El Sur es el Norte
Torres García, oriental formado en Cataluña, sacudido por lo arcano, el mundo precolombino y la vorágineurbana, está de regreso en el Muntref
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Un uruguayo preclaro deviene rioplatense en la confianzuda apropiación de ambas márgenes del río color de león que los orientales llaman mar y otro, antes, mucho antes, llamó Mar Dulce por la anchura y el sabor de su caudal. Este gentilicio -rioplatense- comparten Florencio Sánchez, el tolosano Charles Romuald Gardes, Julio Sosa, Joaquín Torres García? y tantos más cuya enumeración no viene al caso.
Y es en Torres García en quien hace centro una muestra antológica, fruto de la curaduría de investigación y episodio ejemplar del proyecto empeñado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero a través del museo de su campus . Buen asiento para volver a interpelar y ser interpelado por el creador del Universalismo Constructivista. Por el oriental formado en Cataluña, sacudido por Bilbao y Nueva York, por lo arcano, lo arcaico y lo moderno, la teosofía, el mundo precolombino y la vorágine urbana, avatar inédito de la naturaleza.
Estos y otros componentes activan el mundo de Torres García, cuya gravitación sujeta y a menudo esteriliza rumbos personales de artistas que más se atienen a la letra que al espíritu del inspirador. La distorsión llega hasta el merchandising que estampa remeras, suvenires y otras pacotillas aromadas por los fogones del Mercado Viejo, a poca distancia de la calle Sarandí, donde el maestro fincó enclave y cátedra a su retorno a Montevideo en 1934.
Una década antes, en Buenos Aires, Emilio Pettoruti suscitó trifulcas en calle Florida. Hay justicia poética en las muestras simultáneas que tienden puente entre el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) y el Muntref, más al sur. Como hubiese placido a los rioplatenses universalistas mucho antes de las cotizaciones mercantilistas que los "valoran" globalmente, dinerariamente.
Lo antedicho hace honor a la tarea de los responsables de la exposición. Sobre Joaquín Torres García han corrido y correrán ríos de tinta. Muchos de excelencia pionera, de divulgación y tantos otros epigonales, atravesados o beatos. Su obra resiste todo embate y es mérito de los responsables del relato curatorial del Muntref desglosar incumbencias, aditivos, errancias, así como incumbe al tiempo proponer nuevos acosos al universo torresgarciano. Es una provocación sin aguijones para repensarlo, repensarnos y rever el contexto cuya cartografía y signo revirtió en la tensión entre tradición y modernidad. Las argumentaciones de la curaduría se fundamentan en la parca y celosa selección de las obras expuestas. Las cosas claras y distintamente, como pedía el discurso cartersiano. Aun a sabiendas pascalianas de que hay razones que la razón ignora, territorio que el arte explora a tientas, como toda búsqueda intelectual y sensible.
Torres García se formó en la Cataluña asaetada por la tradición románica y el dinamismo cultural e industrial del Noucentisme. Era l'air du temps que en la Ciudad Condal sentaba nacionalismo y tendía vínculos universales. Torres se afincó bien y sus sosiegos fueron despabilados por un muy joven compatriota, Rafael Barradas. La vorágine urbana y el correlato de otras instancias de comunicación amplificaron el mundo de Torres García.
Su estancia en Bilbao -polo industrial y divergente euskera de la hegemonía matritense- no lo prepararon adecuadamente para el sacudón de Nueva York. El impacto fue análogo al que experimentó Federico García Lorca.
Torres García regresó a su idealizada Montevideo a los 59 años, iniciados los años treinta. En esta ribera, José Evaristo Uriburu había hecho trizas el orden democrático, asistido por el poeta Leopoldo Lugones; en Uruguay, Gabriel Terra hacía la propia ignominia, denunciada mediante suicidio ante cámaras por el doctor Brum, hoy más recordado como antecesor de la bella Blanca, modelo y amante del pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, frustrado asesino de León Trotsky y muralista al servicio del periodista uruguayo Natalio Botana, editor del diario Crítica. Siqueiros fue autor, entre otros, del Ejercicio plástico recobrado en el museo trasero de la Casa Rosada, junto a la Aduana Taylor. Un verdadero culebrón rioplatense que parece no tener fin.
Lo antedicho no es mera disgresión. Advierte sobre las invariantes de desasosiego que inciden en el pensamiento y la obra de aquellos que en la trama de su tiempo, su encrucijada existencial, apuntan hacia el ideal que abarca lo arcano, lo arcaico y lo moderno. Hombre de varias riberas, Torres García interpeló con rigor, sensibilidad y tesón pedagógico sus experiencias en la búsqueda esencial. Resumió este derrotero en signos matrices: triángulo, corazón, pez, avatares del cosmos presidido por el sol generador.
En cada obra de Joaquín Torres García palpita la respiración entrecortada, asaltada por la ventura, cada intento de acercarse al corazón -a la entraña- de la creación. Con mayor o menor fortuna, sus discípulos de calle Sarandí hicieron lo suyo. La muestra del Muntref los alivia y excusa. No los hace cargo del necesario parricidio que la filialidad debe cometer para ser al mismo tiempo deudores del pater admirabilis y de sí mismos.
Ficha. Torres García. Utopía y tradición , pinturas, dibujos y esculturas. En el Museo de la Universidad Tres de Febrero (Valentín Gómez 4823), hasta el 30 de julio.
ADN Torres García
Montevideo, 1874-1949 Se formó en la Escuela Llotja, Cataluña, donde vivió y trabajó muy vinculado al Noucentisme, hasta 1919. Allí conoció a Rafael Barradas, determinante de su cambio de rumbo. Vivió en Nueva York (1920-1922), Florencia y París. En 1930 expuso en Cercle et Carré. Regresó a Uruguay en 1930 y activó polémicamente el ambiente cultural rioplatense. El creador del Universalismo Constructivo hizo escuela -y secuela- desde el taller de la calle Sarandí, en el casco antiguo de Montevideo.
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