El tiempo y los lectores
La fiesta de la cultura se ha mudado a la Sociedad Rural Argentina en Palermo, pero la tradición continúa: es la cita anual del público y los autores, unidos en esta ocasión por el lema "Los libros y el tiempo", del que se ocupa en estas páginas el ensayista de Lo irremediable .
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LA contienda, si bien estruendosa, no revistió profundidad. De un lado se alinearon los perseverantes defensores del libro impreso. Del otro, pregonando su extinción necesaria, los entusiastas de la tecnología de punta. Los primeros, temerosos frente a las imposiciones del progreso, exaltaron las virtudes de ese objeto venerable que circula por el mundo desde hace quinientos años. Los segundos, enfervorizados por los prodigios de la electrónica, replicaron que no debía confundirse el recipiente con su contenido. Ese, aseguraron, nada esencial podía perder en su nuevo formato; por lo demás, añadieron, con él se simplificaba el acceso a la información y su inscripción espacial.
Contemplando con más resignación que curiosidad el escenario de la contienda, los estandartes conceptuales desplegados en una y otra orilla y las raíces de esta colisión retórica, se diría que la disputa evidenció más arrebato que hondura y que nada sobresaliente la distingue de otros antagonismos memorables y reiterados: los que protagonizaron conservadores y reformistas a propósito del ferrocarril o las vanguardias y retaguardias de todas las latitudes y de todos los registros ideológicos, a propósito de tantas y tantas cosas que no vale la pena enumerar ahora.
La historia suele cambiar con más frecuencia de protagonistas que de argumento. No puede, por lo tanto, sorprender que en la pugna entre los idólatras del libro impreso y los devotos de la computación, se haya dejado a un lado lo esencial para privilegiar lo superfluo.
Si algo compromete el porvenir del libro no es, por cierto, el destino que pueda llegar a correr el cuerpo material de las ideas sino el propósito que gobierne su lectura. Quiero decir que, para preocuparse por este último asunto, no es necesario presentir que los hombres, algún día, puedan renunciar a leer. Basta, para ello, con reconocer dónde arraigan sus predilecciones bibliográficas actuales. Los años venideros, me parece, difícilmente podrán depararnos un panorama más desalentador. No hemos perdido, como a veces se afirma, el amor a la poesía o la afición al pensamiento. Un mínimo de realismo alcanza para saber que éstas son inclinaciones que nunca proliferaron tanto como para inquietar a las minorías voluntarias o involuntarias. Confundir las predilecciones de unos pocos, por muchos que sean, con las preferencias de las mayorías es tan descabellado como presumir que puede escasear lo que nunca abundó. Así y todo, es justo y urgente preguntarse si, leyendo lo que más se lee, puede esperarse que los libros contribuyan a que los hombres se transformen en lo que deberían ser, para que la vida social gane en calidad la orientación que los tiempos aconsejan. En un mundo donde la crueldad se ejerce sin tapujos y en nombre de toda clase de dioses, empeñarse en saber si el libro ha de sobrevivir como objeto impreso o si, como tal, el porvenir lo condena a muerte es tan poco interesante como el entusiasmo de quienes aseguran que se leerá más y mejor en una pantalla que en una página de papel.
Los compañeros
Leemos, nadie lo ignora, por muy variadas razones. Para aprender lo que desconocemos, para actualizar lo que ya sabemos, para distraernos de cuanto nos agobia, para buscarnos donde no estamos. Leemos para ganar convicciones o terminar de perderlas, para infundir a nuestras vidas un peso y una transparencia que suelen ser, desgraciadamente, los huéspedes fugaces de nuestras ilusiones.
No voy a referirme aquí a las lecturas profesionales sino a aquellas que nos resultan íntimamente necesarias o personalmente significativas. A esas que deleitan y conmueven porque imprimen a nuestros días espesor emotivo, alguna densidad filosófica, cierta luminosidad inesperada.
Hay libros, en el recuerdo, que resultan inseparables de ciertos momentos muy nuestros. Epocas, lugares, experiencias que encuentran, en ciertas páginas leídas, su símbolo eminente, su perfecta condensación. Son las que contribuyeron a hacer de nosotros lo que somos. Picasso aseguraba que hay paisajes que han llegado a imponerse gracias a Cézanne.De igual modo, hay versos que perduran en nosotros porque nosotros perduramos en ellos; ideas cuyo latido no cesa porque, al ser leídas, nos abrieron a un mundo de percepciones fundamentales; imágenes brotadas de alguna novela que nos enseñaron a reconocer nuestras predilecciones, a discernir qué queríamos y cómo. Hay libros que nos acompañan desde las horas centrales de nuestra juventud y su vigencia invicta en nuestros corazones nos va viendo envejecer sin que su frescura y su poder hayan mermado.
No quiero caer en la previsible tentación de dar ejemplos de cuanto digo. Cada cual, si es lector, tiene los suyos. Pero ¿cómo no evocar aquí al menos a algunos de los grandes lectores de la historia de la literatura?
Erasmo contrastó el estruendo de las calles de su tiempo con el silencio bienhechor de su estudio y llamó a sus libros custodios de su mejor intimidad.
Montaigne no se cansa de hablar de sus autores predilectos; los cita siempre profusamente y a sus obras las designa amorosamente como "mis compañeras".
Sartre, que no podía concebirse en el espacio si no era rodeado de libros, aseguraba que así como entre ellos había comenzado su vida, entre ellos también habría de terminarla.
