
El sentido de un mito
Diego Maradona es una de las pocas figuras argentinas que han llegado a ser un símbolo nacional, por cierto muy controvertido. Su vida, como la de Carlos Menem, es una épica de la transgresión. Hoy, el ex deportista, generoso e imprevisible, parecería ilustrar la crisis de un país que conoció una época dorada
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No hace mucho, una bodega chilena lanzó al mercado su vino "Divino". Nombre extraño, que no proviene de la tradición viñatera, sino de la futbolística. La etiqueta muestra la camiseta del seleccionado argentino y, en letras desmesuradas, la cifra 10, justamente el número que correspondía al divino Maradona. Pocos días antes de que comenzara el Mundial de Fútbol, la Federación Internacional de ese deporte autorizó a la Argentina a que ese 10 mágico no fuera inscrito en ninguna camiseta del seleccionado. La insólita excepción fue después revocada para indignación de millones. Esta comedia, que muestra el patetismo de una nación que sólo puede exhibir los triunfos deportivos como materia de la identidad colectiva, me recuerda lo que sucedió hace tres meses, cuando se jugaba en Buenos Aires uno de los matches de la Copa Davis que es, como se sabe, un torneo de tenis donde participan equipos nacionales. Se enfrentaban entonces Argentina y Croacia.
Lo que sucedió tiene más que ver con un mito que con el nacionalismo deportivo. En síntesis: se habían jugado dos o tres games del match definitorio, cuando ingresó al estadio Diego Maradona. De pronto, un público al que cada servicio le cortaba la respiración como si se tratara de su propio juicio final, y que, como en un desmesurado y ruidoso rito New Age, le tiraba sus buenas ondas al tenista argentino, de pronto, ese público en trance olvidó el partido de tenis para realizar una performance de trances más antiguos y más gloriosos.
"¡Marado...! ¡Marado...!" fue el grito que confundió a los tenistas, quienes, hasta ese momento, se creían el centro de la atención. El tenista argentino fue capturado por una ensoñación instantánea y, como suele suceder con las ensoñaciones, equivocada. Creyó que el grito le estaba dedicado, que se trataba de una metáfora fulgurante en la que su propia destreza era comparada con la del héroe futbolístico. Vivió un segundo de gloria. A ninguno de los dos tenistas podía ocurrírsele que, de pronto, el público iba a demostrar la inestabilidad de los afectos que se creen más intensos y que la atención que rodeaba el tenis iba a desvanecerse ante la luz de un deporte y un deportista más plenamente nacionales.
Mientras tanto, Maradona, saludaba como un monarca que hubiera abdicado la corona pero conservara el amor de su pueblo. Con los brazos en alto, el torso giraba hacia las cuatro tribunas, macizo, redondeado y, al mismo tiempo, musculoso, tenso y desbordante como si la gordura fuera la de un ídolo de cerámica precolombina. Maradona ejercía, una vez más, su atracción magnética, gozando con ese repentino carnaval que rememoraba, en un estadio de tenis, la fiesta futbolística que nunca se ha resignado a perder del todo.
Es completamente imposible pensar a Maradona sin experimentar la peligrosa trivialidad del lugar común. Tanto su amistad con Fidel Castro como su aparición en todos los escenarios de moda donde haya una cámara de televisión encendida muestran que su mundo es un amasijo de celebrities o, mejor dicho, que en su mundo hasta Castro es una celebrity . Su exceso está sobreactuado; su locuacidad suena previsible frente a la interpretación sociológica; es demasiado narcisista como para ser escuchado con interés cuando habla de fútbol; y la mezcla de orgía y drama que atraviesa su vida tiene la banalidad de un telefilm. Maradona es demasiado pequeño burgués cuando lloriquea pensando en su familia para que su exceso sea dionisíaco; es demasiado astuto para despertar la compasión frente a su decadencia; es demasiado nuevo rico para no resultar irritante en un continente donde millones de miserables lo idolatran. Y, sin embargo, Maradona es un punto inalcanzable, un mito.
¿A qué responde la pregunta que el mito lleva como promesa y regalo envenenado? No quisiera decir que sólo ilustra sobre la probable decadencia de un país como la Argentina, que hoy únicamente encuentra algún punto de reconocimiento en un Gran Muerto como Borges, el revival norteamericano del tango en Broadway, o la trasmutación milagrosa de Eva Perón en Madonna, después de haber pasado por el purgatorio de la ópera-rock.
Como todo mito, el de Maradona rechaza y seduce la interpretación. Avanzaría una sola hipótesis: la vida de Maradona es una épica de la transgresión (como la de Charly García). En este punto, Maradona puede ser leído con la misma clave que la adhesión a Menem en sus primeros cinco años como presidente de la Argentina, o la popularidad que rodeó el ascenso de Fujimori en Perú y el de Bucaram en Ecuador. En el caso de Menem, se admiraba el desparpajo con que torcía los ordenamientos morales pequeño burgueses. Expulsó a su esposa de la residencia presidencial, haciendo que un asistente arrojara sus ropas a la calle como si se tratara de una amante subalterna y súbitamente reeemplazada; se subía a los automóviles más extravagantes para lanzarse por las autopistas a más de doscientos kilómetros por hora; no dormía nunca, impulsado por una energía que lo ponía en los escenarios más inauditos y le proporcionaba decenas de mujeres; "robaba pero hacía obra", como aceptaba un sentido común que fue cínico y hoy vive con escándalo y quizás con arrepentimiento ese pasado de suspensión moral que, además, ha tenido consecuencias económicas nefastas.
Menem, como Maradona, usó hasta que perdiera todo sentido la palabra transgresor aplicándosela a sí mismo (transgresor es probablemente una palabra difícil para usar en primera persona). Ambos formaron parte durante un tiempo de una "cultura de la fiesta", donde el exceso era considerado como una cualidad. Ambos se sintieron excepcionales en términos éticos y prácticos; ambos se colocaron más allá de límites que sólo valen si se los aplica al rebaño. Pero Menem no fue el único. Casi una decena de ex presidentes latinoamericanos están presos, enjuiciados o fugados. Este dato no es menor y muestra que los noventa fue la década del "todo vale". El nuevo siglo está pagando esas consecuencias.
Naturalmente las transgresiones de Maradona no fueron desastrosas como las de Menem para la Argentina, las de Bucaram para Ecuador, o las de Fujimori para Perú. Por eso, conserva intacta su capacidad mítica: él lo puede todo y, además, sólo es un chico pobre enriquecido y balbuceante. La promesa del mito sigue cumpliéndose cada vez que Maradona, un dios muy poco esquivo, se muestra ante sus fieles como la divinidad que simplemente espera la veneración de su rayo jupiteriano cada vez que atraviesa un cielo sereno.
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