
El rico significado de las palabras
El siguiente texto es un fragmento del mensaje que el escritor español Francisco Ayala pronunciará hoy, a través de una videconferencia, en la apertura del III Congreso Internacional de la Lengua Española, que se desarrollará en Teatro El Círculo, de Rosario.
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Por el lenguaje se define mi presencia en el mundo: me siento, y me he sentido desde siempre, un escritor. Mi ocupación constante ha consistido en dar forma verbal por escrito a las ocurrencias de mi fantasía.
Si bien no he querido nunca hacer de ello una profesión en el sentido de económico modus vivendi, este último -es decir, mi profesión- ha estado también ligado en mí a la expresión, tanto oral como literaria, en cuanto que he sido periodista, y sobre todo en mi calidad de catedrático; un catedrático que no sólo dictaba enseñanzas en varia materia, sino que a la vez publicaba ensayos y libros de tema, tono y alcance intelectual.
Esto es lo que me ha definido y me ha calificado socialmente; pero no es menos cierto que si yo he estado siempre ligado al idioma de un modo muy particular y específico, tal condición es común a todos los seres humanos en general, tanto que por ella se distingue a nuestra especie biológica del resto de los vivientes. Solemos creer, quizá por engreimiento, que el hombre supera en cuanto a sus facultades mentales al resto de las criaturas que pueblan el universo. No estoy tan seguro, pues quizás una observación atenta descubre pronto en otras especies sutilezas y habilidades tales que bien podría envidiar la nuestra.
Pero en cualquier caso, y aunque algunas bestias sean capaces de imitar, e imiten con bastante fidelidad, los sonidos que constituyen un idioma humano para reproducir nuestros vocablos, ninguna ha sido capaz de mostrar, ni de lejos, la riqueza y versatilidad de nuestro lenguaje articulado.
Nuestras palabras sirven no sólo para ayudarnos a indagar en los misterios del universo, sino también, lamentablemente, para intentar engañarnos los unos a los otros, de donde proceden las distintas formas de superchería; o lo que quizás sea peor, hasta la mera vacuidad a que parece aludir la famosa queja de Hamlet: Words, words, words.
Así, pues, mi larga vida ha estado embargada por el uso del idioma: de este idioma español que he tenido la suerte de poder conocer y practicar en toda la rica variedad de sus modulaciones, tanto en diversos sectores de mi tierra natal y europea como, pronto, en la generosa extensión del continente americano.
Mis circunstancias personales han determinado, en efecto, que durante períodos diversos de mi procelosa existencia haya disfrutado de dicha variedad; y así puedo decir que, por lo pronto en la Argentina, y dentro de ella, no sólo en Buenos Aires, sino también en las ciudades de su Litoral -en esta misma ciudad de Rosario donde en el momento actual se encuentra reunido el congreso a cuyos miembros me dirijo-, y por fin en varios países del norte de este continente -en México, en Cuba, en Puerto Rico-, he ejercido mis actividades de enseñante y practicado a la vez mi tarea de escritor.
No hace falta ser ni poeta ni gramático ni filólogo ni de cualquier otro modo estar ligado por vocación innata a la lengua para que ésta resulte ser algo inherente a la humana condición. Pues las palabras que todos empleamos aspiran a tener sentido o, mejor dicho, no pueden dejar de tenerlo: significan siempre un algo; y así, el conjunto de las significaciones que integran la riqueza de una lengua presta espacio a una esfera distinta y superior a aquella de las cosas materiales en cuyo ámbito, de todos modos, como vivientes, como miembros de una especie zoológica, nos encontramos.