Los libros que amamos no son objetos sino presencias; presencias que, con el tiempo, llegan a ser reliquias, brújula, consuelo. La gratitud hacia un autor por lo que nos ha dado escribiendo puede llevarnos a peregrinar hasta su tumba si ya ha muerto o hasta su puerta, si es nuestro coetáneo. Mas allá de la ramplonería que connota todo pedido de autógrafo, buscamos, en esa firma anhelada, la posibilidad de adivinar luego, admirándola, el secreto fundamento de la alquimia que esa letra es capaz de realizar con las palabras.
Borges, en uno de sus frecuentes juegos con la paradoja, estimó que leer es más "civil" que escribir y declaró, creo yo que con franqueza, que sus lecturas lo justificaban mejor que sus creaciones.
Sabato a su vez honró, desde sus páginas iniciales, a los escritores que hasta hoy admira, acaso porque, frecuentándolos, supo que ellos alentaban el florecimiento de su vocación.
Leyendo a Esquilo o a Shakespeare, todos hemos comprobado que los conflictos y pasiones que solemos llamar "nuestros" precedieron en muchos siglos a la conciencia que tuvimos de ellos. Se diría que ya antes de nacer habíamos vivido en las figuras de quienes protagonizaron nuestros júbilos centrales y nuestros principales desvelos. Es así como la contemporaneidad de Esquilo o de Shakespeare salta a la vista, tanto como nuestra insondable antigüedad.
Platón, posiblemente, no nos ofrece ya las respuestas que incansablemente buscamos. Pero ¿quién formuló como él -con semejante hondura y belleza- las preguntas a las que no podemos renunciar sin dejar de ser nosotros mismos?
Cabe reconocer, por eso, que hay libros que nos han dado tanta vida como nuestros propios padres; y que hay autores de siglos distantes que revisten para nosotros tanta o más actualidad que nuestros vecinos.
Encuentros
Toda auténtica biblioteca personal es una confesión. No remite primeramente al valor de lo que contiene sino a los valores de quien la formó. Los coleccionistas de libros podrán jactarse de la importancia objetiva de sus bienes, como lo hacen los museos que custodian incunables, manuscritos y primeras ediciones que la celebridad consagró. El lector cabal, en cambio, reivindicará el tesoro subjetivo que guardan sus anaqueles. Al referirse a la importancia de sus libros, siempre estará remitiendo a sí mismo. Es que su propia trayectoria resulta indiscernible sin esas páginas predilectas; su propio nombre, indisociable del nombre de aquel que las escribió.
El tiempo de lectura, por lo demás, es tempo de revelación. Steiner no dudó en caracterizar el efecto de lectura como éxtasis, hora de comunión incomparable entre nuestro espíritu y el del autor leído. De hecho, el encuentro con la palabra de un escritor que nos convoca, equivale a una experiencia de iluminación; es un vértigo similar al de un goce extenuante, un riesgo siempre lindante con el de la despersonalización, tanto como un ingreso en las formas más altas y más sólidas de la identidad.
-Proust nos recuerda que, "en la lectura, la amistad a menudo nos devuelve su primitiva pureza". Es que el libro capaz de encantarnos nos convierte en oyentes muy bien dispuestos. De algún modo, leer equivale a posponerse con alegría, a ceder todo protagonismo en favor de la palabra y la presencia de quien nos habla. Cuando ello ocurre, el tiempo deja de ser lo que pasa para convertirse en lo que nos pasa. El libro indispensable disuelve las fronteras entre el mundo objetivo y el subjetivo; y así como el autor se incorpora a nosotros por obra de su elocuencia, nosotros fijamos nuestro mejor domicilio en el universo que él ha sabido fundar. El nos encarna y nosotros a él.
Sí, quien de veras ha leído se ha transfigurado. No es un ser que simplemente frecuentó a Kafka, a Lévinas o a Montale, sino alguien en quien Kafka, Lévinas o Montale han obrado. Hay, por eso, un antes y un después de cada lectura real. El tiempo que sigue a ese encuentro decisivo acusa la huella de su eminencia en el alma del lector.
El libro así leído no perdura únicamente en la memoria, perdura sobre todo en nuestra conducta. La potencia de su efecto puede advertirse en nuestra percepción y en la orientación de nuestros pasos. Nadie ilustra de modo más grato esta convicción que el Ingenioso Hidalgo. Hay que decir, no obstante, que si leer connota siempre un riesgo -el riesgo de una conmoción radical y acaso irreversible-, ese riesgo rara vez llega a ser el de la locura. El riesgo sustantivo que corre quien en serio lee no es el delirio sino la lucidez. Bien lo saben los que, en todos los tiempos, promueven la censura o la quema de libros.
Vale la pena, por último, tener en cuenta que si escribir un libro es, de algún modo, constituirse, ganar para sí mismo un grado de concreción del que se carecía, leer con emoción y avidez a otro, leer con pasión, es ingresar en el escenario privilegiado de la mejor convivencia, en la incandescencia del diálogo. Es que leemos para trascendernos, para ser otra cosa que uno, para ser dos, para descubrirnos hermanados, comprendidos, legitimados.
La consistencia que una buena lectura nos brinda proviene de esas palabras que tal vez no nos estaban expresamente dirigidas, pero sin las cuales, después de haberlas descubierto y habitado, ya no podemos concebirnos. Al encontrarlas, nos encontramos. Al pronunciarlas, nos pronunciamos. Al recordarlas sin desmayo y sin esfuerzo, manifestamos, sobre todo, la profunda gratitud de los que se saben reconocidos. No sólo somos, entonces, los que leyendo dan vida a los libros. Somos también los que cobran vida leyendo. Intima, profundamente, cada uno sabe que es todo lo rico o todo lo pobre que son y han sido sus lecturas.



