciertas eliminaciones se explicarían por no dar detalles acaso indiscretos (los nombres propios de antiguos amores suprimidos aquí y allá) o por alguna razón más interesante para la interpretación de la obra. Es el caso de las frases desaparecidas en la última página de la novela. Los lectores de Adán Buenosayres saben que allí aparece una figura misteriosa y ridícula: el Paleogogo. Si leemos el manuscrito, vemos que el monstruo se hace equivaler a Satanás, lo que subrayaría explícitamente el mensaje religioso del texto. Sin embargo, al eliminar esta referencia desde la primera edición, Marechal abriría su simbología hacia una visión más difusa, sin cerrarse al mismo tiempo a la posibilidad de que se leyera de acuerdo con su plan primitivo. Esta última variante redondea el núcleo significante de Adán Buenosayres, obra inquieta y sugerente, rebelde a cualquier interpretación simple y reduccionista.

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