
El sobreviviente
El novelista premiado comparó el nazismo con el estalinismo y se refirió al derrumbe de Europa del Este y al peligro que entraña la globalización
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Imre Kertész sonríe continuamente. Y esa sonrisa parece ponerlo todo en su sitio. Es imposible hablar con alguien como él -un sobreviviente que quita todo patetismo a su condición- sin dejarse invadir por un cierto sentimiento de rídiculo. Nacido en Budapest en 1929, a Kertész le ha tocado sufrir algunos de los mayores horrores del siglo XX. Deportado a los quince años a los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, fue más tarde perseguido por las autoridades comunistas húngaras.
Lo que más sorprende de su conversación es lo mismo que sorprende de sus libros: el repaso de los temas más terribles desde una aparente frialdad que multiplica su efecto devastador. Novelas autobiográficas como Sin destino (El Acantilado), Kaddish por el hijo no nacido (El Acantilado) o los ensayos recogidos en Un instante de silencio en el paredón (Herder) suponen una aproximación radical al nazismo, en los antípodas de lo que él mismo denomina "el bálsamo de la autocompasión y la autoglorificación de la víctima", es decir, la "estilización del holocausto", con su conformismo, su sentimentalismo, su canon, sus tabúes y sus consumidores.
Tal vez por eso considera kitsch la visión de Steven Spielberg en La lista de Schindler , porque, en su opinión, no concibe Auschwitz como una experiencia universal, reduce el drama a un asunto entre alemanes y judíos, y trata el tema como algo ajeno a la actualidad y a la naturaleza humana. Tal vez también por eso se niega a considerar el holocausto como un lejano y ajeno recuerdo histórico. Aquello somos nosotros hoy, viene a decir Kertész: "Nos da miedo pensar que en determinados momentos de la vida nos convertimos en seres que más tarde no queremos reconocer". Por eso afirma que pensar que hay atrocidades que no tienen explicación es una forma de eludir responsabilidades, que lo irracional no es la existencia del mal, sino la del bien: "Lo que no tiene explicación racional no es que haya dictadores, sino que haya santos".
-La felicidad en los campos de concentración. Con la promesa de explicar eso se cierra su novela Sin destino . ¿No es extraño?
-Es muy difícil hablar sobre este tema, porque la palabra felicidad está en la base de esa historia. Digamos que la novela es el contexto en el que esa palabra adquiere su significado. A lo largo del libro uno se da cuenta de que para el protagonista la normalidad y la costumbre -y para él Buchenwald ha terminado siendo una costumbre- es una forma de felicidad.
-Una vida feliz es muda, sugiere usted en Kaddish para el hijo no nacido . ¿En toda escritura hay una base infeliz?
-La felicidad para un escritor es una frase lograda. En la creatividad hay mucho de felicidad. Lo que dice el personaje de Kaddish... , un escritor, es que escribir sobre la vida equivale a pensar sobre esa vida, que pensarla es cuestionarla y que sólo cuestiona su vida aquél a quien no le gusta.
-¿Escribir es una forma de sobrevivir?
-Es un proceso de conocimiento, una toma de conciencia. Al protagonista el conocimiento lo lleva a la muerte. Paradójicamente, yo he creado un personaje cuyo proceso de conocimiento lo lleva a la muerte. Pero yo sigo vivo. Con todo, para mí la escritura no es un modo de supervivencia ni un remedio contra nada. Yo soy un escritor, y lo que hago es trabajar, pero no trabajo para sobrevivir.
-Pero sus novelas son autobiográficas.
-Trabajo sobre mis recuerdos, es cierto, pero los personajes de mis libros son una síntesis de millones de personas y de sus recuerdos y vivencias. No son directamente yo.
-Sus personajes no tienen conciencia de ser judíos hasta que se los deporta por serlo.
-Para el protagonista de Kaddish... el hecho de ser judío pasa por el hecho de haber estado en Auschwitz. Para su mujer, justamente, por el hecho de no haber estado. Aunque no se puede generalizar, son una muestra de dos generaciones que tuvieron que convivir con Auschwitz sin poder escapar. El personaje que estuvo en el campo de concentración al final se ve libre de toda culpabilidad. Sin embargo, la mujer, que ha nacido después, mantiene el sentimiento de culpa. Ahora existe una tercera generación: la de los nietos de aquéllos que estuvieron en los campos. Esa tercera generación tiene muchos más problemas a la hora de admitir su condición de judíos.
-Usted afirma que no hay que buscar explicaciones racionales al horror nazi. ¿Por qué?
-Decir que algo como Auschwitz no tiene explicación ya es una explicación. Tal vez buscarla no es más que un intento de limpiar la conciencia y de reconciliarse con la Historia, que para Hegel, ingenuamente, no era más que la imagen de la razón misma. Siempre hay un explicación para el mal. Lo irracional es que exista el bien. La respuesta a la racionalidad del mal es muy obvia: basta con mirar el mundo en el siglo XX y todas sus dictaduras.
-¿La razón lleva al mal?
