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El riesgo de perder la socialización

Por Inés Dussel Para LA NACIÓN
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27 de octubre de 2006  

La decisión del gobierno de Estados Unidos de autorizar el funcionamiento de escuelas para un solo sexo revierte una tendencia de más de 100 años en favor de la educación conjunta de ambos sexos.

La medida se basa en investigaciones que señalan que la coeducación (tal su nombre técnico) produce efectos perjudiciales en el aprendizaje de algunas disciplinas, y que varones y mujeres estarían mejor si pudieran liberarse de la presión del otro sexo.

Si bien se ha acusado a estas investigaciones de no dar resultados claros y unívocos, hay consenso, incluso en sectores feministas, en que las clases mixtas no resolvieron el problema de la igualdad de géneros. Se señala, entre otras cuestiones, que la distribución de la palabra sigue siendo muy desigual entre varones y mujeres; que el uso de los espacios (los patios escolares, por ejemplo) también lo es, con predominio del despliegue masculino, y que las disciplinas científicas y técnicas suelen intimidar a las chicas, que prefieren otros estilos de razonamiento y exposición.

Pero las perjudicadas no son sólo las niñas y jóvenes. Recientemente, se empezó a observar que los varones, sobre todo de sectores sociales más bajos, tienen peores rendimientos; entre otros motivos, porque son percibidos por la sociedad y por algunas comunidades escolares como sujetos peligrosos (mucho más que las mujeres de los mismos sectores sociales), y también porque portan ideales de masculinidad que valoran lo físico, asocian lo intelectual a lo feminizado y se diferencian agresivamente de los modelos "cultos" de la cultura escolar.

Estas investigaciones muestran que la sola presencia de ambos sexos en las aulas no ha garantizado una coeducación. No se enseña lo mismo a hombres y mujeres, sino que siguen pesando los estereotipos y prácticas discriminadoras de la sociedad. Aunque no sólo son responsabilidad de las escuelas, hay que repensar las formas y contenidos de la enseñanza, los espacios escolares y las interacciones cotidianas para que exista más igualdad de género.

* * *

De estas investigaciones, además, no se deduce que los chicos y chicas estarían mejor si se los educara por separado. Si no se revisan las formas educativas, es probable que las escuelas de un solo sexo reproduzcan en su interior los mismos parámetros que hoy producen que a unos les vaya mejor que a otros.

Y habría que alertar sobre el riesgo que implica perder el espacio de socialización y convivencia con otros sexos. La escuela es una de las primeras experiencias de socialización fuera de la familia; nos enseña a vivir con extraños, a hablar y convivir con otros y otras que piensan, sienten y actúan de maneras distintas. Experimentar la pluralidad cultural, política, social, ideológica y de género de la sociedad es uno de los mejores aprendizajes que lega la escuela.

¿Quién no se acuerda, entre quienes fuimos a escuelas mixtas, de lo que significó perder la timidez frente al otro sexo; de lo que nos costaba -y de lo que disfrutábamos- la aprobación de los varones, y de lo que implicó tener al lado una perspectiva distinta sobre el conocimiento y sobre la vida?

Esas enseñanzas, que ningún test estandarizado mide, son sin embargo fundamentales para la vida adulta, y no habría que dejarlas a un lado por la ilusión de escuelas aparentemente hiperprotectoras, pero en realidad fuertemente segregadoras de la experiencia humana.

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