-No la razón, sino la voluntad individual de sobrevivir y la lógica de intereses que genera. Forma parte de la dinámica de las dictaduras que para sobrevivir en lo personal uno tenga que luchar con medios perjudiciales para los demás. La Historia no es más que el acto y la imagen de un conjunto de vidas individuales. Las estrategias de supervivencia individual son el mejor aliado de las dictaduras.
- Hablando del "espíritu de la narración" usted decía que el de la dictadura nazi estaba cerrado y el de la comunista, aún abierto. ¿A qué se refería?
-Hay un juego de palabras en alemán entre cerrado y decidido. La época nazi es ya algo decidido y cerrado para la Historia, es decir, abierto para la narración, porque hoy conocemos todos los detalles, sabemos qué ocurrió y cómo. La idea de "espíritu de la narración" es de Thomas Mann y se refiere a lo que determina qué acontecimientos formarán parte de la Historia y de qué forma lo harán. La historia del nazismo es un capítulo cerrado y, por lo tanto, podemos escribir narrativa sobre ese tema. Respecto al Gulag no sabemos si todavía podemos escribir. No sabemos si se trata de un capítulo cerrado. Lo que sabemos es que sus resultados son análogos: terror, campos de concentración, genocidio y anulación de la vida individual. No obstante, no tiene mucho sentido establecer comparaciones más allá de los resultados, porque el sufrimiento no es algo que se pueda medir.
-¿Tampoco usted, que vivió las dos realidades?
-Con el nazismo yo formaba parte, con mayor o menor conciencia de ello, de una raza destinada al exterminio. Con el comunismo no era ya una cuestión racial. Muchas veces recuerdo un chiste que se contaba en Hungría en aquellos años: la diferencia entre un sistema y el otro es que con los comunistas todos llevábamos la estrella de David en la ropa. La dictadura sólo cambió de cara. Aunque los resultados fueron los mismos, de partida había una diferencia: el régimen comunista era el Diablo vestido de Dios y el nazi, el Diablo vestido de Diablo. Tal vez por eso, por el teórico carácter redentor del primero, el desencanto fue mayor, lo es todavía hoy, para los que creyeron en él.
-El protagonista de Sin destino se despide antes de hablar de la felicidad en los campos pero lo hace, precisamente, con cierta nostalgia.
-También se puede sentir nostalgia del horror. Hoy mismo vemos cómo en la Europa del Este se está viviendo una nostalgia de un mundo dictatorial. ¿Por qué? Porque la gente conocía ese mundo, vivía en él y se sentía seguro en ese conocimiento. Ahora muchos se sienten perdidos. Echan de menos lo que fue durante décadas su entorno cotidiano. Existen, por otro lado, testimonios de personas que, después de años, salen de un campo de concentración o de una cárcel y lo hacen buscando ciegamente una protección que la libertad no les da. Yo, no obstante, no he intentado dar una explicación psicológica a ese fenómeno. El personaje de Sin destino vive un momento de reanimación, de retorno a la vida y a la libertad, y ese gran don es a la vez un gran drama, porque está solo. Es en cierto sentido el caso de la Europa del Este: la libertad vino dada por un derrumbe, y algunos terminaron identificando ese derrumbe con la libertad.
-¿Europa occidental hizo algo?
-Daba ánimos. No sabía qué hacer. Muchos en el Este vieron esa actitud como arrogante.
-¿Surgirá la Europa unida, como usted se pregunta?
-No cabe otra solución. Ya en 1946, ante los escombros de la guerra, Churchill planteó la necesidad de que Europa resurgiera. La alternativa eran los nacionalismos extremos, y basta con recordar la guerra de los Balcanes para comprobar sus consecuencias. No obstante, se ha cumplido la mitad de la propuesta de Churchill. Falta el resto. El peligro, sin embargo, está en caer en una globalización que anule a los países no incorporados todavía a la Unión Europea, o caer en el capitalismo salvaje que produce una uniformización de las personas muy similar, paradójicamente, a la que producía el comunismo.
Perfil
En cautiverio: en 1944, Imre Kertész, a los 14 años, entró en el campo de concentración de Auschwitz. Estuvo allí tres días. Después pasó a Buchenwald. Allí descubrió que no sólo podía acostumbrarse al horror sino descubrir, por momentos, que era feliz. En Sin destino cuenta la historia de un muchacho, su alter ego. El chico, trasladado de Buchenwald a otros campos, enferma gravemente, pero la arbitrariedad de la vida cotidiana en ese submundo lo favorece. Un médico y un enfermero lo reciben en un hospital del campo y lo cuidan hasta la liberación
Serenidad: el estilo de Kertész, de un gran despojamiento, se caracteriza por la distancia y por el humor. Sus protagonistas se esfuerzan por explicarse lo inexplicable. No pueden dejar de buscar razones para el absurdo de la existencia, aunque saben que la razón es una pasión, en el fondo, inútil. La obra de Kertész es un aporte estremecedor a la literatura de Mitteleuropa.
Obras: Sin destino (1975, la novela con la que conquistó fama mundial), El fracaso (1988), Kaddish por el hijo no nacido (1990), Diario de la galera (1992), Otro , (1997), Un instante de silencio en el paredón (1998).
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